Capítulo 1 de 16
El plato
Ese domingo hice arroz rojo, como todos los domingos desde hace cuarenta años.
Con su olla de frijoles al lado. Era el plato favorito de mi Cirilo. Desde que se murió lo sigo haciendo, aunque ya no esté él para servirse dos veces.
Me llamo Matilde Camarena. Tengo sesenta y cinco años. Vivo en la casa de la colonia Ladrón de Guevara, en Guadalajara, donde crie a mi única hija.
Hace dos años, mi hija Tania llegó con su esposo, Tavo, y con mi nieta Julieta. “Nomás unos meses, mamá. En lo que nos acomodamos.”
Era el 19 de octubre de 2024. Los meses se volvieron años.
Desde entonces yo pago el súper. La luz, el agua, el gas. El plan de cuatro celulares. La gasolina y el seguro del Versa gris que está a mi nombre y que Tavo maneja todos los días “para trabajar”. Y cada mes le doy a Tania seis mil ochocientos pesos, en efectivo, para la colegiatura de la niña.
Todo lo apunto en una libreta azul. Costumbre de cuarenta años llevando las cuentas de la imprenta de mi esposo.
Esa tarde, mientras picaba la cebolla, oí a Tania en el patio, hablando por teléfono con su comadre Zulema. No oí todo. Oí “que se aguante”. Oí una risa.
A las siete, Tania tomó una foto de la mesa puesta: el mantel de encaje, el arroz, los frijoles, los ocho platos. La subió a su Facebook. “Domingo en familia en nuestra casa 🤍. Cociné yo.”
Luego me dejó un papelito junto a la estufa. Un ticket de Costco. Tres mil novecientos pesos en cremas, pagados con la tarjeta adicional que le di para el súper.
“Luego te explico, ma.”
Tavo llegó a las nueve y diez, con su camisa color vino. Aventó las llaves del coche sobre el mantel. El llavero de la imprenta, una prensita de metal que mandamos hacer cuando cumplimos veinticinco años, resbaló por el encaje hasta la esquina de la mesa, junto a mi plato.
“Le dejé poquita gasolina, suegra. Ahí mañana le echa.”
Y se sentó en la cabecera.
La mesa es de ocho sillas, de madera labrada. Era de la mamá de Cirilo. Cuarenta años me senté en la cabecera de este lado, el de la cocina, para pararme a servir. La otra cabecera era de Cirilo. Desde el año pasado es de Tavo.
“Alguien tiene que ser el hombre de la casa”, dijo la primera vez, riéndose. Nadie le contestó.
“¿Ya cayó lo de don Chencho, suegra?”
Don Chencho es el señor que le compró la imprenta a mi esposo. Me paga cada mes.
“Eso es cosa mía, Tavo.”
“Tu abuela ya no entiende de dinero”, le dijo Tania a Julieta, sirviéndole frijoles. “Por eso pregunta tu papá.”
Julieta, de ocho años, se rio.
A media cena me di cuenta de que la silla de mi nieta estaba vacía.
Sentí algo junto a mi silla, abajo. Me asomé.
Julieta estaba hincada a mi lado, en el piso. Había cruzado por debajo de la mesa, entre las patas de madera, sin que nadie dijera nada.
Se estiró sobre mi plato.
Y escupió.
Fue un ruidito. Un segundo.
Me quedé con el tenedor en el aire, con un bocado de arroz a medio camino.
Ella levantó la cara. Me sonrió, contentísima.
“Mi mamá dice que te lo mereces.”
No pude contestar. La miré a ella. Luego busqué a mi hija.
Tania se tapó la boca con la mano. Se le arrugaron los ojos.
Se estaba riendo.
Al otro lado de la mesa, en la silla de mi esposo, Tavo cruzó los brazos y ladeó la cabeza.
“Tranquila, suegra. Solo está jugando.”
Bajé los ojos.
Y en ese silencio empecé a sumar. La libreta azul la tengo en la cabeza. Dos años de súper, de luz, de celulares, de gasolina, de colegiaturas, de cremas de Costco.
Seiscientos cincuenta y ocho mil trescientos cuarenta pesos.
Para que mi nieta escupiera en mi plato y su madre se riera.
Levanté la cara. Ya no me temblaba nada.
Me levanté de mi silla.
“¿A dónde vas, mamá?”
Tania lo dijo con la frente arrugada, como si la grosera hubiera sido yo.
No le contesté. Las llaves estaban en la esquina de la mesa, donde Tavo las había aventado. El coche está a mi nombre. Las tomé.
No grité. No lloré.
Manejé sin rumbo. Cuando me di cuenta, estaba estacionada en el barrio de Analco, frente a la cortina de metal de la imprenta que Cirilo y yo abrimos en 1983.
Ahí vi un mensaje de la tarde que no había leído. De la escuela de Julieta.
“Sra. Matilde Camarena: Julieta Lepe Arreola presenta un adeudo de cuatro colegiaturas ($27,200). Si no se regulariza antes del viernes 16 de octubre, causará baja.”
Cuatro meses.
Le había dado a mi hija seis mil ochocientos pesos cada mes. En efectivo. Anotados.
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