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La novia de mi hijo me señaló delante de doscientos treinta invitados y gritó: “¡Sácala de mi boda!” Una boda que yo pagué hasta el último peso. No le levanté la voz. Solo le dije que me iba… pero que alguien más tenía algo que decir. Y cuando se abrieron las puertas del salón, la novia se quedó sin aire.

Capítulo 12 de 16

La luna de miel

Me regresé a Guadalajara esa misma noche. Ocho horas otra vez. No dormí ni un minuto.

Tenía en el teléfono las fotos del cuaderno del maestro. Las fotos del terciopelo. Los comprobantes. Y una lista que yo conocía de memoria, porque me había llegado por correo el 1 de octubre: el catálogo del lote de diciembre de don Gil.

Sesenta modelos. Tres kilos doscientos gramos.

Los mismos sesenta modelos del pedido del 28 de septiembre.

En el autobús, con la frente pegada a la ventana, entendí por fin todo el plan. Lo entendí como se entiende un expediente cuando por fin aparece la última hoja.

El lote de don Gil iba a llegar a la joyería el 12 o el 13 de octubre. El 11, mi hijo y Grecia se iban a España. Dos semanas. Yo, la que había arruinado la boda, la suegra loca, ya iba a estar peleada con Diego. Ramsés iba a quedar solo con la bóveda. Iba a recibir el lote, pesarlo, apuntarlo. Y luego, poco a poco, iba a cambiar las sesenta piezas por las réplicas del maestro.

Cuatro millones de pesos en oro.

Cuando alguien encontrara el faltante, ¿quién iba a ser la sospechosa? Grecia no: estaba en Madrid, con fotos en Instagram para probarlo. Diego no: estaba con ella. Quedaba yo. La señora que abría la bóveda de noche. La que había peleado con su hijo. La que, según el grupo de joyeros, “no estaba bien de salud”.

Por eso tenían que sacarme de la boda. No por la lista. No por el Día de las Madres. Tenían que romperme con mi hijo antes de la luna de miel.

Lo que no esperaban era al señor Higareda y su cuello verde. Y que yo encontrara las treinta y siete piezas tres días antes. Y que no recibiera el lote.

A las nueve de la mañana del viernes 23 le hablé a Dalia, la organizadora. Le pregunté si podía verme. Llegó a mi casa a las once, con su tableta y cara de pena.

“Señora, ya no trabajo con la señorita Grecia. No me pagó el último anticipo.”

Le pedí que me dijera todo lo que recordara. Me enseñó los mensajes. Grecia le había escrito el 27 de septiembre: “Saca a mi suegra del grupo de la boda. No le mandes el código de vestimenta.” El 8 de octubre, a las 10:12 de la noche: “Pon seguridad en la entrada. Por si llega la señora.” Y el 9 a la una y cuarto: “Ya. Bórrala de la lista.”

El 8 de octubre. El día que yo mandé la foto de la estrella al grupo de joyeros. El día que Ramsés la vio.

Dalia me dejó copia de todo.

Esa tarde imprimí cada cosa en la papelería de la esquina. El cuaderno del maestro. Las fotos del terciopelo. Los comprobantes de Ramsés. El catálogo de don Gil. Los mensajes de Grecia a Dalia. El video de Puebla. Lo metí todo en un sobre manila. Le puse con plumón: “Para Diego. Léelo solo. Léelo todo.”

Fui a su departamento en la colonia Providencia. Toqué. No abrió. Su coche estaba en el estacionamiento.

Metí el sobre por debajo de la puerta.

Me regresé a la casa. Me senté en la cocina. No prendí la luz. Me quité el collar y lo dejé sobre la mesa, junto a la taza.

A las once y media de la noche sonó el teléfono. Era Diego.

No tenía la voz del sábado. No tenía la voz del cuarto de los trofeos. Tenía la voz de cuando tenía siete años y se despertaba con pesadillas.

“Mamá… ya lo leí. Todo.” Respiró. “Ramsés acaba de llegar. Y trae a Grecia.”

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