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Mi hija tenía que caminar hacia su novio esa tarde, pero cruzó el salón corriendo hacia mí, con el rímel corrido, y se escondió detrás de mi espalda. El hombre que la esperaba para firmar llegó detrás de ella y me dijo que eso era “entre él y su esposa”. No le levanté la voz. Solo miré la carpeta azul que estaba en la mesa del juez… y entendí que esa boda nunca había sido para casarse con mi hija.

Capítulo 7 de 16

La denuncia de ellos

El miércoles 15 de octubre, a las diez de la mañana, me llegaron tres papeles en menos de una hora.

El primero, por WhatsApp, de un licenciado Norberto Haro, “abogado de la familia Lizárraga Noriega”. Una foto de una denuncia ante la Fiscalía del Estado. Denunciante: Sagrario Noriega de Lizárraga. Denunciado: Bernabé Urzúa Medina. Por robo de documentos propiedad de la Notaría 38 “sustraídos de la mesa del juez del Registro Civil el día 11 de octubre”.

El segundo, en la puerta de mi casa, en manos de un actuario. Una demanda civil de Eventos Las Arboledas contra Miriam Urzúa Galván. Reclamaban 1,380,000 pesos: el costo total de la boda, por la “cláusula penal” del contrato de las seis hojas. Si la novia cancelaba, pagaba todo.

El tercero llegó al correo de Miriam. De Crédito Ágil de Occidente. Un “requerimiento extrajudicial de pago”. Miriam Urzúa Galván, como “obligada solidaria y garante” del préstamo a Eventos Las Arboledas, debía responder por 4,200,000 pesos más intereses si la garantía no se formalizaba antes del 15 de octubre.

Ese día era 15 de octubre.

Miriam leyó el correo en la mesa del comedor. No lloró. Se puso blanca y se quedó muy quieta, que en ella es peor.

La primera denuncia se cayó sola. El acta de entrega que me dio la licenciada Orozco tenía la hora: 10:32 p.m. del 11 de octubre. Yo había entregado la carpeta a la autoridad esa misma noche. Y el juez Arreola, cuando la Fiscalía le preguntó, confirmó que él me autorizó llevármela. No me robé nada. Le entregué a la ley lo que doña Sagrario quería esconder.

Pero lo de los 4,200,000 no se caía con un acta.

El licenciado Haro pidió una reunión. Fue el viernes 17, en un café de Plaza del Sol, territorio neutral. Llegó con Patricio. Patricio no podía acercarse a Miriam, así que Miriam no fue. Fui yo con la licenciada Zulema Anguiano, la abogada que nos recomendó Ilse, una mujer de cuarenta y cinco años con una libreta de pasta dura y cero paciencia.

El licenciado Haro traía una sonrisa de vendedor de seguros.

“Esto se puede acabar hoy. La señorita retira la denuncia del Centro de Justicia. Nosotros retiramos la demanda del salón y hablamos con la financiera. Y Patricio, que está muy arrepentido, le pide perdón.”

Patricio tenía los ojos rojos. Lo miré. No por mucho tiempo.

“¿Y la casa de mi hija?”

“La casa no es tema”, dijo Haro.

“Hay un aviso preventivo con su nombre en el Registro Público, licenciado. Es tema.”

Haro dejó de sonreír un segundo. Patricio levantó la cara. Habló por primera vez. Con rencor, no con arrepentimiento.

“¿Sabe lo que me hizo su hija el 21 de agosto, don Bernabé? En el Registro Civil, delante de mi mamá, delante de la señorita que nos atendió, dijo ‘separación de bienes’ y luego ‘la casa de mi abuela no entra’. Como si yo fuera un ratero. Le di la boda más grande que nadie de su colonia iba a tener. Lo único que le pedí fue que confiara en mí.”

Ahí estaba. Su versión. Su herida. Para él, todo empezó ese día. Con mi hija defendiendo lo que era suyo.

La licenciada Anguiano cerró su libreta.

“Mi clienta no retira nada.”

Salimos. En la calle me temblaban las piernas. Le marqué a Miriam para contarle.

Contestó con voz chiquita.

“Papá, me hablaron del despacho. Me suspendieron. Doña Sagrario le habló a mi jefe. Le dijo que yo estoy denunciada por fraude.” Respiró. “Papá. ¿Y si firmo y ya?”

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