Capítulo 1 de 16
Lo que nunca pudiste darme
La invitación llegó a casa de mi mamá el jueves 28 de agosto, en un sobre rosa con el borde dorado.
Mi mamá la dejó sobre la mesa de la cocina, junto a la olla de tamales que vende cada mañana en la puerta, y no dijo nada. Nomás me miró mientras yo la abría.
Baby shower de Paola y Mauricio. Sábado 13 de septiembre, cinco de la tarde. Salón Peregrina, sala Jacarandas, colonia Providencia, Guadalajara.
Abajo, con esa letra inclinada que conocí durante siete años en recaditos pegados al refri, alguien había escrito a mano:
“Ven a ver lo que nunca pudiste darme.”
La leí dos veces. Luego la volteé, como si atrás fuera a decir otra cosa.
Hacía casi cuatro años que no sabía nada de Mauricio Peregrina. Cuatro años desde que salió de nuestra casa en Jardines Alcalde con una maleta y una frase que todavía me despertaba en las madrugadas. Y ahora, con una pluma y un sobre rosa, quería recordarme lo único que yo nunca había podido olvidar.
“Tírala”, dijo mi hermana Marlene, que había llegado por café. “Ese hombre no se merece ni que la recicles.”
Pude tirarla. No lo hice.
Porque tres meses antes, el viernes 13 de junio, en el festival del Día del Padre del kínder, todos los niños le entregaron a su papá una corbata de cartulina. Mi hijo Dante me la dio a mí. Y en el camión de regreso a Tlaquepaque, con la corbata arrugada en las manos, me preguntó muy serio:
“Mami, ¿mi papá existe?”
Le dije que sí. No supe decirle nada más.
Esa noche entendí que ya no era nada más mi historia. Era la de ellos.
Así que el sábado 13 me puse mi vestido azul marino, el único elegante que me quedaba, y los aretes de plata de mi abuela. Marlene manejó. Atrás, en sus sillitas, iban Dante, con su playera polo azul cielo, y Tobías, con la amarilla. Tres años y tres meses. Los había peinado con agua y les había prometido helado si se portaban bien.
El plan era sencillo. Yo entraba, felicitaba, aguantaba lo que tuviera que aguantar. Al final le pedía a Mauricio cinco minutos a solas, afuera. Y si me escuchaba como una persona, le presentaba a sus hijos. Si no, me iba. Marlene se quedaría con los niños en el jardín del salón, junto a los columpios, lejos de todo.
Salón Peregrina lo fundó el papá de Mauricio, don Clemente, en los ochenta. Ahí se casaron medio Providencia y medio Chapalita. Yo conocía cada pasillo, cada puerta blanca de doble hoja, cada mesa. Durante siete años ayudé en los eventos de fin de semana, sin cobrar, porque “la familia ayuda”.
La sala Jacarandas estaba irreconocible. Globos rosas y verde menta hasta el techo, manteles blancos, cortinas de gasa en los ventanales y una mesa larga cubierta de cajas de regalo rosas con moños de satín. Iba a ser niña.
Lo que me extrañó fue la gente.
En los baby showers de Guadalajara hay tías, primas, comadres, amigas de la novia. Aquí había hombres. Muchos. De traje negro, de pie en filas, con copas en la mano. Reconocí a dos o tres: dueños de otros salones, el de las carpas, el del sonido. Clientes de Mauricio. Socios.
Mauricio había convertido el baby shower de su hija en un evento de negocios. O en un escenario.
Junto a la entrada había un tablero de corcho con fotos de bebé y un letrero de letras doradas: “¿A quién se parecerá?”. De un lado, Paola de niña. Del otro, Mauricio. En una de las fotos tenía tres años, el pelo oscuro peinado de lado, un remolino rebelde en la coronilla y una playerita polo amarilla.
Me quedé mirándola más de lo que debía.
Entre los invitados, una muchacha de pelo rizado me saludó con la cabeza, como si me conociera. Yo le devolví el saludo por educación. Tenía la cara de alguien que había visto muchas veces y no sabía dónde.
Paola estaba sentada al centro, detrás de la mesa de regalos, con un vestido de satín color champaña y la pancita de siete meses. Veintinueve años, el pelo color miel en ondas. Hasta hace dos años era la asistente de Mauricio.
“Felicidades, Paola”, le dije.
Me sonrió como se le sonríe a alguien que da lástima. “Ay, qué valiente eres, Lucía.”
Mauricio no me dio las gracias por venir. Traje gris oscuro, camisa blanca abierta, las canas en las sienes que antes no tenía. Me vio entrar, tocó su copa con un cuchillo y esperó a que todos voltearan.
“Les quiero decir algo.”
Levantó la copa. Me miró directamente a mí.
“Perdí siete años con una mujer que no pudo darme hijos.”
Alguien se rio. Luego otros. Una risa incómoda, de hombres que no sabían si era chiste.
Yo me quedé quieta, con la copa en la mano, sin darle ni un trago.
Él caminó despacio hasta quedar detrás de Paola, le puso una mano en el hombro y sonrió como quien cierra un trato.
“Hay que dejar a la equivocada para encontrar a la correcta.”
Aplaudieron.
Al otro lado del salón, junto a la mesa de los postres, estaba su mamá, doña Rosalba, con una blusa de satín verde jade. Me miraba con la misma cara de lástima del bautizo de su nieta, cuatro años atrás. La misma cara de no voy a decir nada.
Bajé la mirada. Sentí los ojos calientes y no iba a dejar que nadie los viera.
Dejé la copa sobre la mesa de regalos, entre dos cajas rosas, y caminé hacia la salida.
Iba a medio salón cuando escuché, en el pasillo, unos pasitos corriendo sobre el mármol.
Y entonces, desde la puerta, dos vocecitas gritaron la única palabra que Mauricio nunca imaginó escuchar en su fiesta.
Continúa en la siguiente página