Capítulo 16 de 16
Lo que acepté
La resolución llegó por escrito tres días después, pero la jueza Toledo adelantó lo esencial esa misma mañana.
La solicitud de venta de El Pozo quedó desechada. Todo lo que mi madre firmó en mi nombre después del 16 de junio de 2025, incluida la inscripción en el internado, quedó sin efecto, porque el poder ya no existía. La demanda de guarda y custodia la retiró mi madre en la misma audiencia, con su propia mano.
El informe de la licenciada Noelia Bautista llegó el miércoles. Una página y media. “No se detectan condiciones de riesgo. La menor presenta vínculo seguro con el padre y la abuela materna.” La Procuraduría cerró la denuncia.
La Fiscalía abrió una carpeta de investigación contra Leopoldo Iriarte, Constanza Iriarte Llamas y Nicéforo Llamas, por los hechos que la jueza le remitió. Sabina me explicó que eso apenas empieza, que ellos se van a defender y que serán el Ministerio Público y un juez quienes decidan si hubo delito. Yo solo presenté lo que tenía. Y lo que tenía, lo había guardado yo.
Mezcales Gran Valle canceló la promesa de compraventa el lunes siguiente y mandó una carta a la cooperativa pidiendo que me reinstalaran. El ingeniero Lauro Méndez me llamó para disculparse en persona. Don Saturnino me esperó con un mezcal en la oficina.
En noviembre, el SAT sacó a remate la casa de la colonia Reforma. La del portón de madera.
El video de Lupita, el de la capilla completo, desde que entré con Luna en brazos hasta que el padre Crispín cerró el misal, lo subió una amiga de una amiga sin pedirle permiso a nadie. Ahí se ve la sonrisa de Constanza ante la nota. Se oye clarito: “Dásela a la niñera. Nos esperan.” Tuvo más vistas que el de ella. El hotel de la calle de Alcalá le pidió la renuncia. Me dicen que se fue a Guadalajara, con una tía.
No me alegró. Pensé que me iba a alegrar y no.
Jacinta terminó su semestre de enfermería. Sabina le consiguió trabajo en el centro de salud de Tlacolula. Paulina me mandó una foto de su mamá, sonriendo, con un papel en la mano: también ella había ido a la Fiscalía, por lo del lote de Huayápam.
Mi madre tardó tres semanas en venir a Teotitlán.
Llegó un sábado, en taxi, con un vestido gris y sin peinado de salón. Traía una bolsa de pan de yema y un sobre pequeño. Se quedó parada en la puerta sin saber si entrar. Doña Eulalia salió a recibirla, le tomó las dos manos y la metió a la cocina sin decir nada. Las dos abuelas se sentaron frente al comal. Ninguna de las dos habla el idioma de la otra del todo. Se entendieron igual.
Mi madre le dio el sobre a Luna.
Adentro había una foto. Citlali, el día de nuestra boda, con la coronita de flores blancas, riéndose con la boca abierta. Mi madre la había recortado del periódico del pueblo en 2018. La tuvo guardada en el mismo misal todos estos años.
“Tu mamá era muy bonita”, le dijo a Luna. “Te pareces a ella.”
Luna la miró mucho rato. Luego la abrazó por la cintura. Mi madre se quedó tiesa un segundo, y después le puso la mano en la cabeza.
El 2 de noviembre pusimos el altar de muertos en el patio de Teotitlán. Cempasúchil, pan de muerto, chocolate de agua, una vela por cada uno: mi papá, el papá de Citlali, Citlali. Doña Eulalia colgó el telarcito de cintura junto a la foto. Mi madre trajo un mantel bordado. Rafa trajo el mezcal.
A media tarde, Luna se sentó en el piso con un plumón y un papel. Escribió muy despacio, con la lengua de fuera, letra por letra, como aprendió a leer aquella nota del sábado de la capilla. Luego dobló el papel en cuatro y lo puso en el altar, junto a la foto de su mamá.
En la noche, cuando todos dormían, lo desdoblé. No pude evitarlo. Le tomé una foto, por costumbre.
Letras chuecas de plumón, la “e” al revés:
“Mi papá aceptó que me quede.”
FIN