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Mi exesposo levantó su copa en el baby shower de su nueva esposa y dijo, delante de todos, que perdió siete años con una mujer que no pudo darle hijos. Algunos se rieron. Yo dejé mi copa en la mesa y me fui sin decir una palabra. No sabía que, por el pasillo, venían corriendo dos vocecitas a contestarle por mí.

Capítulo 5 de 16

Una foto en blanco y negro

El domingo en la mañana, mientras les servía chilaquiles a los niños, Marlene me mandó una captura de pantalla.

Era una publicación de Paola en Facebook, de las once de la noche. Una foto de la mesa de regalos, los globos, su mano sobre la panza. Y un texto largo:

“Hoy debía ser uno de los días más bonitos de mi vida. Pero hay mujeres que no soportan la felicidad ajena. Una persona del pasado de mi esposo se presentó sin que nadie la esperara, hizo una escena y trajo a dos niños que nadie sabe de quién son, para arruinarle el momento a una bebé que todavía no nace. Les pido oraciones. Dios ve todo. 🙏🏼”

Mil ochocientas veces compartida. En grupos de mamás de Guadalajara, en el de vecinos de Providencia, en uno de ventas de Zapopan. Los comentarios eran peores que la publicación.

“Qué mujer tan corriente.”

“Seguro quiere dinero.”

“Esas son las que se embarazan de cualquiera y luego buscan a quién colgarle el milagrito.”

Apagué el celular. Dante me preguntó por qué tenía cara de enojada. Le dije que se me había quemado la salsa.

El lunes 15 de septiembre, a las cuatro de la tarde, mientras mi mamá y yo envolvíamos tamales para la noche del Grito, se paró un taxi frente a la casa.

Era doña Rosalba.

Traía una venda en la mano izquierda, donde se había cortado con el vidrio, y una bolsa de papel. Se quedó en la banqueta sin atreverse a tocar.

Mi mamá la miró de arriba abajo. Doña Eva Aranguren no olvida nada.

“Pásele, señora”, dijo al final. “Pero los niños están dormidos y así se van a quedar.”

Doña Rosalba se sentó en la orilla de una silla del comedor. Sacó de la bolsa un portarretratos viejo. Una foto en blanco y negro, coloreada a mano como se hacía antes: un niño de tres años en un caballito de madera, con una playera polo pintada de amarillo.

“Mauricio, en 1983”, dijo. “La tenía en mi buró. Ayer no pude dejar de verla.”

Puso el portarretratos sobre el mantel de hule, entre las hojas de maíz.

“Lucía, yo no sabía. Te lo juro por mi difunto Clemente.”

“Le creo, doña Rosalba.”

“¿Son… son de él?”

La miré mucho rato.

“Yo nunca estuve con otro hombre. Ni antes ni después. Eso es lo único que le voy a decir.”

Se le llenaron los ojos. Abrió la bolsa otra vez y sacó un sobre blanco, gordito.

“Son cincuenta mil pesos. Para lo que necesiten. Zapatos, la escuela, lo que sea. No es nada, ya sé. Y quiero verlos. Aunque sea un ratito. Aunque sea de lejos.”

Empujé el sobre de regreso, despacio, con dos dedos.

“No, doña Rosalba. No vine a su fiesta por dinero. Mis hijos tienen todo lo que necesitan. Les falta otra cosa, y esa no se compra.”

Bajó la cabeza. Se quedó callada. Afuera pasó el camión del gas con su musiquita.

“Perdóname lo del bautizo”, dijo de pronto. “Cuando Mauricio dijo aquello. Yo lo oí y no dije nada. Ni ese día, ni nunca. Siete años te vi cargar con esa culpa y no dije nada.”

“Usted no tenía la culpa de lo que decía su hijo.”

“Sí tenía.” Se le quebró la voz. “Yo siempre temí que, desde aquellas paperas…”

Se detuvo en seco. Se tapó la boca con la mano vendada.

Mi mamá y yo nos miramos.

Doña Rosalba se levantó, agarró su bolsa y dejó la foto sobre la mesa, sin darse cuenta o a propósito, nunca lo supe.

“Ya me tengo que ir. Mi taxi.”

Salió casi corriendo. La seguí hasta la puerta.

En ese momento no lo entendí. Me acordé de la tía Tere en el cumpleaños, de “aquellas paperas de chamaco”, de cómo doña Rosalba la cortó en seco. Dos veces la misma palabra, y dos veces alguien se tapaba la boca.

“¿Qué paperas, doña Rosalba?”, le pregunté desde la puerta.

Pero ella ya se había subido al taxi.

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