Capítulo 4 de 16
La novia que siempre sonreía
Conocí a Constanza Iriarte el 25 de julio de 2025, en la Feria Internacional del Mezcal, en el centro de Oaxaca. Yo atendía el puesto de la cooperativa. Ella se tropezó junto al mostrador y me tiró encima una copa entera de tobalá.
Se rió tan bonito que no me pude enojar.
Trabajaba en relaciones públicas de un hotel boutique en la calle de Alcalá. Hablaba de vinos, de viajes, de restaurantes en la Ciudad de México. Era la primera persona en año y medio que me hacía reír sin que me sintiera culpable de reírme.
Con Luna fue un encanto desde el principio. Le llevaba moños, le hacía trencitas, se tomaba fotos con ella para Instagram. “#MamáDelCorazón”, ponía abajo. Sus amigas le dejaban corazones.
Solo una vez vi algo que no me cuadró. Estábamos en la casa de Teotitlán, en noviembre. Luna se le acercó con las manos llenas de masa de las tlayudas, y Constanza dio un paso atrás, sin sonrisa.
“No me toques el vestido.”
Lo dijo seco. Luego me vio en la puerta, y la sonrisa volvió como si nada.
Luego fue el telar. El telarcito de cintura de Citlali, el primero en el que aprendió de niña, estaba colgado en la pared del cuarto de Luna. Un día de enero ya no estaba. Lo encontré en la bodega, envuelto en una bolsa negra.
“Para que el cuarto se vea más ordenado”, me dijo Constanza. “Una niña necesita espacio para crecer, no un altar.”
No discutí. Lo regresé a la pared y no dije nada. Ya les conté mi defecto.
Y estaba el terreno. Tres veces me preguntó por El Pozo en dos meses. “¿Y ese terreno del pozo, qué vas a hacer con él?” “¿No te da miedo que se lo coma el predial?” “Dicen que por allá están pagando muy bien.” Yo le contestaba lo mismo: es de Luna, y es para Luna.
El 14 de febrero de 2026 fue la pedida, en la casa de su papá, en la colonia Reforma. Casa grande, de las antiguas, con portón de madera. Al entrar vi pegado en el portón un papel medio arrancado, con un escudo que conozco de la cooperativa: Servicio de Administración Tributaria. Sello de embargo.
Don Leopoldo lo vio que lo veía.
“Cosas de un pleito viejo con el contador”, me dijo, y me pasó un brazo por los hombros. Esa noche les contó a todos los invitados que él estaba pagando “toda la boda”. Pagó la cena de la pedida. Lo demás lo pagué yo.
El 2 de agosto fuimos a probar el menú del banquete. Entre el mole negro y el tasajo le dije a Constanza lo que había decidido: después de casarnos viviríamos en Teotitlán, con Luna y doña Eulalia. Y El Pozo no se vendía nunca.
Su sonrisa se quedó quieta un segundo. Un solo segundo. Luego dijo: “Lo que tú quieras, amor.”
Después vino la idea de la luna de miel. Quince días en Bacalar, del 11 al 24 de octubre. “Desintoxicación digital. Los celulares en la caja fuerte del hotel. Solo tú y yo.” Me pareció romántico.
Ahora, en la sacristía de la capilla, mientras los invitados murmuraban afuera, Constanza le explicaba a mi tía y a dos primas lo que había pasado.
“La niña está confundida. Leyó mal la nota, es chiquita. Y Damián ya lo sabía, lo platicamos en agosto, nomás que se pone así cuando está nervioso.”
Mi tía me miró con lástima. A mí. Como si el confundido fuera yo.
Iba a contestar cuando sentí que alguien me tocaba el brazo. Era Jacinta, la niñera. Tenía los ojos hinchados y la voz rota.
“Señor”, me dijo. “A mí me pagaron para algo más que cuidar a la niña.”
Continúa en la siguiente página