Capítulo 1 de 16
Esto es entre mi esposa y yo
A las cuatro de la tarde, mi hija me quitó la corbata.
Estábamos en el pasillo del Jardín Las Arboledas, en Zapopan, junto a la puerta del cuarto de la novia. Hacía un calor de octubre de esos que en Guadalajara no avisan. Miriam, con su vestido de encaje y el pelo todavía en tubos, me desanudó la corbata con dos jalones.
“Así te ves como tú, papá.”
La dobló y me la metió en la bolsa del saco. Luego se rió. Fue la última vez que la oí reírse ese día.
A las 5:41, el fotógrafo estaba formando a los invitados en el salón para la foto grupal. Treinta personas paradas en fila, con la copa en la mano, delante de las mesas redondas de mantel blanco y los arreglos de rosas. La firma con el juez del Registro Civil era a las seis. Yo estaba en medio de la fila, porque el fotógrafo quería “al papá de la novia al centro”.
Entonces oí un grito corto. “¡Ah!”
Volteé.
Miriam venía cruzando el salón. Corriendo. Con el vestido levantado en una mano y los zapatos resbalando en el piso brillante.
No venía hacia el arco de flores donde la esperaba el novio.
Venía hacia mí.
Traía el rímel corrido hasta la barbilla. Los ojos rojos. Temblaba de una manera que yo no le había visto desde el entierro de su mamá, cuando tenía quince años. Se metió detrás de mi espalda y me agarró la manga del saco con las dos manos, tan fuerte que sentí sus uñas a través de la tela.
“Papá, ayúdame.”
Abrí los brazos sin pensar. Como cuando era niña y se escondía de los cohetes en las posadas.
La fila de invitados se deshizo en murmullos. La música se cortó.
Y entró Patricio.
Patricio Lizárraga Noriega. Treinta años. Esmoquin negro, moño negro, pañuelo blanco en la bolsa. El gerente de ese salón, que era de su mamá.
No corrió hacia ella. No preguntó qué le pasaba. Caminó despacio, como quien no quiere que lo vean apurado, y se paró enfrente de mí. Estiró la mano. Con la palma hacia arriba. Como quien pide que le devuelvan algo que es suyo.
“Esto es entre mi esposa y yo.”
Lo dijo con la cara preocupada. No preocupada por ella. Preocupada por algo que yo todavía no entendía.
Detrás de mí, Miriam soltó un sollozo que le salió de muy adentro. Sentí su frente contra mi espalda.
Yo trabajé treinta y un años en el Registro Público de la Propiedad de Jalisco. Ahí aprendí que la gente grita cuando no tiene papeles, y que el que tiene los papeles no necesita gritar. Así que no grité.
“Es mi hija.”
Me quedé un segundo con la boca cerrada. Luego le dije lo otro, lo que se veía, lo que treinta personas estaban viendo.
“Y te tiene miedo.”
El murmullo creció. Alguien dijo “Ay, Dios mío”. Patricio apretó la quijada. Y no me miró a mí. Miró a los invitados. Uno por uno. Como si lo que le preocupara fuera quién lo estaba viendo.
Fue ahí cuando vi el micrófono. Un puntito negro, del tamaño de un frijol, prendido en la solapa de su esmoquin, junto al pañuelo. Uriel, el muchacho del video, se lo había puesto a las cinco para grabar los votos. Yo lo vi hacerlo.
También vi otra cosa.
En la segunda fila estaba doña Sagrario Noriega, la mamá de Patricio. Vestido rosa palo, collar de perlas, el pelo como de salón de belleza. Todos los demás miraban a Miriam o a Patricio. Ella no.
Ella miraba hacia el fondo. Hacia la mesa del juez del Registro Civil. Hacia una carpeta azul que estaba sobre el mantel, junto a la pluma de la firma.
Miriam pegó la boca a mi hombro. Habló tan bajito que solo yo la oí.
“Papá, quiero irme a casa.”
Volteé hacia ella. Le iba a decir que sí. Que nos íbamos. Que lo demás no importaba.
No alcancé.
Patricio dio un paso hacia nosotros y gritó. Tan fuerte que lo oyeron los meseros en la cocina, el juez en su mesa y, supongo, el micrófono en su solapa.
“¡Se lo merecía!”
Treinta personas dejaron de respirar al mismo tiempo.
Yo me di la vuelta. Despacio. Sin soltar a mi hija.
Lo miré a la cara. Ya no tenía cara de preocupado. Tenía cara de hombre que acaba de decir algo que de verdad cree.
Y eso fue lo peor. No lo que gritó.
Que lo creía.
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