Capítulo 15 de 16
Madre e hijo
La audiencia inicial de Patricio fue el miércoles 29 de octubre, en la Ciudad Judicial, a la entrada de Guadalajara. Un juez de control iba a decidir si la investigación de la licenciada Orozco tenía con qué seguir.
Doña Sagrario llegó a las nueve con siete personas. Compadres, comadres, un primo. Todos de traje oscuro, como para un velorio elegante. La tía Mague venía con ellos. Se sentaron en las bancas del pasillo, frente a la sala. Doña Sagrario con sus perlas y un rosario en la mano.
Nosotros llegamos con Ilse, la licenciada Anguiano y Uriel. Miriam traía un traje sastre gris y el pelo recogido. En el brazo, doblado, mi saco azul marino. No se lo puso. Lo trajo.
Del otro lado del pasillo, a las diez y cuarto, apareció también el licenciado Ramos. Venía a otra cosa: a citar formalmente a doña Sagrario a declarar en la carpeta de la falsificación. Se lo entregó en la mano, delante de sus compadres.
Doña Sagrario leyó el citatorio sin quitarse los lentes de sol. Se le cayó el rosario.
La audiencia duró dos horas. No voy a contar lo que se dijo adentro; esa parte es de mi hija y de la ley. Solo diré que la Ministerio Público habló de una grabación con hora, de un dictamen, de una constancia del juez del Registro Civil que decía “5:34, la contrayente se negó a firmar”. Y que el juez de control mantuvo las medidas de protección. La defensa pidió más tiempo para presentar pruebas, y el juez fijó fecha para resolver.
Cuando salimos, Patricio salió detrás con el licenciado Haro. Ya no traía cara de preocupado. Traía cara de alguien que acaba de oírse a sí mismo.
Su mamá se levantó de la banca.
“Mijo.”
Patricio la miró. Y delante de las siete personas que ella había traído para dar testimonio de que eran buena familia, le gritó.
“¡Tú me dijiste que la hiciera firmar como fuera!”
Las comadres se quedaron heladas.
“Yo nunca te dije que hicieras eso”, contestó doña Sagrario, bajito, mirando a los lados.
“¡Me dijiste ‘eres su marido’! ¡Me dijiste ‘no hay nada’! ¡Está grabado, mamá! ¡Lo oyó todo el mundo!”
El licenciado Haro lo jaló del brazo. Patricio se soltó y se recargó en la pared. Se tapó la cara. Y dijo una cosa que no esperaba oír de él. La dijo hacia el piso, como quien le habla a nadie.
“Yo nomás quería que mi mamá dejara de llorar por el salón de mi abuelo.”
Por un segundo lo vi como era a los doce años. Un niño en un salón de fiestas vacío, viendo llorar a su mamá por cuentas que no entendía. No le quité nada de lo que hizo. Pero lo vi.
Una de las comadres agarró su bolsa. Luego otra. El primo dijo que tenía que ir a trabajar. La tía Mague se quedó sentada, viendo a doña Sagrario como si la viera por primera vez. En cinco minutos, la banca de los Lizárraga estaba vacía.
Entonces se abrió la puerta del fondo.
Entró un hombre de unos sesenta años, moreno de sol, camisa de manta y sombrero en la mano. Caminaba despacio, como quien cruza un muelle.
Patricio levantó la cara.
“¿Papá?”
Don Clemente no contestó a su hijo. Caminó hasta mí. Me dio la mano. La tenía áspera, de redes.
“Llegué anoche en el camión”, me dijo. “Hoy en la mañana fui a la Fiscalía a declarar. Traje la escritura de 2019. Yo nunca firmé ese poder, señor Urzúa. Me fui a Mazatlán porque me daba vergüenza que la gente supiera que mi propia esposa me quitó el salón de mi papá. Seis años callado.”
Doña Sagrario lo miró como se mira a un muerto que se levanta.
Luego me miró a mí.
“Usted no sabe lo que es perderlo todo.”
“Sí sé, señora”, le contesté. “Por eso no la dejé quitarle nada a mi hija.”
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