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Mi nieta de ocho años escupió en mi plato y me dijo: “Mi mamá dice que te lo mereces.” Mi hija se tapó la boca para reírse y mi yerno me pidió que me calmara, que la niña solo estaba jugando. No grité. Me levanté de mi propia mesa, tomé las llaves del coche… y esa misma noche, en la cajuela, encontré lo que mi yerno llevaba meses escondiéndome

Capítulo 7 de 16

Las mamás de las quinceañeras

Ese mismo miércoles, a las cinco de la tarde, Chencho cerró el taller una hora antes.

En la mesa de corte, entre resmas de papel y rollos de listón, estaba sentada Judith Moya. Cuarenta y cuatro años, uniforme de enfermera del Seguro, ojeras de doble turno. Chencho le había guardado el teléfono desde septiembre.

Cuando me vio entrar, se paró.

“¿Usted es la dueña?”

“Yo soy Matilde Camarena. La cuenta está a mi nombre. Pero yo no sabía nada, señora. Se lo juro por mi esposo.”

Me miró de arriba abajo. Esperaba a una estafadora. Llegó una viuda de sesenta y cinco años con suéter de punto y una carpeta azul.

“Siéntese”, le dije. “Cuénteme.”

Arantxa, su hija, cumple quince el 7 de noviembre. Iglesia de San Felipe, salón en Tonalá, ciento cincuenta invitados. Judith ahorró dos años en una tanda del hospital. En mayo encontró en Facebook la página “Invitaciones Arreola · desde 1983”. Fotos preciosas. Reseñas de cinco estrellas. Un señor muy amable que le contestaba por WhatsApp hasta a las once de la noche.

“Me mandó una foto de este taller”, dijo, señalando la cortina. “Me dijo: ‘Somos imprenta familiar, cuarenta años en Analco’. ¿Cómo no le iba a creer?”

Pagó catorce mil quinientos. Invitaciones, misales, recuerditos, el libro de firmas. Entrega: 15 de octubre.

“Mañana es 15.”

“Mañana es 15”, repitió. Se le llenaron los ojos.

Me enseñó el grupo de WhatsApp. Lo había armado ella en septiembre, cuando empezaron los retrasos y descubrió que no era la única. Treinta y una familias. Quinceañeras, novias, mamás de bautizo. Todas con el mismo recibo. Todas con el mismo dibujito de la prensa.

Fui leyendo los nombres. Muchos no los conocía.

Uno sí.

“Zulema Íñiguez. XV de Danna. 5 de diciembre.”

Zulema es comadre de Tania. Bautizaron juntas a sus hijas. Me la he encontrado cien veces en el mercado de Santa Tere, comprando chiles.

Judith vio que me detuve.

“¿La conoce?”

“Es amiga de mi hija.”

“Ella fue la que me pasó el contacto de la página”, dijo Judith. “Me dijo que era confiable. Que era de alguien de su familia.”

Chencho se quitó los lentes y se talló los ojos.

Esa noche, con el número que me dio el licenciado de la Notaría 32, fui a ver a una abogada. La licenciada Susana Becerra tiene su despacho en la colonia Americana, en una casona vieja con piso de pasta. No me cobró la consulta. Me escuchó con un bloc amarillo y una pluma que no paraba.

“Doña Matilde, voy a ser muy clara. Usted es la titular de esa cuenta. Para un Ministerio Público, el dinero entró a su nombre. Si alguien presenta denuncia antes que usted, la primera persona a la que van a llamar es a usted.”

“¿Y qué hago?”

“Denunciar usted primero. Con todo lo que tenga. Los estados de cuenta, los recibos, el contrato de venta del taller, las cajas, la carta de su esposo. Que quede claro que usted es la primera en ir a contar lo que pasó.”

“¿Cuándo?”

“Necesito el fin de semana para armarlo bien. El lunes a primera hora.”

Le dije que sí. Me pareció prudente. Me pareció lo que haría una persona sensata.

Volví a casa de Femi pasadas las diez. Me puse la pijama. Me acosté en el sofá cama con la carta de Cirilo en el pecho.

Ya no me iba a callar.

El jueves 15, a las 21:03, me vibró el teléfono. Judith me había agregado al grupo de las mamás esa tarde. Era un mensaje nuevo. De un número que todas tenían guardado como “Invitaciones Arreola”.

Lo leí con la luz apagada.

“Estimadas clientas: lamentamos mucho los retrasos. Queremos ser honestos con ustedes. La dueña de la cuenta, la señora Matilde Camarena, se fue con el dinero. Nosotros también somos víctimas. Les compartimos sus datos para que procedan como consideren.”

Abajo venía una foto. Una captura de la pantalla de la banca en línea, con el nombre de la titular de la cuenta bien visible.

Y una foto mía. Saliendo de la misa de doce en San José de Analco. Con mi rebozo.

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