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Diez minutos antes de casarme, mi hija de cinco años me dio una nota escrita por mi novia: “Después de que tu papá diga ‘acepto’, te vas a ir lejos. Él ya aceptó.” Yo nunca acepté nada. Le enseñé la nota frente al altar y ella solo sonrió… hasta que un hombre con una carpeta gris entró a la capilla.

Capítulo 12 de 16

Nueve millones seiscientos

Sabina me contestó a las seis y diez de la mañana del domingo. Un solo renglón.

“Con esto, la revocación está notificada y ella lo sabía. Vamos a ganar lo del poder.”

Pero la venta no era lo único. Seguía la demanda de custodia, seguía el DIF, seguía el video. Y me seguía picando una pregunta: ¿por qué tanto esfuerzo por un terreno que, según los papeles, valía un millón cien mil pesos?

El lunes 19, Rafa llegó a la casa de Teotitlán con una bolsa de pan y una cara rara.

“No me preguntes cómo”, dijo. “Bueno, sí pregúntame. ¿Te acuerdas del ingeniero Lauro Méndez?”

Claro que me acordaba. El jefe de compras de Gran Valle en Oaxaca. Llevo seis años vendiéndole agave. Un tipo serio, de Jalisco, que lleva a sus hijas a misa los domingos en Santo Domingo.

“Le hablé ayer. Le conté todo. Lo del internado, lo de la nota, lo del juzgado. No sabía nada, Damián. Le dijeron en la oficina de Guadalajara que era una herencia familiar y que lo del juzgado era puro papeleo. Cuando le dije que la dueña es una niña de cinco años, colgó y me volvió a llamar a la media hora.”

Sacó unas hojas de la bolsa del pan. Copias. Antes de mirarlas le marqué al ingeniero yo mismo. Contestó al primer timbre.

“Garibay. Si hubiera sabido de quién era ese terreno, no firmo ni el café. Esa copia es auténtica. Úsela.”

“Contrato de promesa de compraventa. Firmado el 30 de septiembre de 2026. Promitente vendedor: Inmobiliaria Valle Etla, S.A. de C.V. Promitente comprador: Mezcales Gran Valle, S.A. de C.V.”

Pasé las hojas. Inmueble: predio rústico denominado El Pozo, Teotitlán del Valle, dos punto cuatro hectáreas. Condición: que el vendedor obtenga la propiedad, “previa autorización judicial correspondiente”.

Precio: nueve millones seiscientos mil pesos.

Me senté en el escalón del patio.

Un millón cien mil para Luna, depositado en una cuenta que mi madre, como apoderada, iba a administrar. Nueve millones seiscientos mil de Gran Valle a Valle Etla. Ocho millones y medio de diferencia para un señor de bigote que levantaba una copa detrás de mí en mi pedida.

En la última hoja, como testigo del contrato, una firma grande, con rúbrica de locutor: Leopoldo Iriarte, asesor inmobiliario.

“Hay más”, dijo Rafa. “Lauro me dijo que en Gran Valle se acuerdan muy bien de Iriarte. Les dejó colgados en 2022 y le exigieron el anticipo con intereses. Esta vez él mismo les ofreció el pozo. Les dijo que ahora sí iba a conseguirlo. Que tenía ‘un contacto en la familia’.”

Un contacto en la familia.

No era mi madre. Mi madre no sabía ni que existía Gran Valle.

Me acordé de la Feria del Mezcal. De la copa de tobalá derramada en mi camisa. De la risa bonita.

“Y otra cosa”, siguió Rafa, más bajo. “Revisé la solicitud del juzgado otra vez. Página seis. El que va a recibir el millón cien y responder por cómo se gasta no eres tú. Es la apoderada. Si algo sale mal, si un día alguien pregunta dónde quedó el dinero de la niña, la que firma todo es mi mamá.”

Esa tarde manejé a Jalatlaco.

Mi madre me abrió la puerta azul sin decir nada. La seguí a la cocina. Olía a café de olla, como siempre.

No dije nada tampoco. Puse el contrato de nueve millones seiscientos mil pesos encima de la mesa de la cocina, junto a su taza.

Y esperé a que lo leyera.

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