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Diez minutos antes de casarme, mi hija de cinco años me dio una nota escrita por mi novia: “Después de que tu papá diga ‘acepto’, te vas a ir lejos. Él ya aceptó.” Yo nunca acepté nada. Le enseñé la nota frente al altar y ella solo sonrió… hasta que un hombre con una carpeta gris entró a la capilla.

Capítulo 10 de 16

La visita

La licenciada Noelia Bautista llegó a Teotitlán el jueves a las once en punto, en un Tsuru blanco del DIF. Psicóloga, unos cuarenta años, una carpeta de argollas y unos ojos que lo apuntaban todo.

Doña Eulalia la recibió en la puerta con un saludo en zapoteco y un vaso de agua de jamaica.

No le había limpiado nada especial. Sabina me lo prohibió. “Que vea la casa como es. Si arreglas de más, se nota.”

La licenciada Noelia recorrió todo despacio. La cocina con el comal y los botes de chile. El cuarto de Luna, con el piso de loseta, su cama con colcha de borreguitos, el telarcito de su mamá colgado en la pared. El taller de tejido, ese sí con piso de tierra apisonada, como todos los talleres del pueblo desde hace quinientos años.

Sacó de la carpeta una de las fotos de la denuncia y la comparó con el cuarto de verdad. La misma cama, la misma colcha. Pero en la foto había un perro encima y ropa por todo el piso. Hizo una anotación larga.

“¿La niña duerme aquí?”, preguntó en el taller.

“No”, dijo doña Eulalia. “Aquí se teje.”

Canelo, el perro, la siguió moviendo la cola por toda la casa. No se subió a ninguna cama. Nunca lo hace. Es un perro de patio.

Luego habló con Luna a solas, en el patio, debajo del guaje. Yo las veía desde la ventana de la cocina, sin oír nada. Luna le enseñó el telar grande. Le enseñó a pasar un hilo. Le dijo algo en zapoteco a su abuela que hizo reír a doña Eulalia, y luego se lo tradujo a la licenciada muy seria, con las manos en la cintura.

Al final, la licenciada Noelia me pidió unos minutos.

“Señor Garibay, no le puedo adelantar nada. Voy a hacer mi informe. Pero le voy a preguntar algo, y quiero que me conteste sin pensarlo mucho. ¿Por qué se fue dieciséis meses?”

Le dije la verdad. Que no supe ser viudo. Que me dio miedo ver el telar vacío todos los días. Que fui un cobarde y que mi hija lo pagó.

Ella anotó algo y cerró la carpeta.

“La niña dice que la cuidan su papá, su abuela Lala y Canelo”, me dijo antes de subirse al Tsuru. “En ese orden.”

No supe si eso era bueno o malo para el informe. Para mí fue lo mejor que había oído en una semana.

El viernes 16 me llamó don Saturnino, el presidente de la cooperativa.

“Damián, hijo. Me apena mucho. Gran Valle es nuestro cliente más grande y amenazó con dejar de comprarnos agave mientras sigas en la mesa directiva con todo este escándalo de internet. Te vamos a suspender. Con goce de sueldo, mientras se aclara.”

Gran Valle. La misma empresa de 2022.

Esa tarde le contesté a Paulina. Quedamos en vernos el sábado a las diez en un café del Llano, frente al parque. Llegué a las nueve y media. Esperé hasta las doce. No llegó. Le escribí. El mensaje se quedó con una sola palomita.

Pensé que también a ella la habían comprado, o asustado. En esa familia, todo parecía tener precio o amenaza.

Iba manejando de regreso cuando sonó el teléfono. Sabina.

“Damián. Me acaban de avisar del juzgado: ayer en la tarde tu mamá presentó un escrito. Declara bajo protesta de decir verdad que la firma del acuse de la notaría no es suya. Dice que alguien firmó por ella.”

“Pero es su letra.”

“Va a pedir un peritaje. Y eso tarda semanas. Si la jueza el viernes no tiene certeza de que tu mamá sabía de la revocación, puede considerar que actuó de buena fe y seguir adelante con la venta.”

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