Capítulo 12 de 16
El video completo
“Subió la cara de mi hija.”
Fue lo primero que me dijo. No “buenas noches”. No “perdón por la hora”.
“Subió a mi hija a una página de chismes. Con su diadema. Con su nombre en los comentarios. Mi hija, Aurora.”
Le abrí. Entró y vio las cajas regadas por el piso. No preguntó.
“¿Cómo sabes que fue él?”
“Porque ese video nada más lo tiene él. Y yo.” Levantó el celular. “Me lo mandó por AirDrop esa misma noche, a las 11:40. ‘Para tus historias’, me dijo. Yo no lo subí. Ni lo vi completo. Me daba vergüenza.” Se le cortó la voz. “Esta noche lo vi completo.”
Nos sentamos en la mesa del comedor. Ella le dio play.
Siete minutos y doce segundos. Desde la columna. Desde donde estaba Iván.
Se veía la mesa. Se veía a Marcela levantarse. Se veía el plato. Se oía “aquí tú no pagas nada”. Mi pregunta. La respuesta de Gerardo. La servilleta.
Y luego, cuando yo caminaba hacia la puerta, se oía otra voz. Muy cerca del micrófono. Un susurro.
“Ya, ya. Que se vaya.” Y luego, más bajito todavía: “Y que venda.”
Marcela detuvo el video.
“Esa es la voz de mi hermano.”
Se quedó viendo la pantalla congelada. Me contó que en febrero, cuando le dio la carpeta de Gerardo, Iván se tardó dos días en devolvérsela. Que se la regresó con las hojas en otro orden. Que ella ni lo notó, porque nunca había abierto esa carpeta. “Nunca me interesaron los papeles, Aurora. Me interesaban las cortinas.”
Luego me pasó su teléfono con otra pantalla abierta. Un chat. “Iván 🦁”.
23 de diciembre, 9:14 de la noche.
“Mañana ponla en su lugar. Que todos vean quién manda en esa casa. Si se ofende y se va, mejor para todos. Confía en mí, hermanita.”
Marcela se tapó la cara con las manos.
“Yo pensé que me estaba defendiendo. Toda mi vida mi papá lo ha visto como el inútil y a mí como la que nomás sabe poner flores. Por primera vez Iván estaba de mi lado. Me dijo que tú me ninguneabas. Que me veías como la que se casó con tu hijo por la casa. Y yo…” Levantó la cara. “Yo te odié, Aurora. Te odié meses. Y era más fácil odiarte a ti que pensar que mi marido me mentía.”
No le dije nada. Le serví un vaso de agua. Se lo tomó entero.
Cuando habló otra vez, ya no tenía nada de la mujer del plato. Era nada más una mamá de treinta y cinco años, cansada, a medianoche, en el departamento de su suegra.
“Te voy a dar todo esto”, dijo. “El video, el chat, lo que quieras. Que lo vea un juez. Que lo vea quien sea.”
“¿Por qué, Marcela?”
“Porque usó a mi hija.” Le tembló la barbilla. “Puede usarme a mí, ya lo hizo. Pero a mi hija no.”
Me mandó los archivos. Los guardé en tres lugares, como hacía en el archivo: el teléfono, la computadora y una memoria que metí en la caja de 2027.
Ya se iba. En la puerta, se dio vuelta.
“Aurora. Iván dice que Gerardo lo engañó. Que le vendió la casa sin ser suya. Que por eso lo denunció.”
“Eso dice la denuncia.”
“¿Pero cuál venta?” Me miró con los ojos muy abiertos. Y supe, antes de que lo dijera, que no estaba fingiendo. “¿Cuál promesa? ¿Qué firmó Gerardo?”
Ella tampoco lo sabía.
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