Capítulo 3 de 16
La noche en el Centro de Justicia
A las 7:40 de la noche llegamos al Centro de Justicia para las Mujeres, en la calle Venustiano Carranza.
Fue idea de Ilse. Miriam no quería. Decía que se le iba a pasar, que mañana pensaba, que no quería que nadie la viera así. Ilse le habló como hablan las amigas de veinte años, sin rodeos:
“Si no vas hoy, mañana él cuenta su versión. Y la de él la van a creer.”
Yo manejé callado. Miriam seguía con mi saco encima del vestido de novia. En la sala de espera, una señora con un niño dormido en las piernas la miró y le ofreció su lugar junto al ventilador. Nadie preguntó nada. Ahí nadie pregunta.
Nos atendió la licenciada Dalia Orozco, agente del Ministerio Público. Cuarenta años, voz tranquila, una taza con la Virgen de Zapopan en el escritorio.
“Señor, voy a hablar con su hija a solas. ¿Está bien, Miriam?”
Miriam me miró. Asintió.
Lo que pasó en ese cuarto del salón, Miriam lo contó una sola vez esa noche, a la licenciada, con la puerta cerrada. Yo no estaba ahí. Y no lo voy a repetir. Hay cosas que le pertenecen a quien las vivió.
Lo que sí sé es lo que pasó después. Que una médica la revisó y escribió un dictamen. Que una psicóloga habló con ella media hora. Que a las 10:15 la licenciada Orozco salió con una hoja y me explicó, despacio, que había dictado medidas de protección: Patricio Lizárraga no podía acercarse a mi hija, ni a mi casa, ni buscarla por teléfono ni por redes. Que si lo hacía, había que llamar al 911 y enseñar ese papel.
Luego le entregué la carpeta azul. Antes, en el estacionamiento del salón, le había tomado foto a cada hoja con mi celular. Costumbre del archivo.
“Licenciada, me la llevé de la mesa del juez. Él me lo autorizó. Trae una firma de mi hija que mi hija dice que no hizo. Quiero que quede aquí, con ustedes.”
La licenciada hojeó las dos hojas. Frunció la boca al ver la segunda. Llamó a un auxiliar. Levantaron un acta de entrega con la hora: 10:32 p.m. Me dieron copia sellada. La doblé en cuatro y la metí en mi cartera, detrás de la foto de mi esposa.
En el camino a la casa, Miriam me contó lo demás. Lo que sí se podía contar.
A las 5:20, la secretaria del juez le llevó el convenio al cuarto. Ilse ya había salido a acomodar el ramo. Miriam empezó a leer. Es contadora; lee todo lo que firma, hasta los tickets del súper. Llegó a la cláusula segunda y se quedó fría.
Patricio estaba en el cuarto, poniéndose las mancuernillas. Ella le enseñó la hoja.
“Le dije que eso no era lo que habíamos firmado en agosto. Él dijo que era un formato, que no me pusiera difícil. Le dije que no. Entonces le marcó a su mamá.”
“¿Oíste lo que hablaron?”
“Puso el altavoz porque tenía las manos ocupadas con las mancuernillas. Ella le decía ‘que firme, que firme’. Él decía ‘sí, mamá’. Luego colgó, cerró la puerta con seguro y me dijo: ‘Firmas o no sales de aquí’.”
Me agarré del volante.
“Le dije que no”, repitió Miriam. Lo dijo como quien repite lo único de lo que está segura en el mundo. “Le dije que no, papá.”
Llegamos a la casa de la colonia Atlas pasadas las once. La misma casa donde creció. Su cuarto seguía igual, con los diplomas de la UdeG en la pared y el peluche de cuando cumplió quince. Le preparé un té de canela, como hacía su mamá. No se quitó mi saco. Se durmió con él puesto, encima del vestido, en su cama de soltera.
Yo me quedé en la sala, con la luz apagada, viendo la foto de Celina sobre el trinchador.
Celina se murió en noviembre de 2015. Le prometí que a nuestra hija nadie la iba a lastimar mientras yo viviera. Esa noche, en la oscuridad, le pedí perdón.
A las 11:58 vibró el teléfono de Miriam, que había dejado cargando en la mesa del comedor.
Era un número que no tenía guardado. Yo sí lo reconocí. Lo había visto en la invitación de la boda, en la línea de “Informes”.
Doña Sagrario.
“Mañana todos van a saber quién eres en realidad.”
Continúa en la siguiente página