Capítulo 13 de 16
Lo que mi madre guardó
Mi madre leyó el contrato con los lentes de leer en la punta de la nariz. Despacio. Moviendo los labios en los números, como hace con los recibos de la luz.
Cuando llegó a la cifra, se quitó los lentes.
“Nueve millones.”
“Seiscientos mil.”
“¿Y a la niña le iban a dar…?”
“Un millón cien. Y la que firmaba como responsable de ese dinero eras tú, mamá. Página seis de la solicitud. Si mañana alguien pregunta dónde quedaron los ocho millones y medio, el nombre que aparece no es el de don Leopoldo. Es el tuyo.”
Se quedó quieta. Luego le conté lo demás. Que el licenciado Arnulfo Pacheco, el que le estaba llevando la demanda de custodia, era el mismo que constituyó Inmobiliaria Valle Etla. Que la empresa era del tío de Constanza. Que en el video de un millón y medio de vistas, Constanza decía que “la abuela estaba de acuerdo”, para que, si algo salía mal, la abuela fuera la que quería quitarle la nieta al hijo.
“La abuela loca”, dije. “Eso eras para ellos. La que firma, la que paga la inscripción, la que da la cara en el juzgado. Y si todo sale bien, la que se queda sin nieta, porque la niña va a estar en Puebla.”
Mi madre se levantó. Fue hasta la ventana, la que da al patio con las macetas de geranios. Se quedó de espaldas un buen rato.
“Me trajo flan”, dijo por fin. “Me dijo que yo era la única que entendía lo que la niña necesitaba. Que tú y yo íbamos a hacer las paces por medio de Luna. Me tomó la mano. Hace años que nadie me tomaba la mano en esta mesa.”
Se le quebró la voz. No lloró. Mi madre no llora delante de nadie.
“Me usaron como trapo, Damián.”
“Mamá. El acuse de la notaría.”
Asintió sin voltear.
“Es mi firma. El muchacho llegó un lunes, firmé y abrí el sobre ahí mismo. Leí que me quitabas el poder y me dio tanto coraje que lo guardé dentro del misal, para no verlo. Esa noche te mandé un mensaje.”
“El del 17 de junio. Lo tengo.”
“Ya sé que lo tienes. Tú nunca borras nada, desde niño. Guardabas hasta los boletos del camión.” Se volteó por fin. Tenía los ojos secos y la cara de diez años más. “Cuando el licenciado Pacheco me dijo que firmara que no era mi letra, le dije que sí porque me dio miedo. Miedo de que me quitaran a la niña para siempre. Y de que tú supieras que te mentí.”
Me acerqué. No la abracé. Todavía no podía.
“Luna te quiere, mamá. Pregunta por ti. Pero no puedes decirle que su mamá era una india sucia.”
Mi madre cerró los ojos.
“Citlali”, dijo. Solo eso. El nombre, sin “esa”, sin “la muchacha”, sin “tu señora”. Por primera vez en ocho años.
“Citlali”, repetí.
Se sentó de nuevo. Se sirvió café que ya estaba frío y no se lo tomó. Miró el dibujo del pasillo desde la silla, el de la casa amarilla y la niña de la mano.
“Le enseñé a decir la Magnífica completa”, dijo. “A los cuatro años. ¿Todavía se la sabe?”
“Se la reza a doña Eulalia antes de dormir.”
Mi madre asintió despacio, como si eso le doliera y la aliviara al mismo tiempo.
“Hay algo más”, dijo. “Constanza me dejó algo para guardar. Hace dos semanas. Un sobre cerrado. Me dijo que eran papeles de la boda, sorpresas para ti, y que no lo abriera por nada del mundo hasta después de la luna de miel.”
“¿Dónde está?”
Mi madre señaló el ropero de su cuarto con la barbilla.
“Con el misal.”
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