Capítulo 9 de 16
La cara bonita en internet
El martes 13 en la noche, Rafa me mandó un enlace sin texto.
Era un video de Constanza. Todavía con el vestido de novia, sentada en el borde de una cama de hotel, el rímel corrido. Seis minutos.
“Nunca pensé que iba a hablar de esto”, empezaba. “Pero muchas me han preguntado qué pasó.”
Contaba que el sábado yo la había dejado en el altar frente a toda su familia. Que todo fue porque ella quería darle a mi hija “una educación de verdad”. Que la niña vive en un pueblo, “en un cuarto con piso de tierra, durmiendo con un perro, entre trastes sucios”. Que ella solo había querido salvarla. Que la abuela paterna estaba de acuerdo. Que yo era un hombre roto por el duelo y no sabía lo que hacía.
Al final, mirando a la cámara: “Si algún día me lees, Damián, te sigo esperando.”
El miércoles en la mañana tenía un millón doscientas mil reproducciones. Los comentarios eran un río. “Pobre novia.” “Ese tipo está loco.” “Que el DIF revise a esa niña.” Alguien subió mi foto de perfil de la cooperativa. Alguien más, la dirección de la casa de Teotitlán.
Escribí una respuesta larga. La borré. Escribí otra más corta. Rafa me quitó el celular de la mano.
“Si contestas, le das lo que quiere. Ella vive de eso, de la gente mirando. Tú no.”
A las diez llamó Sabina.
“Damián, siéntate. Tu mamá presentó esta mañana una demanda de guarda y custodia provisional de Luna. Argumenta que la abandonaste dieciséis meses, que tienes una crisis emocional, y que la niña vive en condiciones de riesgo. La firma un licenciado Arnulfo Pacheco.”
“¿Quién es ese?”
“El abogado que llevó la constitución de Inmobiliaria Valle Etla. Lo busqué.” Hizo una pausa. “Y además hay una denuncia ante la Procuraduría de Protección del DIF. Con fotos.”
Las fotos de Jacinta. El perro en la cama. El piso de tierra del taller. Los trastes.
Colgué y manejé directo a la colonia Reforma.
Don Leopoldo me abrió el portón él mismo. El sello del SAT ya no estaba; quedaban los restos de pegamento. Me dejó entrar hasta el zaguán, no más.
“Le estás pegando a tu propia madre, Damián. Mal hecho.”
“Usted la está usando para pelear con un muerto.”
Se le borró la sonrisa de locutor.
“¿Tu suegra te contó lo de 2022? Bien. Entonces te cuento mi versión. Esa mujer, tu esposa, me dejó en la calle con un discurso. Yo tenía apalabrados a once propietarios. Gran Valle me había dado seiscientos mil pesos de anticipo. Tuve que devolverlos con intereses, con dinero que no tenía. De ahí vino todo: los préstamos, los impuestos atrasados, el embargo.” Se acercó un paso. “Yo nomás estoy cobrando lo que es mío.”
“Ese terreno es de una niña de cinco años.”
“Y la niña va a estar en el mejor colegio de Puebla. Con monjas. Con uniforme. ¿Quién sale perdiendo?”
Me fui sin contestarle. En la camioneta, con el motor apagado, abrí el correo. La Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes del DIF Oaxaca me notificaba una visita domiciliaria el jueves 15, a las once de la mañana.
Y debajo, en el celular, un mensaje de un número que no tenía guardado.
“Soy Paulina. No le creas. Pregúntale dónde te vio por primera vez.”
Me quedé viendo esa frase con el motor apagado. Yo sabía dónde me había visto por primera vez. En la Feria del Mezcal. Con una copa de tobalá en la mano.
O eso creía.
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