Capítulo 8 de 16
El apellido
Rafa es contador. Trabaja en un despacho en la avenida Juárez, y cuando le conté lo de la tarjeta se puso pálido y luego se puso a teclear.
“Toda sociedad mercantil está inscrita en el Registro Público de Comercio”, me explicó. “La consulta la puede hacer cualquiera. Dame una hora.”
Me dio cuarenta minutos.
“Inmobiliaria Valle Etla, sociedad anónima de capital variable. Constituida el 16 de abril de 2026 ante un notario de Tlaxiaco. Socios: Nicéforo Llamas Ortiz, cincuenta por ciento, y Remedios Ugarte de Llamas, cincuenta por ciento. Objeto social: compraventa de inmuebles. Capital inicial: cincuenta mil pesos.”
“Cincuenta mil pesos de capital y va a comprar un terreno de un millón cien.”
“Dos meses después de tu pedida, Damián.” Rafa giró la pantalla hacia mí. “Nicéforo Llamas es hermano de la mamá de Constanza. Lo busqué en Facebook. Hay una foto de él en la pedida. Está parado detrás de ti.”
Me quedé viendo la foto. Yo sonriendo como idiota con mi traje nuevo. Atrás, un señor de bigote levantando una copa.
Le marqué a Constanza desde el estacionamiento del despacho. Sonó cuatro veces y me mandó al buzón. Abrí su Instagram. Había subido una foto de un atardecer con una frase: “Dios sabe por qué cierra algunas puertas.” Doscientos comentarios de apoyo. Ni una palabra de Luna.
Esa tarde regresé a Teotitlán. Luna estaba en el patio, sentada debajo del telar grande de doña Eulalia, pasándole los hilos de lana a su abuela uno por uno, como hacía con su mamá. Me vio llegar y no corrió a abrazarme. Me miró primero la cara, para ver si traía malas noticias.
Eso también se lo enseñé yo.
En la cena, mientras partía su tlayuda en pedacitos, me preguntó sin levantar la vista: “¿Mi mamá conocía a la señorita Constanza?”
“No, mi amor.”
“Qué bueno”, dijo. Y siguió comiendo.
Cuando la niña se durmió, le conté todo a mi suegra. Doña Eulalia tiene sesenta y seis años, las manos teñidas de grana para siempre y una paciencia que no he visto en nadie más. Me escuchó sin interrumpirme. Cuando dije el nombre de don Leopoldo, dejó de tejer.
“¿Iriarte?”, preguntó. “¿Un señor alto, de pelo blanco, que habla como locutor?”
“¿Lo conoce?”
Se levantó, fue a su cuarto y regresó con una caja de galletas danesas llena de papeles. Sacó un volante amarillento.
“Asamblea de propietarios del paraje El Pozo. 12 de marzo de 2022.”
Me contó lo que yo nunca supe, porque esa semana estaba en Jalisco en un curso de la cooperativa.
Una empresa de mezcal, Mezcales Gran Valle, quería comprar cuarenta hectáreas del paraje para sembrar agave en grande y poner una destiladora. Necesitaban el pozo. Sin el pozo, nada servía. El que andaba de casa en casa ofreciendo dinero era un intermediario de la ciudad. Leopoldo Iriarte. Ofrecía buen dinero, y varios vecinos ya habían dicho que sí.
“Citlali se paró en la asamblea”, me dijo doña Eulalia. “Embarazada no, ya tenía a la niña de un año en el rebozo. Y les dijo: si le vendemos el agua a una destiladora, en diez años no va a haber pueblo. Nuestros hijos se van a ir al norte a lavar platos. Habló media hora. Al final, nadie vendió.”
“¿Y el señor Iriarte?”
“Se puso rojo. Dicen que la empresa le había dado un anticipo y tuvo que regresarlo.” Doña Eulalia guardó el volante con cuidado. “Al salir, se acercó a Citlali. Yo estaba ahí.”
“¿Qué le dijo?”
Doña Eulalia me miró con esos ojos negros, tranquilos, que Luna heredó.
“Le dijo: ‘La tierra siempre se vende, señora. Aunque tarde.'”
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