Capítulo 1 de 16
La única de color
Faltaban dieciocho minutos para que llegara el juez del Registro Civil.
Yo lo sabía porque el contrato del salón lo había firmado yo. Ceremonia civil a las 18:30. Cóctel de bienvenida desde las 17:30. Cena a las 20:00. Un millón trescientos ochenta mil pesos entre salón, banquete, flores, música y fotógrafo. Todo con mi firma.
El salón Las Camelias, en Zapopan, estaba tal como Grecia lo quiso. Candiles de cristal. Rosas blancas en jarrones dorados. Cortinas color marfil. Y doscientos treinta invitados vestidos de blanco, marfil y champaña, formados en dos filas largas, con su copa de vino espumoso en la mano, esperando a que saliera la novia.
Todos menos yo.
Yo llegué de vino. Un vestido sencillo, color tinto, que a mi Lisandro le gustaba. Y el collar de perlas que él me regaló el día de nuestra boda, en 1987. Perlas de La Paz. Las compró con lo que juntó en un año entero de trabajo en el taller.
Nadie me avisó del código de vestimenta. El 27 de septiembre, alguien me sacó del grupo de WhatsApp “Boda G&D”. Pensé que había sido un error. No pregunté. Esa es mi falla. Nunca pregunto a tiempo.
Me llamo Irma Galván. Tengo sesenta y seis años. Soy viuda desde hace doce. Y desde ayer a la una y veinte de la tarde, ya no estaba en la lista de invitados de la boda de mi único hijo.
Me lo dijo Dalia, la organizadora, por teléfono. Con la voz apenada.
“Señora Irma, la novia pidió que la quitáramos de la lista. Yo nomás le aviso. Perdóneme.”
Aun así fui.
En la puerta, el de seguridad me detuvo. Revisó su tableta. Me dijo que no aparecía. Yo le pedí que llamara al gerente. El gerente llegó, un señor de bigote canoso, me reconoció y vio la carpeta que yo traía en la mano: el contrato.
“La señora es la contratante”, le dijo al de seguridad. “Déjala pasar.”
Entré a las 17:40.
Lo primero que busqué fue la mesa de recuerdos. Dalia me había pedido una foto de Lisandro para ponerla junto a la de los abuelos de Grecia, con una veladora, como se hace en las bodas para los que ya no están. Yo le llevé la mejor que tenía: él en la puerta de la joyería, con su mandil de cuero.
Ahí estaba la mesa. Con la veladora. Con flores.
Pero la foto de mi esposo ya no estaba. En su lugar había una foto de Grecia y Diego en la sesión de compromiso, en Tequila, riéndose entre los agaves.
Me quedé viendo esa foto un rato.
Luego caminé al centro del salón. Doscientos treinta invitados vestidos de claro. Una sola mancha de color.
Grecia me vio en cuanto me paré entre las dos filas.
Venía saliendo con su vestido de encaje, su velo largo, el pelo negro recogido. Se detuvo. La sonrisa se le congeló un segundo. Luego cambió de dirección y caminó hacia mí. Levantó el brazo y me señaló, delante de todos.
“¡Sácala de mi boda!”
Mi hijo Diego, que esperaba junto a la mesa del juez, volteó como si le hubieran dado un jalón. No sabía nada. Se le veía en la cara.
Grecia sonrió. Una sonrisa enorme, con todos los dientes. La misma de sus fotos de Instagram.
“Te borré de la lista.”
Se hizo un silencio que no se me va a olvidar nunca. Doscientas treinta copas quietas en el aire. El cuarteto dejó de tocar a media pieza.
Me toqué las perlas y cerré los ojos.
Lisandro me enseñó eso hace treinta y nueve años, cuando yo era una muchacha de veintisiete con la lengua muy suelta: “Antes de contestar algo de lo que te puedas arrepentir, cuenta tres perlas, Irma.”
Una. Dos. Tres.
Abrí los ojos.
“Me voy”, le dije.
Vi cómo se le aflojaban los hombros. Creyó que había ganado.
“Pero alguien más tiene algo que decir.”
Y me di la vuelta hacia la puerta.
Grecia dejó de sonreír. Por primera vez en los veinte meses que llevaba de conocerla, la vi con miedo. Retrocedió despacio hasta la mesa del juez, hasta donde estaba mi hijo.
Las puertas blancas del fondo del salón se abrieron.
Entró un hombre de traje azul marino, sin corbata, con la camisa arrugada de alguien que había manejado casi ocho horas sin parar. Ernesto Robles había salido de Puebla a las siete de la mañana. Llegó a las seis y diez. En la mano traía un sobre café, delgado.
Los invitados se hicieron a un lado para dejarlo pasar.
Diego y Grecia estaban frente a la mesa del juez, entre las rosas. Me volteé hacia mi hijo y extendí la mano.
“Él es Ernesto Robles.”
Diego me miró a mí. Luego al hombre. Luego a ella.
Ernesto se detuvo a unos pasos. Miró a Grecia mucho rato. Como quien busca a alguien debajo de otra cara. Hace tres años ella no tenía el pelo así.
“Diego…”
Se le cortó la voz. Respiró hondo.
“…antes de casarte, mira lo que pasó en Puebla.”
Grecia abrió la boca. No le salió nada.
Ernesto abrió el sobre. La primera foto que sacó era de una muchacha güera, abrazada a un joven de camisa blanca frente a la catedral de Puebla. Se reía con todos los dientes.
Igualito a como me acababa de sonreír a mí.
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