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Mi esposo se llevó a nuestro hijo a Vallarta en Año Nuevo y me mandó una foto con su exnovia: “¿Me vas a pedir que me regrese antes? 😏”. No le contesté ni un emoji. Esa noche saqué seis carpetas de colores y me quité el anillo. Él creía que yo nomás hacía cuentas. Cuando regresó, aventó la sexta carpeta contra la pared… sin saber que adentro estaba la verdad sobre la mujer de la foto.

Capítulo 1: «La foto de las 7:12»

El 31 de diciembre, a las 7:12 de la noche, me llegó una foto.

Yo estaba en la cocina de mi casa, en Chapalita, moviendo una olla de pozole rojo para tres personas que ya nadie se iba a comer.

En la foto estaba mi esposo, Gustavo, en el lobby de un hotel de Puerto Vallarta. Camisa de lino blanca. Lentes de sol en la cabeza. Bronceado. La sonrisa que ponía cuando le ganaba una discusión a alguien.

A su lado, mi hijo Patricio, de nueve años, con la gorra de las Chivas que le regaló su abuela en Navidad.

Y del otro lado de mi hijo, una mujer.

Vestido color arena. Pelo largo, planchado, con luces. Una mano de uñas color vino descansando sobre el hombro de Patricio.

Como si fuera suyo.

Priscila Montes.

La exnovia de la prepa de mi esposo.

Abajo venía un mensaje.

“¿Me vas a pedir que me regrese antes? 😏”

Me quedé quieta con el cucharón en la mano.

El pozole siguió hirviendo. Afuera, en la calle, alguien ya estaba tronando cohetes.

Cualquier otra esposa habría marcado gritando.

Cualquier otra habría agarrado las llaves del carro y manejado cinco horas por la carretera a Vallarta, en plena noche de Año Nuevo, con el corazón en la garganta.

Eso era justo lo que él esperaba.

Y yo lo sabía. Porque lo había leído.

No contesté.

Apagué la estufa. Me serví un vaso de agua de la llave. Me senté en la mesa del comedor.

Y le marqué a la licenciada Inés Zertuche.

Contestó al primer timbre, como si estuviera esperando.

—Ya llegó —le dije.

—¿La de los tres? ¿En el lobby?

—Esa.

Hubo un silencio del otro lado. Oí que alguien en su casa le subía a la música.

—Tal como lo escribieron —dijo ella, despacio—. Ni un día antes, ni un día después.

—Tal como lo escribieron.

—¿Cómo está usted, señora Ruvalcaba?

Lo pensé de verdad antes de contestar.

—Tranquila, licenciada. Por primera vez en meses, estoy tranquila.

—No le conteste nada. Ni un emoji. Ni un “ok”. ¿Me entiende?

—Le entiendo.

—Y mañana, si puede, termine las carpetas. Las seis. Como hablamos.

Colgué.

A las 7:31 llegó el segundo mensaje de Gustavo.

“¿Ni un mensajito? Pato pregunta por ti.”

A las 8:05, el tercero.

“Wow. Qué fría eres. Por eso estamos como estamos.”

No contesté ninguno.

Me quedé mirando la foto mucho rato. No a Gustavo. A la mano de esa mujer en el hombro de mi hijo.

Las uñas color vino. Los dedos un poco abiertos. Una pose ensayada.

Ya había visto esa mano antes.

No en persona.

En otra foto. En otro lobby. Con otro niño.

Pero eso Gustavo todavía no lo sabía.

A las 9:47 llegó el cuarto mensaje.

“Si quieres hablar, aquí estoy. Pero tú sabrás lo que haces.”

Lo leí y dejé el celular boca abajo sobre la mesa.

La mesa estaba puesta para tres. Tres platos hondos de barro. Tres servilletas rojas dobladas en triángulo, como le gustan a Patricio. Su vaso de plástico de las Chivas, junto a su silla.

La casa estaba tan callada que se oía el reloj de la cocina.

Recogí los platos uno por uno y los guardé en la alacena. El vaso de las Chivas lo dejé.

Once años de casada, y era la primera vez que pasaba un Año Nuevo sola.

También era la primera vez que no tenía miedo.

Me llamo Xóchitl Ruvalcaba Íñiguez. Tengo 38 años.

Llevo once años casada con Gustavo Lárraga Orozco.

Y en su familia, desde el día de mi boda, soy “la que nomás hace cuentas”.

Esa noche, mientras en todo Guadalajara la gente se comía las doce uvas, yo saqué de mi clóset una caja de plástico con seis carpetas.

Tres las tenía desde hacía años, o desde hacía meses. Tres todavía estaban casi vacías.

Azul. Verde. Amarilla. Naranja. Roja.

Y morada.

Las puse sobre la mesa, una al lado de la otra.

Y me quité el anillo de bodas.

Lo que faltaba en cada carpeta, ya lo tenía. Lo había juntado durante cuatro meses, en silencio, mientras mi esposo creía que yo no me daba cuenta de nada.

Lo que no sabía era que, cuando Gustavo regresara, la sexta carpeta no iba a ser suficiente.

Que él y esa mujer todavía tenían una jugada guardada.

Y que esa jugada era mi hijo.

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