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Diez minutos antes de casarme, mi hija de cinco años me dio una nota escrita por mi novia: “Después de que tu papá diga ‘acepto’, te vas a ir lejos. Él ya aceptó.” Yo nunca acepté nada. Le enseñé la nota frente al altar y ella solo sonrió… hasta que un hombre con una carpeta gris entró a la capilla.

Capítulo 1 de 16

La nota en el puño

El sábado 10 de octubre iba a casarme por segunda vez.

La capilla de la Ex Hacienda Los Sabinos, en San Agustín Etla, es blanca por dentro, con vigas de madera oscura y una cruz sencilla sobre el altar. Constanza la escogió porque “sale preciosa en las fotos”. En la ceremonia religiosa solo cabían cuarenta personas, la familia cercana. Los otros trescientos invitados nos esperaban a las cuatro en el jardín, con el juez del Registro Civil, el mariachi y la barbacoa que yo ya había pagado.

A las doce y veinte el fotógrafo quiso fotos de los novios frente al altar, antes de que llegara el padre. Constanza posaba con su ramo de rosas blancas como si hubiera nacido para eso. Yo salí un momento por la puerta lateral a buscar a mi hermano Rafa, que traía los anillos.

Faltaban diez minutos para la ceremonia cuando sentí una manita jalándome el saco.

Era Luna. Mi hija. Cinco años.

Traía el vestido rosa y la coronita de flores blancas que ella misma escogió, porque su mamá llevaba una igual el día que nos casamos en Teotitlán. Constanza quería que se vistiera de blanco, “como novia chiquita”. Luna dijo que no. Fue de las pocas veces que la vi decir que no a algo.

Tenía la carita empapada.

“¿Y Jacinta, mi amor? ¿No estabas con ella?”

No me contestó. Me puso en la mano un papel doblado en cuatro, todo arrugado de tanto apretarlo.

Reconocí la letra al instante. Las “t” largas, los puntos de las “i” como circulitos. Era de Constanza.

“Luna: después de que tu papá diga ‘acepto’, te vas a ir a una escuela lejos, con las madrecitas. Tu papá ya aceptó. No le digas nada para que no se ponga triste.”

Lo leí dos veces. Luego hice lo que hago con cualquier papel que me importa desde hace nueve años: le tomé una foto con el celular. Ni lo pensé. Las manos lo hicieron solas.

Yo no había aceptado nada.

Nadie me había preguntado nada.

La cargué. Luna escondió la cara en mi hombro y me dijo bajito: “¿Ya no me quieres, papi?”

Sentí que algo se me rompía detrás de las costillas.

“Eres lo que más quiero en este mundo.”

“Entonces, ¿por qué aceptaste?”

No supe qué contestarle. Caminé hasta el altar con ella en brazos. Los invitados ya estaban sentados y se quedaron callados al vernos entrar así, ella llorando, yo con el papel en la mano.

Constanza se volteó con la sonrisa de las fotos todavía puesta.

Levanté el papel frente a ella.

“Le dijiste a mi hija que yo acepté mandarla lejos.”

Ni siquiera sonó a reclamo. Sonó a pregunta. Una parte de mí todavía esperaba que me dijera que era un malentendido, una broma tonta, cualquier cosa.

Ella miró la nota.

Y sonrió.

Como si le estuviera enseñando una foto bonita.

Luego cerró los ojos y suspiró, cansada, como se le suspira a un niño necio.

“Dásela a la niñera. Nos esperan.”

Así nomás. Sin una sola explicación.

Luna empezó a llorar con el puñito pegado a la boca, para que nadie la oyera. Así llora desde que murió su mamá. Calladita. Para no molestar.

En la primera banca, mi hermano Rafa se levantó a medias. Junto a él, Paulina, la prima de Constanza y su dama de honor, bajó la mirada al piso, como si ya supiera lo que estaba pasando y le diera vergüenza haberlo sabido.

Entonces se abrió la puerta de la capilla.

Los de la primera banca voltearon. El papá de Constanza, don Leopoldo Iriarte, fue el primero, con su traje café y su pelo blanco bien peinado. Volteó rápido. Como si estuviera esperando a alguien.

En la entrada había un señor de traje azul marino y lentes, con una carpeta gris abrazada contra el pecho. Yo nunca lo había visto.

Miró a Luna. Luego a mí.

“Me dijeron que su traslado ya estaba firmado.”

¿Traslado?

¿Firmado por quién?

Sentí que el piso se movía. Luna se me apretó al cuello.

El señor caminó por el pasillo. Sus zapatos sonaban en el piso de la capilla. Uno. Dos. Tres. Nadie respiraba.

Llegó hasta nosotros y extendió la carpeta.

Constanza ya no sonreía. Se le fue el color de la cara, tan rápido que el velo se veía más blanco que ella.

Y antes de que yo pudiera tocarla, se la arrebató de las manos al señor.

La carpeta se abrió en el jalón.

Alcancé a ver la primera hoja. Arriba, un escudo con una santa y unas letras azules: Colegio Internado Santa Clara. Abajo, junto a la palabra “Tutora”, había una firma que conozco desde que tengo memoria. La he visto en mis boletas de primaria y en cada tarjeta de cumpleaños.

No era la mía.

Y no era la de Constanza.

Era la firma de mi madre.

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