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La novia de mi hijo me señaló delante de doscientos treinta invitados y gritó: “¡Sácala de mi boda!” Una boda que yo pagué hasta el último peso. No le levanté la voz. Solo le dije que me iba… pero que alguien más tenía algo que decir. Y cuando se abrieron las puertas del salón, la novia se quedó sin aire.

Capítulo 8 de 16

La denuncia

La licenciada Paz Orozco tiene cincuenta años, el pelo corto y canoso, y un despacho en la colonia Americana con más libros que muebles. Leyó la denuncia de Ramsés dos veces antes de decir nada. Yo esperé contando las perlas por debajo del cuello de la blusa.

“Doña Irma, su sobrino es listo.”

La denuncia la presentó el miércoles 14 de octubre, a las ocho y cuarto de la mañana, ante el Ministerio Público de la Fiscalía del Estado de Jalisco. Decía, en resumen, esto:

Que la señora Irma Galván, dueña de la Joyería Ibarrola, había sustituido piezas de oro de la bóveda por piezas chapeadas. Que veintidós de esas piezas eran propiedad del proveedor Gil Arámbula, entregadas en consignación. Que la señora pretendía quedarse con el oro y culpar a otra persona. Que como prueba presentaba la bitácora de la bóveda: el 7 de octubre a las 21:40, sola, de noche, con la tienda cerrada, la señora abrió la bóveda con su clave y estuvo dentro más de dos horas.

Y que, días después de “descubrir” el faltante, la señora se negó a recibir el nuevo lote del proveedor, “con el probable propósito de evitar que se descubriera el resto del faltante”.

“Y lo del señor de Puebla”, siguió la licenciada, pasando la hoja. “Dice que usted ‘contrató a un desconocido para que difamara públicamente a la prometida de su hijo el día de su boda, con el fin de impedir el matrimonio y desviar la atención’.”

“Todo eso es mentira.”

“Ya lo sé. Pero escuche cómo suena. Una señora que abre la bóveda de noche. Que no quiere recibir mercancía. Que arruina la boda de su hijo con un hombre que nadie conocía. Doña Irma, si yo fuera Ministerio Público, la citaría.”

Y me citaron. Para el 21 de octubre. A una “entrevista”, decía el papel. La licenciada me explicó que no me estaban acusando de nada todavía. Que el Ministerio Público investiga, y que es un juez el que decide si hay algo.

“¿Y el video de Puebla? ¿Y la libreta? ¿Y el recibo del señor Higareda?”

“Nos ayudan. Pero el video solo prueba que su sobrino y esa muchacha se conocían en 2023. No prueba quién cambió las piezas. Necesitamos algo que una a su sobrino con el oro. Algo que no sea su palabra contra la de él.”

Esa tarde Diego vino a la casa. No a verme. A sacar sus cosas.

Todavía tenía un cuarto aquí. El de cuando era niño. Con sus trofeos de fútbol, su guitarra, la foto de su graduación con Lisandro. Lo oí subir. Lo oí abrir cajones.

Subí detrás de él.

“¿Viste el video, mijo?”

“Lo vi.”

“¿Viste a Ramsés?”

“Vi a un hombre con gorra que se parece a Ramsés. Ramsés me dijo que en 2023 sí fue a Puebla. Que conoció a Grecia allá, en un evento. Que ella estaba saliendo con ese muchacho, Isaac, y que la trataban muy mal en esa familia. Que por eso se fue. Que el oro lo robó alguien de adentro y la culparon a ella porque era la de afuera.”

“¿Y tú le crees?”

Diego metió la guitarra en su funda.

“Mamá, Ramsés me enseñó la bitácora. Tú abriste la bóveda de noche. Tú no quisiste recibir el oro de don Gil. Y tú trajiste a ese señor a mi boda sin decirme. Dime tú qué quieres que crea.”

“Que tu mamá no te ha mentido nunca.”

Se me quedó viendo. Por un segundo vi al niño que venía a la joyería los sábados.

Luego agarró la caja con sus cosas. En la puerta del cuarto se detuvo, sin voltear.

“Pensé que mi papá te había enseñado a no mentir.”

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