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Mi nieta de ocho años escupió en mi plato y me dijo: “Mi mamá dice que te lo mereces.” Mi hija se tapó la boca para reírse y mi yerno me pidió que me calmara, que la niña solo estaba jugando. No grité. Me levanté de mi propia mesa, tomé las llaves del coche… y esa misma noche, en la cajuela, encontré lo que mi yerno llevaba meses escondiéndome

Capítulo 12 de 16

La maleta

Nos vimos el sábado 24 a las nueve de la mañana, en un café frente al Templo Expiatorio. Tania llegó sola. Le había dejado la niña a una vecina.

Pidió un café que no se tomó. Sacó el celular y me enseñó las fotos que había tomado a las once de la noche, con la puerta del clóset entreabierta y Tavo bañándose.

Una maleta negra, de rueditas, al fondo del clóset de mi cuarto de visitas. Debajo de las cobijas de invierno.

Adentro, ropa de Tavo. Ropa de calor. Sus tenis buenos.

Un teléfono que Tania no conocía. Lo encendió. No tenía chip. Tenía WhatsApp Business: “Invitaciones Arreola”. Ciento sesenta chats.

Una libreta de pasta dura con nombres, fechas, cantidades. Una columna que decía “entregado”. Dieciséis palomitas. Treinta y una rayas.

Un sobre de banco con fajos de billetes de quinientos. Tania los contó en el baño, con las manos temblando. Ochenta y seis mil pesos.

Y un papel impreso. Un contrato de arrendamiento de un cuarto amueblado en la colonia Otay, en Tijuana. Desde el 1 de noviembre. Ocupantes: uno.

“Uno”, dijo Tania, otra vez, como en la banca. “Ni siquiera me iba a avisar, mamá. Me iba a dejar a mí con las deudas. Con la línea a mi nombre. Con la niña. Y a ti con la cárcel.”

Se tapó la cara. Lloró ahí, en el café, con las meseras viendo. Lloraba sin ruido, como lloraba de niña cuando no quería que la oyera su papá.

Esperé. Le pasé una servilleta.

“Hay algo que yo te tengo que decir”, me dijo cuando pudo. “El domingo, en la tarde, hablé con Zulema. Me estaba quejando de ti. De la imprenta, de papá, de todo. Y le dije: ‘Que se aguante, se lo merece’.” Me miró. “Julieta estaba en el patio. No pensé que me oyera. Y cuando escupió, me reí… no sé por qué me reí, mamá. Me dio risa nerviosa y luego me dio gusto. Me dio gusto verte sentir algo. Llevaba dos años pensando que tú no sentías nada.”

“Siento todo, Tania. Nomás no lo digo.”

“Ya sé.” Se limpió la nariz. “Eso también lo saqué de ti.”

Abrí mi bolsa. Saqué el sobre de papel kraft. “Para Matilde.”

“Tu papá me pidió que no te enseñara esto a menos que no quedara de otra. Ya no queda.”

Ella lo tomó. Reconoció la letra antes de abrirlo. Se le fue el color.

Leyó el pagaré. Leyó la lista de los veintitrés anticipos. Leyó la carta.

Vi cómo le cambiaba la cara a cada renglón. Cuando llegó a “La imprenta véndesela a Chencho, a nadie más”, se tapó la boca. Igual que en la cena. Pero esta vez no se estaba riendo.

“Lo vendiste porque él te lo pidió.”

“Me lo pidió en el hospital. Dos días antes.”

“Y no me dijiste nada porque él te lo pidió.”

“Para que no sufrieras. Para que la niña tuviera a su papá.”

Tania dobló la carta con mucho cuidado, por los mismos dobleces de hace tres años. Me la devolvió.

“Dos años te odié por algo que mi papá te mandó hacer.”

“Y yo dos años te dejé odiarme porque me daba miedo hablar. Las dos nos equivocamos, mija.”

Nos quedamos calladas. Afuera, las campanas del Expiatorio dieron las diez. Una pareja de novios se tomaba fotos en las escaleras del templo.

“Mamá”, dijo Tania. “Fui a declarar en tu contra.”

“Ya sé.”

“¿Qué hago?”

“Lo que yo hice. Vas, y cuentas la verdad. Con papeles.”

Se quedó viendo las fotos de su teléfono. La maleta. El contrato. “Ocupantes: uno.”

“El lunes”, dijo. “El lunes voy contigo.”

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