Capítulo 16 de 16
Collar de perlas
Diego vendió su coche para juntar ese dinero. Un Mazda de 2022 que había comprado pensando en llevar a Grecia a la playa. Con eso y con sus ahorros completó lo de la boleta. No me dejó devolverle nada.
“Es lo menos, mamá. Tú vendiste más por mí.”
El martes 17 de noviembre fuimos juntos al Monte de Piedad de la avenida Juárez. Diego pagó en la ventanilla. El valuador, el mismo, me entregó la bolsita con los ocho centenarios, los dos anillos y el Omega de Lisandro. Me reconoció.
“¿Y el collar, señora?”
“El collar nunca se fue.”
A don Gil le pagamos el resto de los ochocientos sesenta mil en diciembre, con el oro que la Fiscalía nos devolvió y con lo que se vendió en la temporada. Porque se vendió. Mucho. La gente de Guadalajara es de memoria corta para lo malo y larga para lo bueno. Cuando se supo la verdad, la señora de las medallas de bautizo regresó. Con el anticipo. Y con tres sobrinas.
Don Gil vino en persona a recoger el último pago. Se quitó el sombrero. Esta vez sí me abrazó.
Ahora la bóveda tiene dos llaves. Una mía y una de Diego. No se abre si no estamos los dos. Fue idea de él.
“Las llaves de la bóveda no se dan por anillo”, me dijo, el día que instalamos la cerradura nueva. “Se dan por años. Y por las malas noches.”
La foto de Lisandro, la de la mesa de recuerdos, Dalia me la devolvió en una bolsa de papel. Estaba en una caja del salón, entre manteles. La mandé enmarcar otra vez. Está en la pared de la joyería, detrás del mostrador, justo arriba de la báscula vieja.
Ramsés sigue en proceso. Grecia también. Su abogado anda buscando un acuerdo: devolver lo que pueda, declarar todo, a cambio de que el juez tome en cuenta que colaboró. No sé cómo va a terminar. Eso ya no me toca a mí. A mí me tocaba decir la verdad. La dije.
Celso viene a la joyería los martes. Se sienta en un banquito junto a la puerta y platica con los clientes. Habla mucho de Lisandro. Dice que era el mejor hermano del mundo. No habla de Ramsés. Yo no le pregunto.
En enero le mandé a Ernesto un paquete con un kilo de oro en consignación. Sin intereses. Con una nota: “Para el aparador de verdad.”
La Joyería Robles volvió a abrir el 2 de febrero de 2027, Día de la Candelaria, en la 3 Norte de Puebla. Diego y yo fuimos. Hicimos tamales. Ernesto cortó el listón con unas tijeras de joyero.
Y ahí estaba Isaac. Llegó de Tijuana la noche anterior, en autobús. Flaco, con barba, con las manos de su hermano. Llevaba una cajita de terciopelo. Adentro había una esclava de oro que hizo él mismo, en el taller, la semana antes de la reapertura. La primera pieza que hacía en casi cuatro años.
Me la puso en la muñeca.
“Para la señora que llegó a tiempo”, dijo.
Esa noche, de regreso en Guadalajara, abrí la libreta de gramos de 2027. La número veintisiete. Pesé la esclava de Isaac en la báscula vieja: 14.62 gramos. Catorce quilates. Le hice la prueba de ácido, por costumbre. La raya de oro se quedó en la piedra, brillante, sin moverse.
Lo apunté.
Luego me quité el collar de perlas. Lo puse sobre el terciopelo azul. No lo pesé.
Abajo, con mi letra redonda de siempre, escribí un renglón nuevo:
“Collar de perlas de La Paz. 1987. No se pesa. No se vende.”