Capítulo 12 de 16
Yo me encargo
Nos vimos el domingo 9 en una nevería del jardín Hidalgo de Tlaquepaque, a las diez de la mañana, cuando todavía no había turistas. Llevé a Marlene. Jessica llegó sola, con el pelo rizado amarrado y los ojos hinchados.
Treinta años. Ya no trabajaba en la clínica desde febrero de 2022. Ahora vendía seguros.
“Paola es mi prima”, empezó, sin rodeos. “Hija de la hermana de mi mamá. Crecimos juntas en Oblatos. Por eso estaba en el baby shower.”
“Me saludaste.”
“Porque la reconocí. Y me dio tanta vergüenza que casi me voy.”
Pidió un agua de horchata que no se tomó. Sacó el celular.
“Le tengo que enseñar algo. Y le tengo que pedir perdón primero.”
Me enseñó un chat de WhatsApp. “Prima Pao 💕”. Bajó con el dedo hasta octubre de 2021.
Lunes 25 de octubre, 12:10.
Jessica: “Primaaa. La esposa de tu jefe salió positiva 😱😱 Acaba de recoger su beta. Se puso a llorar en la escalera.”
Paola, 12:14: “No le digas a nadie. A nadie, Jess. Yo me encargo.”
Jessica, 12:15: “¿Cómo que te encargas?”
Paola, 12:31: “Tú nomás no digas nada. Te quiero.”
Me quedé mirando la pantalla mucho tiempo. Esa tarde mis mensajes a Mauricio se habían quedado con una palomita.
“Yo no sabía qué iba a hacer”, dijo Jessica. “Pensé que iba a hablar con él, no sé. Le conté porque era el chisme, porque ella me contaba todo de su jefe. No pensé. Rompí el secreto de una paciente. Usted fue siempre tan linda conmigo, y yo le fui a contar lo más importante de su vida a la mujer que…” No terminó la frase.
Siguió bajando. Septiembre de 2021. Fotos de un departamento vacío, con piso de madera y un ventanal. Paola en medio, con los brazos abiertos.
Paola: “YA TENGO DEPA!!! Jardines del Bosque 😍”
Jessica: “Nooo ¿y eso? ¿Quién te firmó?”
Paola: “Nadie, pagué seis meses por adelantado 😎”
Jessica: “¿¿Con qué dinero??”
Paola: “Me lo pagó él 🙈 con lo de la clínica de la esposa jajaja. Al cabo ella ni se va a embarazar.”
Marlene me tomó la mano debajo de la mesa.
Ciento ochenta mil pesos. Dos tandas, el aguinaldo, la Tsuru de mi papá. El dinero de la in vitro que nunca se pagó. Se había convertido en el departamento de la muchacha a la que yo no quise firmarle una hoja.
No lloré. Algo se me había acabado ya de llorar.
“Hay más”, dijo Jessica. “En octubre, este octubre, Paola me pidió un recibo de la clínica. ‘De los de cuando trabajabas ahí’. Le dije que no tenía, que ni loca. Me dijo: ‘No importa, Karen tiene uno’. Karen Villalobos es su mejor amiga. Hizo in vitro con la doctora Bracamontes el año pasado.” Respiró. “Y ahora en la familia andan diciendo que el recibo se lo consiguió ‘una amiga que trabajó en la clínica’. La única que trabajó ahí soy yo.”
“¿Por qué me lo cuentas?”
“Porque me van a echar la culpa de algo que no hice”, dijo. “Y porque sí hice otra cosa, y no quiero seguir debiéndola.”
Esa misma semana, Jessica le escribió a la doctora Bracamontes para confesarle que había roto la confidencialidad de una paciente en 2021. Y aceptó declarar.
El lunes 10 de noviembre, con la licenciada Gallegos, presenté una denuncia en la Fiscalía del Estado de Jalisco por falsificación y uso de documento falso, con la constancia de la clínica, la captura del verificador del SAT y el teléfono de Jessica como testigo. Yo no acusé a nadie con nombre: conté lo que tenía y dejé que ellos investigaran. Ese mismo día, la licenciada le hizo llegar todo a la jueza Olague.
Karen Villalobos, cuando la citaron, no negó nada. Dijo que Paola le había pedido su factura en octubre “para comparar precios” y que nunca imaginó para qué era.
El martes 18 de noviembre, doña Rosalba me mandó un mensaje, el primero desde la tarde de los tamales: “Nació Julia. Las dos están bien”. No supe qué contestar. Le mandé una veladora encendida. Ella me contestó con un corazón.
Las muestras para el ADN nos las habían tomado el jueves 30 de octubre en el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses: un hisopo en la boca a cada niño, a mí y a Mauricio, en horarios distintos para no cruzarnos. Tobías preguntó si era un cepillo de dientes chiquito.
El resultado llegó a la licenciada el viernes 21 de noviembre, a las cinco de la tarde. Me lo leyó por teléfono mientras yo estaba en el patio, colgando ropa chiquita en el tendedero.
“Probabilidad de paternidad: noventa y nueve punto noventa y nueve por ciento.”
Me senté en el escalón del patio con un calcetín amarillo en la mano.
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