Capítulo 9 de 16
El muchacho del micrófono
Uriel Mata vive en la colonia Oblatos, arriba de la tiendita de su mamá. Lo encontré el sábado 18 a las nueve de la mañana, bajando cajas de refresco de una camioneta.
Tiene veinticuatro años. Flaco, gorra al revés, una cámara colgada al cuello aunque estuviera cargando refrescos. Cuando me vio, se le cayó una caja. Las botellas no se rompieron. Él se quedó viéndolas como si sí.
“Don Bernabé.”
“Nomás quiero platicar, Uriel. Cinco minutos.”
Me ofreció un banquito en la tienda, entre los costales de frijol y el refrigerador de las paletas. Su mamá me trajo un café sin preguntarme si quería.
“Usted le puso el micrófono a Patricio a las cinco”, le dije.
“Sí, señor.”
“¿Graba todo? ¿Aunque no estés filmando?”
Uriel se rascó la nuca. Miró a su mamá, que fingía acomodar los chicles.
“El micrófono manda la señal a una grabadora chiquita que él trae en la bolsa del pantalón. Graba desde que la prendo. Yo la prendí a las cinco en punto. La apagué a las siete, cuando ya todo se había acabado.” Bajó la voz. “La grabadora graba doble. En dos tarjetas. Por si una falla. Una boda no se repite, don Bernabé.”
Por si una falla.
“¿Tú viste a Miriam esa tarde?”
“La vi salir del cuarto, señor. Yo estaba en el pasillo grabando detalles: el ramo, los zapatos, las argollas. Salió corriendo. Yo bajé la cámara.” Tragó saliva. “No sé si la bajé a tiempo.”
“Uriel, lo que hay en esa grabación puede ayudar a mi hija.”
Se le puso roja la cara.
“Don Bernabé, yo trabajo para el salón. Casi todas mis bodas son de ahí. Doña Sagrario me debe treinta y ocho mil pesos de los últimos tres eventos. Y el domingo me dijo, así, en la puerta de su oficina, que si yo andaba enseñando algo de la boda, no vuelvo a trabajar en Guadalajara. Que ella conoce a todos los salones. Y sí los conoce.”
Su mamá dejó de acomodar los chicles.
“Tengo un crédito de la cámara, señor. Diecinueve mil pesos todavía. Mi mamá está enferma de la presión.”
No lo presioné. Me acordé de mí mismo en la ventanilla del Registro, cuando un licenciado poderoso llegaba a pedirme que “no viera” algo. Uno no siempre es valiente a la primera. A veces uno necesita ver primero que el otro no lo va a dejar solo.
“Nadie te va a pedir nada que no quieras dar, mijo. Pero quiero que sepas una cosa. Lo que pasó en ese cuarto, mi hija se lo contó a una Ministerio Público. Esa grabación no es chisme. Es la verdad de alguien que no se puede defender sola.”
Uriel se quedó viendo la cámara que traía colgada.
Le dejé mi número en un papel de estraza, escrito con la pluma de la tienda. Y le dejé copia del acta de entrega de la carpeta azul, para que viera que yo no robo nada; que todo lo entrego a la autoridad, por escrito y con hora.
Me levanté. Me dolían las rodillas del banquito. En la puerta, Uriel me alcanzó.
“Don Bernabé.”
“Dime.”
Se quitó la gorra. Le temblaba la mano.
“Ya me lo pidieron. Doña Sagrario vino por la tarjeta el domingo en la tarde. Se la di.”
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