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Diez minutos antes de casarme, mi hija de cinco años me dio una nota escrita por mi novia: “Después de que tu papá diga ‘acepto’, te vas a ir lejos. Él ya aceptó.” Yo nunca acepté nada. Le enseñé la nota frente al altar y ella solo sonrió… hasta que un hombre con una carpeta gris entró a la capilla.

Capítulo 14 de 16

El sobre

Era un sobre amarillo, de los de oficina, cerrado con cinta canela. Mi madre lo puso sobre la mesa como si quemara. Lo abrí con el cuchillo de la mantequilla.

Adentro había tres cosas.

La primera, un borrador de la solicitud al juzgado. La misma que estaba en la carpeta gris, pero impresa en papel normal, con anotaciones a mano en los márgenes. Letra con las “t” largas y los puntos de las “i” como circulitos. La conozco. La conozco de la nota.

“Que lo pida la abuela, no papá.”

“Audiencia mientras estemos en Bacalar.”

“Poner lo del duelo, lo de Monterrey.”

La segunda, una hoja de cálculo impresa. Dos columnas. “Luna: 1.1.” “Valle Etla: 8.5.” Y abajo, a mano, otra vez con su letra: “Papá 6. Tío Nice 0.5. Yo 2.”

La tercera, una copia del correo que le mandó al colegio de Atlixco para el traslado. “Todo está firmado por la abuela.”

Mi madre leyó las anotaciones por encima de mi hombro. Se persignó.

“Me iba a dejar el sobre a mí”, dijo. “Para que, si algo salía mal, lo encontraran en mi casa.”

Esa noche Sabina escaneó todo para agregarlo al expediente como prueba. El jueves temprano, mi madre firmó un escrito con su nombre completo, retirando la declaración de que el acuse no era suyo. Lo firmó en la mesa de Sabina, en Tlacolula, con la mano firme, y Sabina lo presentó en el juzgado esa misma mañana.

“Ahora sí”, dijo Sabina. “El viernes vamos con todo.”

El jueves 22, a las ocho de la noche, la víspera de la audiencia, Canelo empezó a ladrar.

Afuera de la puerta de la casa de Teotitlán había luces. Celulares. Constanza estaba frente a la reja de madera, con un vestido blanco sencillo y el pelo suelto, transmitiendo en vivo. Detrás de ella, tres muchachas con el teléfono levantado.

“Estoy en Teotitlán”, decía a la cámara. “Vengo por Luna. Vengo a ver que esté bien, porque nadie más lo hace.”

Doña Eulalia se llevó a Luna al cuarto del fondo y cerró la puerta. Yo salí al zaguán. No abrí. Hablé a través de la reja.

“Apaga eso.”

Constanza volteó la cámara hacia mí. Luego, al ver que yo no levantaba la voz, que no hacía nada que sirviera para su video, la bajó. Les dijo algo a las muchachas y se alejaron unos pasos.

Nos quedamos los dos solos, uno de cada lado de la reja.

“¿Por qué?”, le pregunté. Nada más eso.

Ella se rió. No la risa bonita. Otra.

“¿De verdad quieres saber? El 2 de agosto, entre el mole y el tasajo, me dijiste que íbamos a vivir aquí. Sin preguntarme. Con tu suegra, con el telar, con las fotos de ella en cada pared, con el perro.” Apretó los barrotes. “Yo también merecía una vida, Damián. No una casa con olor a lana y una muerta en cada pared.”

“Pudiste decírmelo. Pudiste no casarte conmigo.”

“¿Y regresar a mi casa con un sello del SAT en la puerta? ¿A ver cómo mi papá vende los muebles de mi abuela uno por uno para pagar abogados?” Respiró hondo. “Tú tenías una salida y no la quisiste ver. Ese terreno nos salvaba a todos. A ti también.”

“A Luna no.”

“Luna iba a estar en el mejor colegio de Puebla.”

Se acomodó el pelo. Volvió a poner la sonrisa, la de las fotos.

“No te preocupes por mañana. Lo de tu mamá ya está arreglado. Ella va a decir que el acuse no es suyo y que tú la abandonaste igual que a la niña.” Me miró a los ojos. “Mañana tu mamá va a decir lo que yo le diga.”

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