Capítulo 13 de 16
El dinero de Huatulco
Don Clemente colgó sin decir nada. No me volvió a contestar ni esa noche ni al día siguiente.
El viernes 24 de octubre, la Fiscalía nos citó a Miriam, a la licenciada Anguiano y a mí. El agente del Ministerio Público que llevaba la denuncia de la falsificación era el licenciado Ramos, un hombre joven que hablaba con mucho cuidado. Nos sentó en su oficina y puso una carpeta delante.
“Los denunciados presentaron pruebas ayer.”
El licenciado Haro había presentado un estado de cuenta de Eventos Las Arboledas. Una transferencia del 14 de agosto: 300,000 pesos a la cuenta de Miriam Urzúa Galván. Concepto: “ANTICIPO GARANTIA JUAREZ”.
Miriam se quedó blanca.
“En mi aplicación nada más dice ‘SPEI recibido'”, dijo. “No sale el concepto. Nunca lo vi.”
El licenciado Ramos siguió.
“También presentaron una factura del hotel Las Brisas Huatulco. Ochenta y seis mil cuatrocientos pesos. Pagada el 18 de agosto con una tarjeta a su nombre, señorita. Y un escrito donde la señora Noriega declara que usted aceptó dar la casa en garantía a cambio de ese anticipo. Que usted firmó la promesa sabiendo lo que firmaba. Y que denunció la falsificación después, solamente para no pagar la deuda, porque la boda se cayó.”
Sentí que el piso se movía.
“Eso es mentira”, dije.
“Puede ser, señor Urzúa.” El licenciado Ramos no levantó la voz. “Pero el dinero sí llegó. Y sí se gastó. Y alguien que recibe un anticipo de garantía y lo gasta puede ser señalado como partícipe. No digo que lo sea. Digo que esto cambia la investigación.”
La licenciada Anguiano argumentó que la foto de la hoja seis seguía en pie. Que las relaciones del Archivo mostraban un poder fabricado en agosto. Que el dinero se le mandó a Miriam precisamente para tener esta coartada.
“Todo eso se va a valorar, licenciada. El peritaje tarda. Mientras tanto, la señorita tiene que saber que en este momento ella también está siendo investigada.”
Ese mismo día, a las siete de la tarde, doña Sagrario subió a su Facebook un video.
Eran imágenes de la boda. Del pasillo de los cuartos. Se veía a Miriam a las 5:40, con el vestido, abriendo una puerta de un empujón y gritando “¡Déjame!”. Luego la imagen se cortaba. Encima, en letras blancas: “Así salió del cuarto. Mi hijo solo quería calmarla. Que Dios la ayude.”
Quince segundos. Sin antes. Sin después.
Lo vi tres veces. La puerta de la que salía mi hija era la puerta que Patricio había cerrado con seguro. Pero eso, en el video, no se sabía.
Patricio lo compartió. Con el estado de cuenta. “Para los que preguntan quién es la víctima.”
Miriam se encerró en su cuarto. La oí llorar por primera vez desde la noche del Centro de Justicia. Llorar de verdad, con la boca contra la almohada, para que yo no la oyera.
Me quedé afuera, sentado en el piso del pasillo, con la espalda contra su puerta. Como cuando su mamá se murió y ella no quería ver a nadie.
Fue la peor noche desde el 11 de octubre. Pensé que habíamos perdido. Que con trescientos mil pesos y quince segundos de video, ellos habían convertido a mi hija en la culpable.
A las 11:40 de la noche sonó mi teléfono.
Era un número de Oblatos.
“Don Bernabé.” Era Uriel. Tenía la voz rota, de coraje. “Ese video que subió la señora. Es mío. Yo lo grabé.”
Respiró.
“Y lo cortaron. Yo lo grabé completo.”
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