Capítulo 4 de 16
Lo que dice el banco
“¿Qué cosas, Tavo?”
Se le fue la miel un segundo. Nada más uno.
“Muestrarios. Cosas de clientes. Yo vendo, usted sabe.”
“¿Qué vendes?”
“Lo de siempre, suegra. Lo que se pueda.” Volvió la miel. “Mire, anoche fue un malentendido. La niña es niña. Usted se puso muy sentida. Tráigame el coche y aquí no pasó nada.”
“El coche está a mi nombre, Tavo.”
Silencio.
“Ya lo sé.”
“Entonces ya sabes dónde se queda.”
Le colgué. Me temblaban las manos, pero le colgué. Es la primera vez en mi vida que le cuelgo a alguien.
A las once estaba en la sucursal del banco de la avenida Chapultepec. La misma donde abrimos la cuenta de la imprenta en 2004. Llevé mi credencial de elector y el contrato viejo, que conservo en una carpeta azul porque yo todo lo conservo.
“Soy la titular. Quiero los estados de cuenta de este año. Impresos.”
La ejecutiva tecleó. Me miró raro.
“Señora, ¿usted no recibe los estados de cuenta?”
“Llegan a un correo que ya no uso.”
“Es que esta cuenta tiene mucho movimiento.” Volteó la pantalla hacia mí, como para que no la acusara de nada. “¿Quiere también los cargos de la tarjeta de débito?”
“Todo, señorita. Todo.”
Me imprimió veintiún hojas. Me senté en una de las sillitas de espera, con mis lentes de leer, y saqué la libreta azul.
Enero: cuatro depósitos. Febrero: cinco. Marzo: seis. Y así. Depósitos de tres mil, de nueve mil ochocientos, de catorce mil quinientos. Con nombres en la referencia: “anticipo XV Arantxa”, “boda Haro”, “bautizo Ian”. Del 8 de enero al 9 de octubre, cuarenta y siete depósitos.
Seiscientos doce mil cuatrocientos pesos.
Y del otro lado, retiros en cajero. Siete mil, ocho mil, nueve mil. El máximo del día, casi siempre. Treinta y ocho retiros. Algunos en un cajero de la avenida Federalismo. Otros en Plaza del Sol. Uno en el aeropuerto.
Unos cuantos cargos con tarjeta: una gasolinera, un restaurante de mariscos en Chapalita, una tienda de electrónica. Uno de una línea de autobuses, que leí sin leer, porque ya no me cabía nada más en la cabeza.
Cuando salí del banco, el sol de mediodía me pegó en la cara. Me senté en una banca del camellón de Chapultepec, entre los muchachos que juegan ajedrez.
Seiscientos doce mil pesos.
Eso no era una comisión. Eso era la quinceañera de alguien. El vestido de novia de alguien. Las invitaciones que una señora como Judith Moya había pagado con su tanda.
Y todo había entrado en una cuenta que dice mi nombre.
Me acordé de la cara de Tavo en junio de 2024, cuando firmé la venta de la imprenta. Yo creí que era tristeza. Ahora sé que era coraje.
El 14 de junio de 2024, un viernes, en la Notaría 32, le vendí el taller a Chencho. Un millón ciento cincuenta mil. Doscientos cincuenta mil de enganche y treinta pagos de treinta mil. Ese mes, Tavo me había pedido “una oportunidad”. Quería quedarse con la imprenta, manejarla él.
Le dije que no. No le expliqué por qué. Así me lo había pedido Cirilo, en el hospital, con la voz delgadita: “Véndesela a Chencho, vieja. A nadie más.”
Tania se enteró de la venta por Tavo. Nunca me lo perdonó. Para ella, yo le había cerrado la puerta a su marido, y con él, a ella y a la niña.
Esa tarde, desde la banca, le marqué a mi hija. Contestó al cuarto timbre.
“¿Qué quieres?”
“Tenemos que hablar, Tania. Hay algo que tienes que saber.”
“Ya sé lo que vas a hacer. Nos cancelaste la tarjeta. Le quitaste el teléfono a Tavo. Le quitaste el coche. Muy bien, mamá. Muy cristiano.”
“Tania, escúchame. Es sobre Tavo.”
Oí cómo respiraba.
“Si vas a hablar mal de Tavo, ni te molestes. Ya me contó lo que le dijiste a Chencho.”
Continúa en la siguiente página