HomeHistoriasEn plena Nochebuena, frente a treinta personas, mi nuera me quitó el...

En plena Nochebuena, frente a treinta personas, mi nuera me quitó el plato de la mesa y me dijo: “Aquí tú no pagas nada.” Mi hijo solo me pidió que no hiciera pleito. Así que dejé la servilleta sobre el plato vacío, tomé mi bolsa y me fui sin decir una palabra… con el sobre que pensaba abrir a las doce todavía adentro.

Capítulo 8 de 16

El folio

El 7 de enero, a las ocho y media de la mañana, estaba formada en la ventanilla del Instituto Registral y Catastral, en el centro de Monterrey. Donde trabajé treinta y un años, aunque ahora tiene otro nombre y computadoras en lugar de libros.

La que me atendió fue Cele. Celerina Montemayor. Entramos casi juntas, en 1988. Ella sigue ahí, en la mesa de atención.

“¡Aurora! ¿Qué haces formada? Te hubieras metido por atrás.”

“Vengo como cualquiera, Cele. Como dueña.”

Le expliqué lo que quería. Como propietaria, tenía derecho a saber qué trámites se habían hecho sobre mi folio. Quién había pedido certificados. Cuándo. Para qué.

Cele me hizo llenar la solicitud. Pagué los derechos en la caja. Ella se fue al fondo con mi número de folio.

Tardó una hora y diez minutos. Volvió con dos hojas.

“Mira.”

El 18 de noviembre de 2026, alguien había pedido un certificado de libertad de gravamen de mi casa. Es el papel que se pide antes de comprar algo. Para saber que no tiene hipotecas ni embargos. Que está limpio para venderse.

Solicitante: Grupo Inmobiliario Lomas del Roble, S.A. de C.V. Por conducto de su apoderado, Darío Alanís Quintero.

“Ahora pídeme otra cosa”, le dije a Cele. “El acta constitutiva de esa empresa. Del Registro de Comercio.”

Cele sonrió. Era la sonrisa de cuando éramos jóvenes y encontrábamos un expediente perdido.

“¿Te acuerdas de lo que decía don Ramón?”, me preguntó mientras llenaba la otra solicitud. “Que en este edificio nadie miente, porque los papeles no se callan.”

“Nomás hay que saber preguntarles”, le contesté. Era la segunda parte del dicho.

Esa me la entregaron en la tarde. La leí sentada en una banca de la Macroplaza, con el sol en la espalda.

Grupo Inmobiliario Lomas del Roble. Constituida en marzo de 2026. Socios: Darío Alanís Quintero, cincuenta por ciento. Iván Guajardo Pámanes, cincuenta por ciento.

Iván.

Las tres cartas eran de Iván. La que llegó en agosto, cuando ya llevaba seis meses sabiendo de quién era la casa. La de octubre. La de “un momento familiar difícil”.

Me quedé ahí sentada mucho rato. Pasaban señoras con bolsas del mercado. Un muchacho vendía elotes.

Esa noche, en internet, busqué el nombre de la empresa. No encontré nada. Busqué “Contry torre”. Encontré un anuncio. Una constructora, Altamira Desarrollos, anunciaba la preventa de la Torre Altamira Contry. Veintidós pisos. Departamentos con vista a la Sierra Madre. “Próximamente”.

Había un render. Una torre de vidrio, alta, con muchas ventanitas.

Igual que el dibujo de Emilia.

El terreno de la torre ocupaba tres lotes. Lo reconocí por el árbol de la banqueta, un encino que está ahí desde antes de la colonia. Dos lotes eran de mis vecinos de la izquierda. El tercero era el mío.

Ahí estaba el piso veinte. Ahí estaba el “te vas a ir lejos, abuelita”.

Iván no quería sentarme en la cabecera para humillarme por gusto. Quería que me doliera tanto que vendiera. A Lomas del Roble. Al precio que él pusiera. Y él se la revendía a la constructora por el doble.

Para eso me grabó. Para eso sonreía.

Pero me faltaba una cosa. La frase que me dijo en la puerta, con su loción cara.

Le marqué a Gerardo a las diez de la noche. Contestó al primer timbrazo.

“¿Amá? ¿Estás bien?”

“Gerardo. ¿Qué firmaste en octubre?”

Silencio. Oí la televisión al fondo. Oí a Emilia preguntar algo.

Luego mi hijo me colgó.

Continúa en la siguiente página