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En plena Nochebuena, frente a treinta personas, mi nuera me quitó el plato de la mesa y me dijo: “Aquí tú no pagas nada.” Mi hijo solo me pidió que no hiciera pleito. Así que dejé la servilleta sobre el plato vacío, tomé mi bolsa y me fui sin decir una palabra… con el sobre que pensaba abrir a las doce todavía adentro.

Capítulo 16 de 16

Dos de febrero

El 29 de enero, a las seis de la tarde, Gerardo me entregó las llaves de la casa de Contry.

No le alargué el plazo. Él no me lo pidió.

Marcela se fue con Emilia a casa de sus papás, en San Nicolás. Gerardo rentó un departamento de dos recámaras en Guadalupe, a diez minutos del mío. Me dijo que iban a tomarse un tiempo. Que a lo mejor se arreglaban, a lo mejor no. Que Emilia iba a estar una semana con cada uno.

Marcela borró de su página todas las fotos de la casa. Seis años de fotos. “Casa Cobre” se quedó con tres publicaciones viejas de unas cortinas. Empezó a trabajar en la ferretería de su papá, en el mostrador. Me lo contó Emilia, muy orgullosa: “Mi mamá ya sabe cuánto cuesta un tornillo.”

Gerardo vendió dos de sus tractocamiones. Con eso le regresó a Lomas del Roble los novecientos mil pesos, con un recibo ante notario. “No le quiero deber nada a nadie, amá. Ni a él.” Volvió a manejar él mismo, la ruta a Nuevo Laredo, los martes y jueves, como su papá.

A Iván lo citaron a declarar en febrero. Altamira lo sacó de sus pláticas. Cerró su despacho en Valle Oriente. Supe después, por la licenciada Leos, que el Ministerio Público pidió audiencia ante un juez de control. A finales de febrero, ese juez lo vinculó a proceso. Lo que siga lo decidirá él, no yo. Yo ya no pregunto todas las semanas. Ya dije lo que tenía que decir.

La página de “Monterrey Sin Filtro” bajó el video el 30 de enero, después de una carta de la licenciada Leos. Nadie pidió perdón. La gente que se dio la vuelta en el atrio, unas me volvieron a saludar y otras no. Así es la gente.

Y yo.

Yo no vendí la casa.

La renté. A una familia de un doctor del Hospital Universitario, con tres niños chiquitos, con un contrato firmado ante el licenciado Villagómez. Y le pedí que con la renta abriera una cuenta para la universidad de Emilia, a nombre de ella, que nadie pueda tocar hasta que cumpla dieciocho.

Vendí mi departamento de Linda Vista. Me fui a Santiago. Con ese dinero compré una casita de un piso a tres calles del río, a diez minutos de donde estaba La Huerta. Los nuevos dueños dejaron veinte de los ochenta nogales de Eliud. Los veo cuando camino a misa.

El padre de la parroquia de Santiago me pidió que diera un taller a las señoras, los miércoles. Le puse “Los papeles de tu casa”. Les enseño qué es un folio, qué es una escritura, qué no se firma nunca sin leer dos veces. Van catorce señoras. Una de ellas descubrió que su casa seguía a nombre de su suegro, que se murió en 1998.

El 2 de febrero, Día de la Candelaria, Emilia llegó a las nueve de la mañana a Santiago. Le tocaban los tamales. Gerardo la trajo.

Hicimos sesenta. De rajas con queso, de pollo en salsa verde y de dulce, con pasas, como los hacía mi mamá. Emilia untaba la masa en las hojas con la lengua de fuera, muy concentrada. Gerardo cortaba el queso en tiritas. Nadie habló de la casa.

A las dos pusimos la mesa. Mi mesa es chiquita, de madera, para cuatro. No tiene cabecera.

Serví primero a Emilia. Luego a Gerardo.

Él se quedó viendo su plato. Lleno. Tres tamales y frijoles.

“Gracias, amá.”

Comimos. Emilia nos contó que en su escuela iban a hacer un concurso de dibujo. Que ella iba a dibujar la casa de la abuela en Santiago, con los nogales. “Una casa bajita”, dijo. “De un piso. Me gustan más.”

Cuando terminó, Gerardo tomó su servilleta.

Lo vi dudar un segundo. La levantó sobre el plato, como su papá.

No la dejó caer encima.

La dobló en dos, despacito, y la puso al lado. Junto al plato. Donde se ponen las servilletas cuando todavía queda sobremesa.

Me miró.

“En esta mesa todavía hay mucho que hablar, ¿verdad, amá?”

Le serví café de olla.

“Mucho, mijo. Empieza tú.”