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En plena Nochebuena, frente a treinta personas, mi nuera me quitó el plato de la mesa y me dijo: “Aquí tú no pagas nada.” Mi hijo solo me pidió que no hiciera pleito. Así que dejé la servilleta sobre el plato vacío, tomé mi bolsa y me fui sin decir una palabra… con el sobre que pensaba abrir a las doce todavía adentro.

Capítulo 9 de 16

La cocinera

Doña Tomasa Cavazos vive en la colonia Independencia, en una calle que sube y sube hacia el cerro. Conseguí su número con Marcela, que me lo mandó sin preguntar para qué.

Me abrió el 8 de enero con el mandil puesto. Olía a frijoles.

“Usted es la señora del plato”, me dijo antes de que yo dijera nada.

“Sí, señora.”

“Pásele. Le tengo algo.”

Su cocina era chiquita, con un altar a la Virgen arriba del refrigerador y una veladora prendida. Me sentó en una silla de plástico. Abrió el congelador y sacó un paquete envuelto en papel aluminio.

“Su cena. La pierna, el bacalao, los romeritos. La señora me la dio en la isla y me dijo ‘tírala’. Yo no tiro comida. La envolví por si usted regresaba. No regresó, y me la traje.”

Me lo puso en las manos. Estaba durísimo, helado.

No sé por qué, pero eso fue lo que me hizo llorar. No el plato. No los treinta. Ese paquetito de aluminio con mi nombre escrito en plumón: “Señora cabecera”.

Doña Tomasa me sirvió un café de olla y esperó.

“Doña Tomasa, ¿usted oyó algo esa noche? ¿Antes de la cena?”

Se secó las manos en el mandil.

“Mire, señora. Yo trabajo de esto. Uno ve y oye y se calla, porque si no, no la vuelven a llamar. Pero esa noche no me gustó lo que oí.”

“Dígame.”

“Como a las once menos diez yo estaba sirviendo los romeritos. Entró el muchacho de lentes, el hermano. Habló con la señora junto al refrigerador. Creyeron que yo no oía porque estaba con la licuadora, pero la apagué.”

“¿Qué dijo?”

Doña Tomasa cerró los ojos para acordarse bien.

“Dijo: ‘Siéntala en la cabecera, que todos la vean. Y cuando sirvan, se lo dices. Delante de todos.’ La señora dijo que no sabía si se iba a atrever. Y él le dijo: ‘Si se va enojada, vende. Hazme caso. Si se va enojada, vende.'”

Me quedé quieta.

“Lo dijo dos veces”, siguió ella. “Por eso me acuerdo. ‘Vende’. Yo no supe qué quería decir. Pensé que era cosa de negocios.”

“¿Y luego?”

“Luego la señora le quitó el plato. Y usted se fue. Y ya.” Me miró. “Y su hijo, cuando usted salió, puso la servilleta sobre su plato. No volvió a comer. Ni el postre. Ni el ponche. Ahí se quedó, sentado, como piedra. Yo recogí la mesa a la una y su plato seguía tapado.”

“¿Usted podría contarle eso a alguien más? ¿A una licenciada, a un Ministerio Público si hiciera falta?”

Doña Tomasa se tardó en contestar. Miró a la Virgen arriba del refrigerador.

“Mi mamá trabajó cuarenta años en casas. Le quitaron el plato muchas veces.” Asintió. “Sí, señora. Lo cuento.”

Me apuntó su teléfono en un papel. Me enseñó el comprobante de la transferencia que Marcela le hizo el 26: tres mil quinientos pesos, “cena 24 dic”. Le tomé foto.

Me levanté para irme con mi paquetito de aluminio en las manos. En la puerta, doña Tomasa me tomó del brazo.

“Hay otra cosa, señora. No sé si importa.”

“Todo importa.”

“Ya tarde, como a las doce, el de lentes salió al pasillo con su hijo. Estaban junto al baño de visitas. Yo iba con las charolas. Su hijo estaba muy mal, le temblaban las manos. Y el muchacho de lentes le puso la mano en el hombro y le dijo…”

Se quedó pensando.

“Le dijo: ‘Acuérdate de lo que firmaste.'”

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