Capítulo 10 de 16
Lo que dice la gente
Esa semana aprendí que el qué dirán no hace ruido. Llega por goteras.
El lunes, la vecina de enfrente, doña Chuy, que me trae tamales cada 12 de diciembre, me saludó sin pararse. El martes, en la misa de siete en el templo de la colonia, dos señoras del coro se cambiaron de banca. El miércoles, el señor de la tortillería me preguntó, muy preocupado, si era cierto que Miriam “andaba mal de los nervios”.
La publicación de Patricio ya tenía cuatro mil reacciones. Alguien la había compartido en un grupo de Facebook de Zapopan, “Chismes de Ciudad Granja”, con el título “Novia escapa de su boda y el papá le arma show al novio”. En los comentarios, gente que no nos conocía opinaba de mi hija. “Seguro tenía otro.” “Pobre muchacho, gastó un dineral.” “Esas que se hacen las víctimas.”
Miriam dejó de abrir el teléfono.
El lunes le llegó por escrito lo que su jefe ya le había dicho por teléfono. Un correo de tres renglones: “Mientras se aclara tu situación legal, te pedimos que no te presentes a la oficina.” Ella había trabajado ahí tres años. Había cerrado declaraciones anuales hasta las tres de la mañana.
La licenciada Anguiano nos explicó que la falsificación se podía denunciar, pero que había que probarla. Que un peritaje de firmas tarda semanas. Que mientras tanto, la financiera podía demandar. Que una demanda de cuatro millones doscientos mil pesos, aunque al final se ganara, podía durar años y embargar cuentas mientras tanto.
“¿Años, licenciada?”
“Años, don Bernabé.”
El viernes vino la tía Mague. Trajo un pan de elote y la cara de quien viene a decir algo que ensayó en el camión.
Se sentó en la sala. Miriam se quedó en la escalera.
“Bernabé, yo te quiero. Pero esto ya está muy feo. Todo Zapopan habla. Mis comadres de la iglesia me preguntan. Doña Sagrario me habló llorando; dice que la financiera le va a quitar el salón, que ella no sabe nada de firmas, que todo fue un malentendido de los muchachos.”
“Mague, ese muchacho le…”
“Ya sé, ya sé. Pero ¿qué ganas? ¿Que la niña ande en juzgados el resto de su vida? ¿Que le quiten la casa de la abuela con una demanda? El licenciado de ellos dice que si firman un convenio, se acaba todo. La niña sigue con su vida. Tú también. Lo que pasó, pasó.”
“¿Y el qué dirán, Mague?”
Mi hermana me miró como si le hubiera preguntado algo tonto.
“Pues eso, Bernabé. Precisamente.”
Cuando se fue, Miriam bajó la escalera.
“Papá, tiene razón.”
“No, hija.”
“Sí tiene.” Se sentó a mi lado. Traía mi saco. Ya ni lo notaba. “No tengo trabajo. Tengo una demanda de un millón y medio y una de cuatro. Mi foto está en un grupo de chismes. A ti te denunciaron por ladrón por mi culpa. Y la tarjeta de la grabación ya la tiene ella.” Se le cortó la voz. “Quiero que se acabe. Quiero firmar y que se acabe.”
Le hablé a la licenciada Anguiano. No le gustó. Pero era decisión de Miriam.
Se puso la cita: lunes 20 de octubre, a las once de la mañana, en el despacho del licenciado Haro, en Providencia.
El domingo 19 en la noche me acosté temprano. No dormí. Oía a Miriam caminar en su cuarto, de un lado a otro, como cuando estudiaba para sus exámenes de la universidad.
A la una y veinte de la madrugada vi luz debajo de mi puerta.
Era el pasillo. La puerta de Miriam estaba abierta. Ella estaba sentada en el piso, con la laptop sobre las piernas, el teléfono conectado con un cable y la cara iluminada por la pantalla.
No lloraba. Tenía la misma cara que en el coche, frente a la carpeta azul. La cara fría.
“Papá, ven. Mira esto.”
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