Capítulo 7 de 16
Rosca de Reyes
El 6 de enero me habló Emilia, desde el teléfono de su mamá.
“Abuelita, vamos a partir la rosca en casa de mis abuelos. ¿Vienes? Porfa. Si no vas, no la parto.”
No quería ir. Fui por ella.
La casa de los Guajardo está en San Nicolás, atrás de la ferretería de don Eustaquio. Había unos veinte. Muchas de las mismas caras de la Nochebuena. Cuando entré, se hizo ese silencio corto que hace la gente que estaba hablando de una.
Doña Mirna, la mamá de Marcela, me dio un abrazo flojito. Don Eustaquio me saludó con la cabeza desde su sillón. Gerardo estaba en el patio, con un vaso de refresco que no se tomaba.
La rosca estaba en la mesa del comedor. Grande, con ate y azúcar. Marcela me trajo un chocolate caliente. Me lo dio con las dos manos.
Iván estaba recargado en la vitrina de la vajilla. Saludó con dos dedos.
Antes de partir la rosca, Marcela tocó una cuchara contra una taza.
“Quiero decir algo.”
Todos voltearon.
“Aurora, quiero pedirte perdón delante de todos. Lo que hice en Nochebuena no estuvo bien. Me dejé llevar.” Hizo una pausa. “Y quiero pedirte, por Emilia, que volvamos a poner la cita con el notario. Que esto se arregle en familia.”
Algunas tías aplaudieron bajito.
Yo miré a Marcela. Ella no me miraba a mí. Miraba de reojo a la vitrina.
Hace una semana, en mi departamento, Marcela me había dicho “lo siento mucho” mirando a mis cajas. Lo había dicho torpe, de verdad. Esto de ahora estaba bien dicho, con pausa y todo.
Alguien se lo había escrito.
“Te agradezco la disculpa, Marcela”, le dije. “La acepto. Pero la cita ya no existe.”
El silencio volvió.
Iván se despegó de la vitrina. Se acercó con una sonrisa, con un plato con un pedazo de rosca para mí.
“Doña Aurora, no sea así. Mire, a su edad los pleitos cansan. Lo que usted quiera, lo arreglamos. Yo mismo le ayudo con el papeleo.”
“Gracias, licenciado. Ya tengo notario.”
“Pues piénselo.”
Se me hizo conocido el tono. Lo había oído antes.
Fue el 9 de junio de 2019. El cumpleaños treinta y cuatro de Gerardo, en el jardín de una casa que entonces rentaban. Iván me apartó junto al asador. Sabía que yo tenía La Huerta, que la iban a valuar. Me ofreció entrar a su negocio: una preventa de departamentos en Cumbres. “Usted pone el capital, yo le doy el doble en dos años.” Yo había visto pasar por el Registro mil preventas que nunca se construyeron. Le contesté, delante de su papá, que estaba a dos metros:
“Yo no le presto a quien vende lo que todavía no existe.”
En 2021 la preventa se cayó. Don Eustaquio tuvo que pagar un millón cien mil pesos de las deudas de su hijo. Me lo contó Marcela, años después, como chisme. Que desde entonces su papá no le confiaba a Iván ni las llaves de la ferretería.
Emilia gritó. Había mordido un pedazo de rosca y tenía en la mano un muñequito de plástico blanco.
“¡Me salió el Niño Dios!”
“Te tocan los tamales el dos de febrero”, le dijo su abuela, riéndose.
“¿Tú me ayudas, abuelita? ¿A hacerlos?”
“Claro que sí, mi amor.”
Agarré mi bolsa. Me despedí de doña Mirna. Iba hacia la puerta cuando Iván se me emparejó. Abrió la puerta para dejarme pasar, muy caballeroso. Se inclinó hacia mí. Olía a loción cara.
Me habló bajito, para que nadie más oyera.
“Pregúntele a su hijo qué firmó en octubre.”
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