Capítulo 5 de 16
La versión de Marcela
El 27 a mediodía tocaron el timbre. Por la mirilla vi la diadema de reno.
Marcela venía detrás de Emilia, con lentes oscuros, sin maquillaje. Nunca la había visto sin maquillaje. Parecía más joven. Parecía de la edad que tenía cuando la conocí.
“¿Podemos pasar?”
Emilia corrió directo al rincón donde guardo una caja de crayolas para ella. Marcela se quedó de pie junto a la puerta, viendo mis diecisiete cajas de archivo apiladas contra la pared.
“No sabía”, dijo. “Te lo juro, Aurora. No sabía que era tuya.”
“Siéntate.”
No se sentó. Se quitó los lentes. Tenía los ojos hinchados.
“Pero no voy a decir que fue todo culpa de Gerardo. También fue mía.” Respiró hondo. “Yo estaba enojada contigo desde abril.”
“¿Desde abril?”
“Por lo del Mundial.”
Y me lo contó, como quien por fin suelta algo que ha cargado en la bolsa demasiado tiempo.
En febrero, una agencia le ofreció rentar la casa completa durante el Mundial. Del 8 de junio al 12 de julio. Para el equipo de una marca patrocinadora. Cuatrocientos ochenta mil pesos. Marcela firmó y recibió un anticipo de ciento veinte mil. Ya había reservado un departamento en Valle Oriente para ellos tres. Ya tenía planeadas las fotos: “Casa Cobre recibe al mundo”.
“La agencia pidió la firma del dueño. Gerardo me dijo que tú habías sido aval del crédito y que sin tu firma no se podía. Te habló. Dijiste que no.”
Me acordaba. Gerardo me habló en marzo, nervioso, y me preguntó si podía rentar la casa “unas semanas”. Le dije que no. El contrato no lo permitía, y además yo no iba a meter extraños en la casa de mi nieta. Él colgó sin discutir.
El 28 de abril la agencia canceló. Marcela tuvo que regresar los ciento veinte mil más sesenta mil de penalización. La marca dejó de trabajar con ella.
“Seis años puse mi trabajo, mi nombre y mis redes en esa casa”, me dijo, y la voz se le quebró. “En abril perdí ciento ochenta mil pesos porque tu mamá dijo que no, sin dar la cara. Eso pensé. ¿Y en Navidad la sienta uno en la cabecera, como dueña?”
Ahí entendí la tarjetita.
“¿Por qué me sentaste en la cabecera, Marcela?”
Dudó.
“Fue idea de Iván. Dijo que así todos iban a ver quién eras.”
“¿Y lo del plato?”
“Eso fue mío.” Se le subió el color. “No te voy a mentir. Iván me dijo que te pusiera en tu lugar. Pero lo del plato se me ocurrió a mí. Quería que sintieras lo que yo sentí en abril.”
No me pidió perdón. No exactamente. Dijo “lo siento mucho” mirando a las cajas.
“Mi hermano revisó los papeles de la casa”, siguió. “En febrero, cuando lo de la agencia. Le di la carpeta de Gerardo para que viera si de verdad tú podías detenernos. Me dijo que no te preocupes, que eras aval y nada más. Que mientras vivieras ibas a querer mandar.”
“¿Tu hermano leyó la carpeta de Gerardo?”
“Es abogado, Aurora.”
Me quedé callada.
Esa carpeta tenía una copia de la escritura con mi nombre en la primera hoja. Y el comodato. Cualquier persona que sepa leer lo entiende en un minuto. Un abogado, en diez segundos.
Marcela se sentó al fin. En la orilla del sillón.
“Arréglalo con el notario”, me pidió. “Por Emilia. Te lo pido por Emilia. Yo me disculpo con quien tú quieras.”
En el rincón, Emilia coloreaba un edificio. Muy alto. Con muchas ventanitas.
“¿Qué dibujas, mi amor?”
“Mi casa nueva.”
“¿Cuál casa nueva?”
“La del piso veinte. Mi tío Iván me la enseñó en su tablet. Dice que voy a tener un cuarto nuevo allá arriba, con vista a las montañas.” Siguió coloreando. Luego levantó la carita, muy seria. “Y tú te vas a ir lejos, abuelita. Eso dijo.”
Marcela se puso pálida.
“Mija, ¿cuándo te dijo eso tu tío?”
“En la cena. Cuando estabas en la cocina.”
Marcela me miró. Yo la miré a ella.
Por primera vez en seis años estábamos pensando lo mismo.
Su hermano había visto mis papeles en febrero. Y le había mentido a su propia hermana sobre lo que leyó.
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