Capítulo 13 de 16
Cada quien su versión
Le hablé a la licenciada Paz antes de pedir el taxi. Contestó al segundo timbrazo, despierta, como si los abogados no durmieran.
“No diga nada, doña Irma. No firme nada. Llego en quince minutos.”
El departamento de Diego está en un cuarto piso, en la calle Rubén Darío. Llegué a las 23:58. Mi hijo me abrió la puerta descalzo, con la camisa por fuera. Me miró como no me miraba desde hacía años. No dijo nada. Me abrazó. Rápido, fuerte, como se abraza en un velorio.
En la sala, sobre la mesa de centro, estaban las hojas del sobre, extendidas en abanico.
Grecia estaba sentada en el sillón, con las piernas cruzadas y los brazos también. Ramsés estaba de pie junto a la ventana, con su reloj de correa café. Cuando me vio, sonrió.
“Tía. Qué bueno que vino. Así aclaramos esto en familia.”
La licenciada Paz llegó a las 00:12, con su portafolios y una gabardina sobre la piyama. Se presentó, se sentó en una silla del comedor y sacó una libreta.
“Sigan, por favor. Yo nada más escucho.”
Ramsés empezó. Habló bonito, con calma, como habla con los clientes que dudan si comprar un anillo. Que todo eso era un montaje. Que cualquiera podía decir que un número de teléfono era suyo. Que las fotos del terciopelo las pudo haber tomado yo, que tengo clave. Que el maestro de Puebla era un viejito que decía lo que le pagaran.
“El maestro tiene las transferencias, Ramsés”, le dije. “De tu cuenta. Con tu nombre.”
Se le fue la sonrisa.
“Y va a declarar ante el Ministerio Público”, dijo la licenciada, sin levantar la vista de su libreta.
Ramsés miró a Grecia. Fue una mirada corta. Pero Diego la vio. Yo vi que la vio.
Y entonces Ramsés cambió de lado. Así, de golpe, como cambia el viento en octubre.
“Está bien. Sí, encargué unas piezas. Para el aparador. Pero la que hizo lo de Puebla fue ella. Yo nomás la presenté contigo, primo. Yo no sabía lo que era.”
Grecia se rio. Una risa seca, fea, que nunca le había oído.
“¿Tú no sabías? Tú me buscaste a mí.”
“Grecia, cállate.”
“No. Ya no.” Se levantó del sillón. “La tía de Querétaro que llevé a la pedida ni era mi tía, Diego. Era una señora a la que él le pagó.”
Diego cerró los ojos.
Grecia se volteó hacia él. “En 2021 yo vendía publicidad para joyerías en Puebla. Él llegó a una expo, me invitó un café y me dijo que sabía cómo sacar oro de una bóveda sin que nadie se diera cuenta. Que solo necesitaba a alguien que se metiera con la familia. Me escogió a mí porque sabía hablar. Lo de Isaac fue su idea. Lo de tu familia también.”
“¡Mentira!”
“El oro de Puebla lo vendió él aquí, en Guadalajara. Yo me quedé con la tercera parte. La tercera parte, Diego. Y todavía me decía que estaba siendo generoso.”
Diego no la miraba. Miraba las hojas sobre la mesa.
Me acerqué a Ramsés. Era un hombre de treinta y ocho años. Le vi la cara del niño de las monedas de chocolate.
“¿Por qué, mijo? Lisandro te quería como a un hijo.”
Y por fin dijo lo que llevaba quince años guardando.
“¿Y a mi papá? ¿A mi papá lo quería? En 2009 mi papá estaba hundido. Le vendió su parte de la joyería por seiscientos mil pesos, cuando valía un millón. Y usted firmó feliz. Usted fue la que puso el precio. Yo tenía veintiún años y vi a mi papá llorar en la cocina.” Le temblaba la quijada. “Yo nomás me cobré lo que era nuestro.”
La sala se quedó callada. Afuera pasó una patrulla con la sirena apagada.
Yo sí puse ese precio. Era cierto. Lo puse porque Lisandro me lo pidió, y porque Lisandro tenía sus razones, y porque esas razones estaban en un papel doblado que yo había jurado no enseñar.
Grecia se sentó otra vez. De repente parecía muy cansada. Más joven.
“Mi mamá lavaba vestidos de novia”, dijo, sin mirar a nadie. “En una tintorería de la 5 de Mayo, en Puebla. Yo crecí entre vestidos de otras. Me probaba los velos cuando nadie veía. Nunca me dejaron ponerme uno de verdad.” Se rio otra vez, ahora sin ganas. “Ni el sábado me dejaron.”
Por un segundo sentí lástima. No me la quité de encima. La dejé estar.
Pero Grecia ya había tomado su decisión. Lo vi en cómo apretó la boca. Sacó su teléfono de la bolsa. Lo desbloqueó. Lo aventó sobre la mesa de centro, encima de las hojas del sobre.
“Ahí están sus mensajes. Desde 2021. Los guardé todos, por si un día me quería dejar sola.” Me miró a mí, directo, por primera vez en toda la noche. “Pregúntele a su sobrino dónde está el oro. El de Puebla y el suyo.”
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