Capítulo 4 de 16
El sobre cerrado
Adentro había tres cosas.
Un resultado de laboratorio doblado en cuatro: “Fracción beta de la hormona gonadotropina coriónica humana: 412 mUI/ml. Positivo”. Fecha: lunes 25 de octubre de 2021.
Un ultrasonido en papel térmico, ya un poco borroso. Dos círculos negros, uno al lado del otro, y adentro de cada uno una manchita blanca. Abajo, escrito con pluma por la doctora: “Dos latidos. 9 semanas 4 días”.
Y un sobre de Estafeta, tamaño carta, todavía cerrado. Con el sello intacto. Pegado al frente, una hoja doblada, impresa en computadora:
“No vuelva a escribir. M.”
Para contar lo de esa caja tengo que regresar a 2021.
En noviembre de 2020 la doctora Bracamontes nos habló de un tratamiento más complicado. ICSI, le dijo. Fecundación in vitro con inyección del espermatozoide en el óvulo. Costaba ciento ochenta y dos mil pesos. Mauricio dijo que no teníamos ese dinero, que el salón estaba casi cerrado por la pandemia.
Entonces lo junté yo.
Entré a dos tandas con las compañeras del laboratorio. Vendí la Tsuru que me había dejado mi papá. Guardé todo el aguinaldo. El lunes 30 de agosto de 2021 le transferí a Mauricio ciento ochenta mil pesos, porque él insistió en pagar la clínica con su tarjeta, “para que quede todo a mi nombre, como debe ser”. Todavía tengo el comprobante del SPEI.
Una semana después me dijo que la doctora había cambiado de opinión. Que antes de la in vitro convenía intentar una inseminación, que era más sencilla.
Recuerdo esa consulta. La doctora nos explicó el procedimiento. En un momento empezó a decir “con el factor que tenemos, las probabilidades…”, y Mauricio la interrumpió.
“Ya sabemos que son bajas, doctora. Por eso estamos aquí.”
Ella lo miró un segundo. Luego me miró a mí. Y siguió explicando.
La inseminación fue el lunes 11 de octubre. Mauricio llevó su muestra en la mañana, firmó los papeles y se fue a trabajar. Yo me quedé acostada media hora en una camilla, mirando el techo, rezándole a la Virgen de Zapopan.
Cinco días después fue el bautizo de Sarita, la hija de Cristina, la hermana de Mauricio. Yo era la madrina. Le compré el ropón, la vela, la medallita. La cargué en la pila del agua bendita.
En la fiesta, en el jardín de doña Rosalba, Mauricio se levantó con su copa.
“Por la familia”, dijo. Me miró. “Y por los que sí saben formar una.”
Nadie se rio. Nadie dijo nada. Doña Rosalba me miró con lástima y siguió partiendo el pastel.
Esa noche, en nuestra recámara, Mauricio sacó una maleta.
“No puedo pasarme la vida esperando a que tu cuerpo funcione.”
Se fue a casa de su mamá. Eso dijo.
Nueve días después, el lunes 25 de octubre, fui sola a la clínica a sacarme la sangre. Jessica, la de la recepción, me dio el sobre con el resultado y me abrazó. Ella fue la primera persona en el mundo que lo supo, antes que yo.
Positivo.
Me senté en las escaleras de la clínica a llorar. Luego le marqué a Mauricio. No contestó. Le escribí por WhatsApp: “Necesito hablar contigo. Es urgente. Es bueno”. El mensaje se quedó con una sola palomita. Gris. Al día siguiente, igual.
Me había bloqueado.
El miércoles 27 fui al salón. Mauricio tenía su oficina en el primer piso. En el escritorio de afuera estaba Paola, su asistente.
“El licenciado no está, señora Lucía.”
“Dile que es urgente. Que es sobre la clínica.”
Paola me miró con mucha calma.
“Él ya sabe lo de la clínica. Me pidió que le dijera que ya no lo busque. Su abogado le va a hacer llegar los papeles.”
Él ya sabe.
Salí del salón sin sentir las piernas. El lunes 8 de noviembre me llegó la notificación del divorcio incausado.
En diciembre, después del ultrasonido de los dos latidos, todavía lo intenté una vez más. Le escribí una carta a mano. Tres hojas. Le conté todo. Metí una copia del ultrasonido. La mandé por Estafeta al salón el lunes 13 de diciembre, con acuse de recibo.
El lunes 20 me la devolvieron con un mensajero. Cerrada. Con esa hoja impresa pegada al frente.
No vuelva a escribir. M.
Ahí me rendí. No por él. Por mí. Si no quería saber de sus hijos, yo no iba a mendigarle.
En el juzgado, cuando firmamos el divorcio en enero, yo tenía quince semanas y una faja que me apretaba hasta las costillas. No dije nada. El orgullo es una cosa muy cara, y yo lo pagué completo.
Dante y Tobías nacieron el jueves 9 de junio de 2022, a las treinta y seis semanas, en el IMSS de Centro Médico. Les puse mis apellidos. Me mudé a Tlaquepaque, a tres calles de mi mamá. Cerré mi Facebook. Dejé de ver a cualquiera que conociera a los Peregrina.
Y guardé la caja.
Esa noche pasé el dedo por el sello del sobre. Pensé en abrirlo. No lo abrí.
Nunca abrí ese sobre. Lo guardé para el día en que mis hijos me preguntaran si yo había intentado decírselo a su papá.
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