Capítulo 7 de 16
Mamá
La casa de mi madre en Jalatlaco es de las de colores, con la fachada amarilla y una puerta azul que mi papá pintaba cada diciembre. Adentro huele a cera de piso y a café de olla. Es la casa donde crecí. Es la casa donde Luna vivió dieciséis meses mientras yo me escondía en Monterrey.
Me abrió con el delantal puesto, como si fuera un lunes cualquiera.
En la pared del pasillo seguía un dibujo de Luna, pegado con cinta: una casa amarilla, una señora con rebozo y una niña de la mano. Abajo, con letra de maestra de kínder: “Mi abuelita y yo”. No lo había quitado en más de un año.
“Ya sabía que ibas a venir.”
Puse el acuse de la notaría encima de la mesa del comedor. La misma mesa donde le dejé la nota el día que me llevé a Luna.
Lo miró. No lo tocó.
“Esa es tu letra, mamá.”
“Llegó un muchacho con un sobre. Firmé lo que me pusieron. Yo no leo letra chiquita.”
“El sábado me dijiste que nunca recibiste nada.”
Se quitó el delantal despacio, lo dobló en cuatro y lo dejó en el respaldo de una silla. Siempre hace eso cuando va a pelear.
“Y tú, Damián, ¿cuándo me ibas a decir que me quitabas el poder? ¿Cuándo me ibas a decir que me quitabas a la niña? Llegué de misa y la casa estaba vacía. Una nota. Una nota en la mesa, como si yo fuera la señora de la limpieza.”
No contesté. Tenía razón y los dos lo sabíamos.
“Yo la crié un año entero mientras tú llorabas en Monterrey”, siguió, y la voz se le quebró apenas. “La bañaba, la llevaba al doctor, le enseñé a rezar el Ángel de la Guarda. Y me la quitaste sin decirme nada. Para llevártela con esa gente. A un pueblo donde la niña anda descalza y habla en dialecto.”
“Zapoteco, mamá. Es un idioma.”
“Lo que sea. Yo quería que tuviera lo que su madre no pudo darle. Una educación de verdad.”
Me senté. Respiré.
“¿Cómo llegó Constanza a ti?”
Me contó. En agosto, la semana después de la prueba del menú, Constanza se apareció en Jalatlaco con un flan napolitano. Se sentaron en esta misma mesa. Constanza le dijo que yo estaba de acuerdo con el internado, que lo habíamos platicado, pero que me daba mucha pena decírselo a ella, después de cómo me había llevado a la niña. Que yo quería que la abuela “tuviera el honor” de inscribirla, porque ella la había criado.
“Me dijo que tú querías hacer las paces conmigo por medio de eso. Por medio de la niña.”
Sentí asco. No de mi madre. De lo bien que Constanza la conocía. De lo exacto que había sido el anzuelo.
“¿Y la solicitud del juzgado? ¿La de vender el terreno?”
“Eso lo trajo un licenciado. El colegio cuesta, mijo. Constanza me explicó que tú no tienes para pagarlo y que ese terrenito no sirve para nada. Lo firmé en la oficina del licenciado. Ni lo leí entero.”
“¿Y los cuarenta y seis mil pesos de la inscripción?”
“Eran de mi guardadito. De la pensión de tu papá.” Levantó la barbilla. “Yo no le pedí nada a nadie.”
Me levanté para servirme agua. En el refrigerador, entre los imanes de la Virgen de la Soledad y el calendario de la farmacia, había una tarjeta de presentación sostenida con un imán de fresa. Cartulina gruesa, letras doradas.
“Inmobiliaria Valle Etla, S.A. de C.V. Lic. Nicéforo Llamas. Director General.”
La despegué.
“¿Y esto?”
“Me la dejó el licenciado del juzgado. Por si tenía dudas de la venta, que le hablara a él.”
Me quedé mirando el apellido.
Constanza Iriarte Llamas. Así venía en la invitación de la boda, en letras doradas como esas.
Llamas. El segundo apellido de Constanza.
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