Capítulo 11 de 16
El taller de la estrella
Salí en autobús a las once de la noche del miércoles. Ocho horas por la carretera, sin dormir, con la esclava envuelta en un pañuelo dentro de la bolsa. Ernesto me esperaba en la central de Puebla a las siete de la mañana del jueves 22, con un café de olla en un vaso de unicel.
El barrio de Xanenetla está subiendo, al norte del centro, con casas viejas pintadas de colores y murales en las paredes. Las calles huelen a pan y a ropa recién lavada. Ernesto se fue preguntando por “el maestro de la estrella” hasta que una señora que vendía tamales nos señaló un portón verde.
“El maestro Celedonio. Toquen fuerte, que está medio sordo.”
El maestro Celedonio Tlatelpa tiene setenta y cuatro años, unas gafas de aumento colgadas del cuello y las manos manchadas de ácido. Su taller es un cuarto con una mesa larga, un horno chiquito, frascos de soluciones y, en la pared, una imagen de San Eloy, el patrón de los plateros.
Le enseñé la esclava. Se puso las gafas.
“Sí, es mía. Esa estrella la pongo desde 1980. Para que sepan que es pieza de exhibición, no de venta.”
“¿De exhibición?”
“Muchas joyerías tienen piezas chapeadas en el aparador, señora. Para no exponer el oro en la vitrina que da a la calle. Si alguien rompe el vidrio, se lleva latón. Yo hago réplicas. Mismo modelo, mismo peso, para que se vean igual. Es trabajo legal. Lo hago desde hace cuarenta y seis años.”
Ernesto le preguntó si se acordaba de quién le había encargado esas piezas.
El maestro se tardó en contestar. Luego se levantó, abrió un cajón de madera y sacó un cuaderno de pasta dura, de los de contabilidad.
“Yo apunto todo”, dijo. “Mi papá me enseñó. Papel que se escribe no se olvida.”
Casi me pongo a llorar ahí mismo.
Fue pasando hojas. Pedidos de joyerías de Puebla, de Tlaxcala, de Oaxaca. Y desde 2022, un cliente de Guadalajara. Apuntado siempre igual: “R. Ibarrola – Guadalajara”. Con su número de teléfono.
El número de Ramsés. Me lo sé de memoria.
En 2023, siete pedidos. El maestro sacó un fólder con fotos impresas: las fotos de los modelos que el cliente mandaba por WhatsApp para que él los copiara. Ernesto se puso pálido. Eran piezas de la Joyería Robles. Algunas con la etiqueta de la tienda todavía puesta.
Luego 2026. De marzo a septiembre. Treinta y siete piezas. Con fotos. Cada foto, de una pieza de oro sobre un paño de terciopelo azul marino.
Yo conozco ese terciopelo. Lo mandó hacer Lisandro en 1985. Tiene bordado, en una esquina, en hilo dorado, “Joyería Ibarrola”.
En una de las fotos se veía, también, el borde de la puerta de la bóveda. Y en otra, el reflejo de un reloj en la muñeca de quien tomaba la foto. Un reloj grande, plateado, de esos con correa de piel café. El reloj de Ramsés.
“¿Cómo le pagaba?”, preguntó Ernesto.
“Transferencia. Siempre de la misma cuenta. A nombre de él.” El maestro buscó en su teléfono, con los dedos lentos. Me enseñó los comprobantes. Ramsés Ibarrola. Banco, fecha, cantidad. “Yo no sabía para qué los quería, señora. Se lo juro por mi madre. Él decía que era para el aparador.”
“¿Usted le contaría esto a una Ministerio Público?”
El maestro miró a San Eloy. Luego me miró a mí.
“Si alguien usó mi trabajo para robar, mi trabajo ya no vale nada. Sí, señora. Lo cuento.”
Ya nos íbamos cuando Ernesto, que seguía hojeando el cuaderno, se detuvo en la última hoja escrita.
“Maestro, ¿y este pedido?”
El maestro se acercó.
“Ah, ese es el más grande que me han hecho. Me pidió que me apurara. Y luego, el 12 de octubre, me habló para decirme que esperara. Que todavía no se lo mandara.”
Era del 28 de septiembre. “R. Ibarrola – Guadalajara”. Sesenta piezas. Cadenas, esclavas, dijes de la Virgen, medallas de bautizo.
Y abajo, con letra del maestro, subrayado dos veces:
“Entregar el 13 de octubre.”
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