Capítulo 14 de 16
Lo que grabó el micrófono
Uriel llegó a la Fiscalía el lunes 27 a las nueve de la mañana con su mamá. Traía la grabadora en una bolsita de plástico y una tarjeta de memoria en un estuche.
No se la dio a la licenciada Anguiano ni a mí. Lo hicimos bien, como debe ser. La entregó él mismo al licenciado Ramos. Firmó la cadena de custodia. Declaró, durante dos horas, todo lo que sabía.
“¿Por qué ahora, joven?”, le preguntó el licenciado Ramos.
Uriel apretó la gorra entre las manos.
“Porque usaron mi trabajo para hacer que una muchacha pareciera loca. Yo grabo bodas para que la gente se acuerde de lo bonito. No para esto.” Miró a su mamá. “Y porque mi mamá me dijo que si no lo traía, ella misma lo traía.”
La segunda tarjeta. La de “por si una falla”. Doña Sagrario se había llevado la primera. Nunca supo que había otra.
El licenciado Ramos escuchó la grabación con audífonos. Luego la escuchamos nosotros, en una salita, con la licenciada Orozco del Centro de Justicia, que vino porque su investigación también dependía de eso.
A las 5:20 se oía una puerta. La voz de una señorita: “Señorita Miriam, de parte del licenciado Arreola, para que me rubrique estas hojas antes de la ceremonia.” Papel. Silencio. Luego la voz de mi hija, sorprendida: “Esto no es lo que firmamos en agosto.”
A las 5:28, Patricio marcaba. Se oía clarito, porque estaba en altavoz.
“Mamá, no quiere firmar.”
Y la voz de doña Sagrario. Tranquila. Como quien pide la cuenta en un restaurante.
“Que firme, Patricio. Rogaciano ya tiene el poder desde agosto. El convenio nomás es para que nadie pregunte después. Si ella reclama la firma del poder, con la sociedad conyugal la casa ya es tuya también y tú das el consentimiento. Y el dinero ya se lo gastó en Huatulco. Ya está metida. Que firme.”
“¿Y si no quiere?”
“Pues haz que quiera. Eres su marido, ¿no? Si no hay firma, no hay salón. No hay nada. ¿Me entiendes? No hay nada.”
Clic.
Luego, la puerta. El seguro. La voz de Patricio: “Firmas o no sales de aquí.”
La voz de Miriam: “No.”
A las 5:34 tocaron. La secretaria: “Señorita, ¿ya rubricó?” Mi hija, desde adentro, fuerte: “¡No voy a firmar!” Patricio, pegado a la puerta: “Ahorita la alcanzamos, señorita.” Pasos que se alejan.
Lo que sigue en la grabación no lo voy a escribir.
Lo oí una sola vez, en esa salita, con los ojos cerrados y la mano de mi hija apretando la mía. Lo oyeron dos agentes del Ministerio Público que han oído de todo. Una de ellas se quitó los audífonos a la mitad y se quedó viendo la pared.
A las 5:40, después de que se abre la puerta y se oye a alguien correr por el pasillo, Patricio dice una frase, solo, en el cuarto vacío. La misma frase que gritaría un minuto después delante de treinta personas. Aquí la dice en voz baja.
“Ella se lo buscó.”
El licenciado Ramos detuvo la grabación. Se quitó los audífonos. Tardó en hablar.
“Esto cambia todo, señorita Urzúa.” Lo dijo mirando a Miriam, no a la licenciada. “El concepto de la transferencia, lo de Huatulco. La señora Noriega dice en su propia voz que ese dinero se le mandó para que usted quedara metida. Eso ya no la señala a usted. La señala a ella.”
La licenciada Orozco cerró su libreta.
“Licenciado, mi carpeta y la suya tienen al mismo muchacho y a la misma señora.”
El licenciado Ramos asintió. Llamó a su auxiliar.
“Mándelos citar a los dos. Juntos.”
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