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Mi nieta de ocho años escupió en mi plato y me dijo: “Mi mamá dice que te lo mereces.” Mi hija se tapó la boca para reírse y mi yerno me pidió que me calmara, que la niña solo estaba jugando. No grité. Me levanté de mi propia mesa, tomé las llaves del coche… y esa misma noche, en la cajuela, encontré lo que mi yerno llevaba meses escondiéndome

Capítulo 3 de 16

Cuarenta y un años de papel

Esa noche no regresé a mi casa. Le hablé a mi comadre Femi, que vive en Tlaquepaque, a quince minutos.

“Vente, comadre. Te tengo el sofá cama.”

Me abrió en bata, con los tubos puestos. Me preparó un té de canela. No me preguntó nada hasta que me lo tomé completo. Así es Eufemia. Cincuenta años de amigas. Fue madrina de bautizo de Tania.

Le conté todo. El plato. La risa. “Solo está jugando.” Las cajas. Mi nombre.

“¿Y esa cuenta, Mati? ¿Qué cuenta es?”

Se lo tuve que explicar, y al explicárselo me di cuenta de lo tonta que había sido.

La imprenta tuvo siempre su cuenta en el banco, a nombre de Cirilo y mío. Ahí depositaban los clientes los anticipos. Cuando Cirilo se murió, la cuenta se quedó a mi nombre. Cuando le vendí el taller a Chencho, él abrió la suya. La vieja se quedó ahí, vacía, sin comisiones, con trescientos pesos. Yo pensaba cerrarla. Nunca fui.

La tarjeta de esa cuenta la guardaba en el cajón del escritorio de Cirilo, en el cuarto de la casa que era su oficina. Con la chequera vieja y su pluma fuente.

El cuarto que, desde hace dos años, Tavo usa “para trabajar”.

Y los estados de cuenta no me llegaban a mí. Llegaban a un correo: el de la imprenta. El que Tavo administraba cuando era vendedor, y cuya contraseña nunca le pedí que me devolviera.

Femi me tomó la mano.

“No es tu culpa, comadre.”

“Sí es, Femi. Es mi culpa por no preguntar. Yo siempre me callo.”

Esa es mi falla. Me la conozco.

Me callé cuando a Cirilo le diagnosticaron el corazón, en agosto de 2023. Él me hizo jurar que no le diría a Tania. “Para que la niña no vea llorar a su mamá.” Cumplí. Tania se enteró cuando a su papá ya lo tenían en terapia intensiva, el 7 de febrero. Se murió dos días después, el 9.

En el novenario, delante de todos los rezos, Tania me lo dijo bajito:

“Me robaste los últimos meses de mi papá.”

Desde entonces cargo eso.

Y me callé otra cosa, más vieja. Cirilo me dejó un sobre. Un sobre de papel kraft, cerrado con cinta, con su letra: “Para Matilde”. Me lo dio en noviembre de 2023 y me dijo que no lo abriera “a menos que no quede de otra”. Lo tengo en mi Biblia, en el buró de mi cuarto. Nunca lo he abierto. Le prometí.

Dormí tres horas.

El lunes 12, a las ocho de la mañana, empecé.

Primero le hablé a la compañía de teléfonos. El plan está a mi nombre; soy la titular. La señorita me leyó las cuatro líneas.

“La suya. La de Tania Arreola. La de Gustavo Lepe. Y una cuarta, contratada en enero de este año. Usuario registrado: Tania Arreola Camarena.”

Yo me acordaba. En enero, Tavo me pidió una línea “para la tableta de Julieta, para sus clases”.

“¿Esa línea la usa una tableta, señorita?”

“No, señora. Está en un teléfono. Tiene WhatsApp Business activo desde el 8 de enero.”

Suspendí la de Tavo. Suspendí la cuarta. La de Tania la dejé, por si la niña necesitaba algo.

Luego hablé al banco y cancelé la tarjeta adicional de Tania.

Luego le hablé a la escuela. Contestó la directora, la maestra Olivia Cervantes. Le pedí el número de cuenta del colegio y les transferí los veintisiete mil doscientos ahí mismo, desde mi teléfono. Cuando inscribí a Julieta, firmé yo como responsable de pago; por eso el aviso de baja me llegó a mí y no a su mamá.

“Julieta no se va a quedar sin escuela por lo que hicieron los grandes, maestra.”

“Señora… la mamá nos dijo en julio que la abuela ya no quería pagar.”

Le di las gracias. Colgué. Me quedé viendo el teléfono.

A las 10:12 sonó. Era un número que no conocía.

“Suegra.” Era Tavo, desde otro teléfono. Tenía la voz como de miel. “Qué susto nos dio anoche. ¿Dónde anda? Oiga, devuélvame el coche, ¿sí? Ahí van cosas de mi trabajo.”

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