Capítulo 6 de 16
Ernesto
Ernesto Robles se quedó en Guadalajara hasta el martes 13. Lo invité a comer a la casa. Le hice birria. Él trajo de Puebla una caja de camotes de Santa Clara, envueltos en papel de china. Se sentó en la silla de Lisandro sin saberlo. No le dije.
Tiene cuarenta y cinco años. Tiene manos de joyero, con las yemas gastadas. Y la manera de hablar despacio de los hombres que ya contaron una historia muchas veces y ya nadie les creyó.
“Mi papá abrió la Joyería Robles en 1971”, me contó. “En la 3 Norte, a dos cuadras del zócalo. Mi hermano Isaac y yo crecimos debajo del mostrador.”
Isaac es ocho años menor. El soñador. El que quería hacer diseños nuevos, piezas modernas. En 2022 conoció a una muchacha güera, muy simpática, que vendía publicidad para negocios del centro. Grecia Tovar. Le arregló las redes a la joyería. Le arregló la vida a Isaac. Le arregló el corazón.
“En octubre de 2022 fue la pedida. Mi papá le regaló una esclava de oro. Ella lloró.”
En enero de 2023, Isaac le dio una clave de la bóveda. Para el inventario. Para las fotos.
Lo dijo así. Para las fotos.
Me levanté a servir más café porque no quería que me viera la cara.
“El 26 de mayo de 2023, tres semanas antes de la boda, desapareció. Su teléfono, apagado. Su departamento, vacío. Isaac la buscó como loco. Pensamos que le había pasado algo. Fuimos a la policía. Pegamos fotos.”
El 2 de junio, haciendo el inventario para la temporada de bodas, Ernesto encontró la primera pieza chapeada. Luego la segunda. Al final eran mil trescientos gramos. Todas con la estrellita en el broche.
“Presenté la denuncia el 5 de junio. Contra quien resultara responsable, y la mencioné a ella. Pero no había cámara dentro de la bóveda. Isaac le había dado la clave. Ella no tenía antecedentes. No la encontraron. En 2024 mandaron la carpeta al archivo temporal.”
“¿Y la joyería?”
“Le debíamos el oro a tres proveedores. Cerramos en diciembre de 2023. Mi papá se murió al año siguiente. Dicen que de diabetes.” Se encogió de hombros. “Isaac se fue a Tijuana. Trabaja en una maquiladora. No ha vuelto a hacer una pieza.”
Afuera empezó a llover. Una de esas lluvias de octubre en Guadalajara que caen de golpe y se van.
“Ahora trabajo de valuador en una casa de empeño”, dijo. “Por eso estoy en el grupo de joyeros. Tres años esperando ver esa estrella otra vez.”
“Usted me dijo que alguien vino de Guadalajara por el oro.”
Ernesto asintió. Sacó su laptop de una mochila.
“Unos días antes de que ella se fuera, vino a la joyería un primo suyo. Eso dijo ella: ‘mi primo de Guadalajara’. Le decía ‘Gre’. Yo nomás lo vi de espaldas, en el mostrador, platicando con ella. No compró nada. Pero cuando se fue, vi que su camioneta tenía placas de Jalisco.”
“¿Lo puso en la denuncia?”
“Puse todo. Hasta el video de la cámara de la entrada. Pero nadie en Puebla sabía quién era un hombre de Guadalajara de espaldas. Y de frente sale apenas un segundo.”
Me pidió una fecha. Yo no la tenía. Pero sí tenía otra cosa.
Fui a mi recámara. Saqué del estante la libreta de 2023. La abrí en la última parte, donde apunto los gastos. Viajes. Gasolina. Viáticos.
Mayo.
Ahí estaba, con mi letra redonda de siempre. Yo misma lo había apuntado y le había dado el dinero en efectivo.
“Ramsés – Puebla – 16 al 18 de mayo – proveedor de cadenas – $6,400.”
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