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La novia de mi hijo me señaló delante de doscientos treinta invitados y gritó: “¡Sácala de mi boda!” Una boda que yo pagué hasta el último peso. No le levanté la voz. Solo le dije que me iba… pero que alguien más tenía algo que decir. Y cuando se abrieron las puertas del salón, la novia se quedó sin aire.

Capítulo 3 de 16

La libreta de gramos

En la joyería hay una báscula que tiene más años que mi hijo.

Lisandro la compró en 1979, el año que abrió el local en el Centro Joyero. Una báscula de precisión, de las que pesan hasta la centésima de gramo. Yo llegué en 1986, de novia, y aprendí a usarla antes que a cobrar. Durante cuarenta años fui la que pesaba. Cada pieza que entraba, yo la pesaba, le hacía la prueba de ácido para ver el quilataje, y la apuntaba en una libreta de pasta negra. Fecha, modelo, peso, ley, proveedor.

La libreta de gramos, le decía Lisandro.

Hoy van veintiséis libretas, una por año desde 2001. Las de antes eran libros grandes que guardo en la bodega. Las libretas están en un estante de mi recámara, en orden. En la primera hoja de la de 2009 hay un papel doblado que nunca le enseñé a nadie. Lisandro me pidió que lo guardara ahí.

“Algún día alguien va a decir mentiras de esta familia, Irma. Ese día lo sacas.”

Cuando Lisandro murió, en 2014, me quedé con la joyería. Con el local. Con la bóveda. Y con mi costumbre de apuntarlo todo, hasta lo que gasta cada quien en viajes.

Ramsés entró a trabajar en 2017. Es bueno con los clientes. Sabe de oro. Pero desde el principio tuvo una maña que me ponía de malas. Cuando pesaba, siempre redondeaba. Si una cadena pesaba 12.37 gramos, él apuntaba 12.4 al comprar y 12.3 al vender. Siempre a su favor.

“Ay, tía, son decimales”, me decía, con su sonrisita.

Decimales. Lisandro decía que los ladrones de verdad empiezan por los decimales.

El miércoles 7 de octubre, tres días antes de la boda, a las seis de la tarde, entró a la joyería el señor Higareda. Un cliente de años. Traía una cadena de oro en una bolsita y el cuello de la camisa abierto.

“Señora Irma, mire nomás.”

Tenía una marca verde alrededor del cuello. Como un collar de moho.

“La compré aquí el 19 de septiembre. Catorce quilates, me dijeron. Siete mil ochocientos pesos.”

Tomé la cadena. Pesaba lo que debía pesar. Brillaba como debía brillar. Le hice la prueba de ácido en el broche, con la piedra de toque, como me enseñó Lisandro.

La raya de oro desapareció en el ácido en dos segundos.

No era oro. Era una pieza chapeada. Un baño de oro sobre otro metal.

Le devolví su dinero en efectivo, le pedí perdón, le firmé un recibo con la hora. A las siete cerré la cortina. Mandé a la empleada a su casa. Diego estaba en la prueba del traje. Ramsés había pedido la tarde para “ver lo del cóctel”.

A las 21:40 abrí la bóveda con mi clave.

Me senté con la piedra de toque, el ácido, la lupa y la libreta. Pieza por pieza. Doscientas doce piezas. Terminé a las 23:50.

Treinta y siete eran falsas.

Treinta y siete cadenas, esclavas y anillos idénticos a los que yo había pesado y apuntado al entrar. Mismo modelo. Mismo peso, casi exacto. Pero chapeados. Mil ciento cuarenta gramos de oro de catorce quilates que ya no estaban en mi bóveda. Veintidós de esas piezas ni siquiera eran mías: eran de don Gil Arámbula, mi proveedor de consignación.

Con la lupa, en el broche de cada una, encontré lo mismo. Una estrellita grabada. Chiquitita.

Esa marca no era de ningún fabricante que yo conociera.

El jueves 8, a las nueve de la mañana, mandé la foto de la estrella al grupo de WhatsApp de los joyeros. Se llama “Joyeros de Occidente y Centro” y somos más de doscientos, de Guadalajara, del Bajío, de Puebla, de la Ciudad de México. Escribí: “¿Alguien conoce esta marca? Me la encontré en piezas chapeadas metidas en mi bóveda.”

En todo el día nadie contestó.

A las 23:10 me habló un número de Puebla.

“Señora Galván. Me llamo Ernesto Robles. Yo conozco esa estrella. La vi en junio de 2023, en mi propia bóveda.”

Esa noche no dormí. Abrí la libreta y busqué la cadena del señor Higareda. La había apuntado en abril. Y en la bitácora de la bóveda, la que registra cada vez que alguien la abre, estaba la fecha en que la sacamos a la vitrina: el 8 de julio.

Del 8 de julio al 19 de septiembre nadie la tocó. Estuvo en la vitrina, bajo llave, hasta el día que se vendió.

Si la cambiaron, fue antes del 8 de julio. Dentro de la bóveda.

Y Grecia no tuvo clave de la bóveda hasta agosto.

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