Capítulo 4 de 16
Las llaves
Diego llegó a mi casa el domingo 11 a mediodía.
Debía estar volando a Madrid. La luna de miel la pagué yo también: dos semanas en España, ciento sesenta mil pesos. El vuelo salía a las 11:20. Él estaba en mi cocina, con la misma camisa del día anterior y los ojos hinchados.
Le serví café. No se lo tomó.
“¿Desde cuándo sabías, mamá?”
“Desde el jueves en la noche.”
“¿Y por qué no me dijiste?”
“Te dije. El viernes a las diez de la mañana fui a tu departamento. Te dije que necesitaba hablar contigo de Grecia antes de la boda. ¿Te acuerdas qué me contestaste?”
Bajó la vista.
“Que otra vez”, murmuró. “Que otra vez lo mismo.”
Me acordaba de todo. Grecia estaba en la sala. Se puso a llorar en cuanto me vio. Dijo que yo la iba a odiar toda la vida. Diego me acompañó a la puerta y me pidió, por favor, que lo dejara casarse en paz. Tres horas después, Dalia me llamó para decirme que ya no estaba en la lista.
Diego dejó la taza en la mesa.
“Es que siempre es lo mismo contigo, mamá. Siempre desconfías.”
Ahí estaba la herida. La conozco porque la hice yo.
El 3 de enero de 2024 nombré a Diego gerente de la joyería. Tenía treinta años, había estudiado administración, sabía de oro desde niño. Pero no le di clave de la bóveda. Le dije que en seis meses. La bóveda tenía solo tres claves: la mía, la de Ramsés, que llevaba siete años ahí, y la que fue de Lisandro, que yo desactivé cuando murió.
“Ni a mí me tienes confianza”, me dijo ese día. Y se fue sin despedirse.
Le di la clave en julio. Pero ya era tarde. Algo se le había quedado clavado.
Y Grecia llegó a ese hueco.
La conoció en febrero de 2025, en la Expo Joya. Ramsés se la presentó. “Una amiga que hace publicidad para joyerías”, le dijo. Era guapa, rápida, simpática. Le arregló el Instagram a la joyería en tres semanas. Diego se enamoró como se enamoran los hombres que se sienten poco vistos.
La pedida fue el 15 de noviembre de 2025, en esta misma casa. Grecia vino con una tía de Querétaro; dijo que era huérfana, que esa tía la había criado. Esa noche me preguntó, con mucha naturalidad, cuánto valía mi collar de perlas. Y luego, riéndose: “Ese collar ya me lo imagino en mi boda.”
Yo no le contesté. Me toqué las perlas. Conté tres.
El 10 de mayo, Día de las Madres, hubo comida aquí. Veinte personas. Diego, delante de todos, propuso que Grecia fuera apoderada de la joyería. Que le diéramos una clave de la bóveda, “para que ayude con el inventario”.
Yo le contesté sin pensarlo mucho, porque lo creía:
“Las llaves de la bóveda no se dan por anillo, mijo. Se dan por años.”
La tía Conchita, la hermana de Lisandro, soltó una carcajada. Grecia se puso roja. Se levantó a lavar platos y no volvió a la mesa.
“¿Te acuerdas del acta de nacimiento?”, le pregunté a Diego.
“¿Cuál acta?”
“La que pidió el Registro Civil para la boda. Tú me la enseñaste en agosto, para que te dijera si estaba bien.”
Lo pensó.
“Decía que nació en Puebla.”
“¿Y qué te dijo ella?”
“Que nació ahí, pero que se la llevaron a Querétaro de bebé. Que nunca volvió.”
Nos quedamos callados. Afuera pasó el camión del gas con su musiquita.
Entonces Diego me dijo lo que había venido a decirme.
“En agosto le di una clave a Grecia. Una cuarta. La registré a mi nombre, como ‘Diego 2’. No te dije porque ya sabía lo que me ibas a decir.”
“¿Para qué la quería?”
“Para las fotos del inventario. Para el Instagram.” Se pasó las manos por la cara. “Mamá, ella me dice que todo esto lo armaste tú. Que ese señor de Puebla es un actor. Que se parece a alguien, nada más. Que tú la odias desde el Día de las Madres.”
“¿Y tú qué crees?”
No me contestó. Sacó su celular. Abrió la aplicación de la bóveda, la que registra cada vez que alguien la abre. La puso sobre la mesa, frente a mí.
“Grecia me enseñó esto anoche.”
Miércoles 7 de octubre. 21:40. Apertura de bóveda.
“Con tu clave, mamá.”
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