Capítulo 1 de 16
El plato
A las 11:12 de la noche del 24 de diciembre, faltaban cuarenta y ocho minutos para el brindis.
Yo los iba contando en el reloj de la estufa, allá al fondo, en la cocina blanca.
La casa de mi hijo, en la colonia Contry, estaba como para foto. Y es que era para foto. El árbol de tres metros, con foquitos dorados. Guías de pino sobre la mesa. Nochebuenas en cada esquina. Mi nuera Marcela decora esa casa para sus redes. “Casa Cobre”, se llama su página. Ciento ochenta y cuatro mil personas la siguen. Esa misma tarde había subido una foto del comedor puesto, con la luz de las velas, y abajo había escrito lo de siempre:
“Nuestra casa, nuestro esfuerzo.”
Éramos treinta, en tres mesas juntas. Desde que tiraron la pared entre la sala y el comedor, aquello parece salón de fiestas. Casi toda la familia de Marcela: sus papás, sus tíos, sus primos de San Nicolás, su hermano Iván con sus lentes de armazón delgado. De mi lado, mi hermana Delia y su esposo, dos primas de Gerardo y yo.
A mí me tocó la cabecera.
Había una tarjetita con mi nombre, “Doña Aurora”, en pluma dorada. La letra de Marcela. En seis años de Nochebuenas nunca me había sentado ahí. Pensé que, por fin, me quería tener cerca.
Al llegar me fijé en otra cosa. En la consola de la entrada, donde siempre estuvo la foto de mi Eliud con su primer tráiler, había un candelabro de vidrio con una etiqueta de una marca de velas.
No dije nada. Esa es mi falla. Nunca digo nada.
La cena la había hecho doña Tomasa, una señora que contratan para las fiestas. La vi entrar a las cuatro de la tarde con sus ollas. Pero cuando sirvieron la pierna adobada, el bacalao y los romeritos, Marcela se paró y aceptó los aplausos.
“Me desvelé dos días, pero valió la pena.”
Doña Tomasa estaba en la puerta de la cocina, secándose las manos en el mandil. No movió la cara.
Iván, desde su lugar, levantó el celular y empezó a grabar la mesa. “Para el recuerdo”, dijo. Luego le preguntó a Gerardo, en voz alta, cuánto andaba el predial por aquí. Gerardo dijo que no sabía bien. Iván sonrió como quien ya sabía la respuesta.
Marcela empezó con lo de diciembre. Lo caro que sale todo. La luz, con tanto foquito. Los regalos. La comida para tanta gente.
“El que no tiene casa propia no tiene idea de lo que cuesta mantener una así.”
Me estaba mirando.
Yo vivo en un departamento de setenta metros en Linda Vista, en Guadalupe. No contesté.
Mi nieta Emilia, siete años, vestido rojo y diadema de reno, estaba a tres lugares de mí. Se estiró por encima de su tía para jalarme la manga.
“Abuelita, ¿abrimos los regalos después del postre?”
“Cuando digan tus papás, mi amor.”
Entonces Marcela se levantó de su silla. Caminó por detrás de los primos. Llegó hasta mí. Se inclinó tanto que olí su perfume. Agarró mi plato con las dos manos. Me sonrió con todos los dientes.
“Aquí tú no pagas nada.”
Y se dio la vuelta con mi plato.
Lo único que quedó frente a mí fue el plato base, dorado, vacío.
Treinta personas se callaron al mismo tiempo. Nadie masticaba. En la bocina seguía sonando “Los peces en el río”.
Busqué a mi hijo. Estaba al otro extremo, en la otra cabecera, con su camisa azul clarito.
“¿Estás de acuerdo con ella?”
Gerardo bajó los ojos. Apretó la boca.
Esperé. Un segundo. Dos. Cinco.
“Mamá, no hagas pleito en Navidad.”
Cuarenta y un años lo conozco. Sé cuándo tiene vergüenza: se rasca la ceja. Esa noche no se rascó nada. Tenía las manos quietas sobre el mantel y la cara blanca.
No era vergüenza. Era miedo.
Saqué la servilleta de mi regazo y la dejé caer sobre el plato vacío. Así lo hacía su papá. Cuando a Eliud ya no le quedaba nada que decir en una mesa, ponía la servilleta encima del plato. No era enojo. Era un punto final.
Me levanté.
Marcela estaba recargada en la isla de la cocina, con las manos abiertas sobre el mármol. Ya no traía mi plato.
“¿Te vas porque te dijeron la verdad?”
Tomé mi bolsa del respaldo. Pasé junto al árbol. Llegué hasta la puerta de vidrio que da al jardín, donde se ven las luces de la calle.
Y ahí lo vi.
Detrás de Marcela, medio escondido por la columna, estaba Iván. Con el celular en alto, apuntándome. Grabando.
Y sonreía. No como se sonríe en una fiesta. Como sonríe un hombre que acaba de cerrar un negocio.
Me temblaron las manos sobre la bolsa. Ahí entendí que aquello no se le había ocurrido a Marcela de repente.
Aun así, le contesté a ella.
“No. Me voy porque tú me la dijiste.”
Nadie entendió. Vi treinta caras sin entender.
Menos una.
Mi hijo se había puesto del color del mantel. Y antes de darme la vuelta, alcancé a ver cómo tomaba su propia servilleta y la ponía, despacito, encima de su plato.
Salí sin despedirme. En el coche, abracé mi bolsa contra el pecho.
Adentro traía un sobre de la Notaría 117. Lo iba a abrir a las doce en punto, en el brindis, delante de todos.
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