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Mi exesposo levantó su copa en el baby shower de su nueva esposa y dijo, delante de todos, que perdió siete años con una mujer que no pudo darle hijos. Algunos se rieron. Yo dejé mi copa en la mesa y me fui sin decir una palabra. No sabía que, por el pasillo, venían corriendo dos vocecitas a contestarle por mí.

Capítulo 6 de 16

Una hoja

El jueves 18, cuando fui por los niños al kínder, Dante salió llorando.

La maestra me explicó en voz baja, apenada: la mamá de un compañerito, en la fila de salida, le había dicho a Dante, delante de todos, “tu mamá le quiere quitar el papá a una bebé, ¿sabías?”. Lo había visto en Facebook. Ni siquiera vivía en Providencia. Vivía en Tlaquepaque, a seis cuadras de mi casa.

En la noche, Dante no quiso cenar.

“Mami, ¿mi papá no me quiere porque soy malo?”

Tobías, desde su cama, le contestó antes que yo: “No eres malo. Eres mi hermano.”

Me metí al baño a llorar con la llave abierta, como en 2021. Me prometí que era la última vez.

Al día siguiente, viernes 19, a las once, la recepcionista del laboratorio me llamó a la toma de muestras.

“Te busca una señora. Embarazada. Dice que es personal.”

Era Paola. Vestido suelto color crema, lentes oscuros, una bolsa que costaba más que mi quincena. Se quitó los lentes y me sonrió como en el baby shower.

“Lucía, ¿tienes cinco minutos? Vengo en son de paz.”

La llevé a la salita de espera de atrás, la de los pacientes de curva de glucosa. No había nadie.

“Quiero que esto termine bien”, empezó. “Por todos. Por tus niños y por mi niña. Mauricio está muy mal. Su mamá está muy mal. Y yo con siete meses, ya ves.” Se acarició la panza. “Tú eres una mujer inteligente. Joven todavía. Podrías empezar de cero en otra ciudad. En Querétaro hay mucho trabajo de laboratorio.”

“¿Me estás pidiendo que me vaya de Guadalajara?”

“Te estoy pidiendo que no le hagas daño a una familia.”

Me acordé, de repente, de enero de 2021. De esta misma muchacha en el salón, con los ojos rojos, pidiéndome que fuera su fiadora para rentar un departamento. Necesitaba alguien con una casa en Jalisco que firmara por ella. Nuestra casa estaba hipotecada, y Mauricio y yo estábamos juntando para la clínica. Le dije que no. Con pena, pero le dije que no.

Paola también se acordó. Lo vi en su cara.

“¿Sabes qué es lo más chistoso?”, dijo, y la voz se le volvió otra. “Tú tenías casa, marido, todo. Y no quisiste firmar una hoja por mí. Una hoja. Yo me tuve que regresar a dormir al sillón de mi padrastro ocho meses. Ocho meses, Lucía, con un hombre que me revisaba la bolsa cada noche. ¿Te acuerdas de eso? Claro que no. Tú tenías tus problemas de señora.”

“Paola, yo no podía poner mi casa…”

“Ya sé. Nadie puede nunca.” Se levantó. Se puso los lentes. Y entonces, cerca de mí, bajito, para que no la oyera nadie más: “Él no los quiere. Me lo dijo hace cuatro años, cuando fuiste a buscarlo. Yo estaba ahí. No te hagas ilusiones.”

Salió taconeando por la recepción, saludando a la cajera con una sonrisa enorme.

Me quedé sentada en la salita de la curva de glucosa.

Ahí, en esa misma silla, la había visto por primera vez como paciente. El lunes 11 de agosto. Llegó a sus análisis del segundo trimestre y me tocó revisarle la orden. Yo reconocí el nombre, ella no me reconoció a mí detrás del cubrebocas, o eso creí. En la orden, el ginecólogo había escrito, en el apartado de antecedentes: “Embarazo logrado por ICSI. Centro de Fertilidad Andares”.

ICSI. La misma palabra que la doctora Bracamontes me había dicho en 2020. La que costaba ciento ochenta y dos mil pesos. La que Mauricio “no podía pagar”.

En agosto lo archivé en la cabeza como secreto profesional. Uno no anda contando lo que lee en una orden médica. Ahora la palabra me daba vueltas.

Mauricio les decía a todos que Paola se había embarazado “a la primera”. Y no era cierto.

Esa tarde salí temprano. Pasé por los niños, les compré un helado aunque no se lo habían ganado, y en la banca de la plaza de Tlaquepaque, entre los mariachis y las palomas, busqué en Google: “abogada familiar Guadalajara paternidad”.

Esa tarde llamé a una abogada. No quería su dinero. Quería que nadie volviera a decirle a mi hijo que su mamá mentía.

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