Capítulo 6 de 16
Aviso
El lunes 28 de diciembre a las diez de la mañana estaba sentada frente al licenciado Rómulo Villagómez. A la hora exacta de la cita.
Él tiene setenta años y la misma oficina en la calle Padre Mier desde que yo era archivista. Me recibió con el proyecto de donación en la mano.
“Doña Aurora. ¿Firmamos?”
“No, licenciado. Vengo a hacer lo contrario.”
Le conté de la cena. Me escuchó con los dedos entrelazados. Cuando terminé, se quitó los lentes.
“Ya sabe que no tiene que darme explicaciones.”
“Sí tengo. Usted conoció a mi Eliud.”
Le pedí dos cosas.
La primera, una copia certificada de la escritura y del comodato. Con su constancia de que las firmas se habían ratificado ante él el 15 de diciembre de 2020.
“Usted siempre tan archivista”, sonrió. “Ese día me insistió tanto con la ratificación que mi pasante pensó que usted era abogada.”
La segunda, una notificación notarial. Que un notario le hiciera saber a Gerardo Leal Villarreal, en el domicilio de la casa, que la propietaria daba por terminado el comodato. Que tenía treinta días naturales para entregar el inmueble.
El licenciado me miró un rato.
“¿Está segura?”
“No. Pero ya no quiero vivir pagando la mentira de nadie.”
Me pasó la pluma. Firmé la solicitud con la misma mano con la que, seis años antes, había firmado la compra. Ese día la mano no me tembló. Este sí. El licenciado esperó sin decir nada, como esperan los notarios viejos, que han visto firmar a viudas, a hijos, a hermanos que ya no se hablan.
“Doña Aurora”, me dijo al final. “Un comodato no es un castigo. Es un préstamo que se devuelve. Nada más.”
La notificación se entregó el miércoles 30 a las doce del día. El plazo vencía el 29 de enero.
No toqué nada más. No cancelé la colegiatura de Emilia. Ella no le quitó el plato a nadie.
Esa semana fue la más larga de mi vida. Gerardo me mandó un mensaje: “Está bien, amá. Entiendo.” Nada más. Marcela no escribió. Iván, que en seis años jamás me había mandado ni una felicitación de cumpleaños, me mandó una imagen de la Virgen de Guadalupe el 1 de enero: “Feliz año, doña Aurora. Que este año traiga paz a la familia.”
Delia vino a comer el 31. Trajo buñuelos. Ella estuvo en la cena de Nochebuena, a cuatro lugares de mí, y no abrió la boca. Ahora sí tenía mucho que decir.
“Mira nada más en qué te metiste, hermana. Qué van a decir. Que corriste a tu hijo y a tu nieta a media Navidad.”
“No corrí a nadie. Les estoy pidiendo que me devuelvan lo que les presté.”
“Pues así se va a oír.”
El sábado 2 de enero, a las once, el portero del edificio me subió un sobre.
El mismo papel grueso. El mismo logotipo verde.
Grupo Inmobiliario Lomas del Roble.
“Estimada señora Villarreal: Reiteramos nuestro interés en su propiedad de la colonia Contry y le hacemos una oferta final de 15,800,000 pesos, con pago en un plazo de quince días. Entendemos que atraviesa usted un momento familiar difícil y queremos facilitarle las cosas.”
Firmaba otra vez Darío Alanís.
Lo leí tres veces.
“Un momento familiar difícil.”
La notificación del notario tenía tres días. Mi hermana lo sabía. Mi hijo lo sabía. Marcela lo sabía. Y la gente con la que ellos hubieran hablado.
Pero la cena de Nochebuena, eso lo sabían treinta personas.
Treinta personas en una mesa larga. Y una de ellas, con lentes, me había grabado desde detrás de una columna.
Guardé la carta en la caja de 2027. Una caja nueva. Le escribí el año en el lomo con plumón negro.
Era la primera hoja.
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