Capítulo 12: «Cuadra»
Se la llevaron sin esposas, sin gritos, por la puerta de la cocina, para que Patricio no la viera.
En la mesa quedó su rebanada de rosca a medio comer. Con el muñequito del Niño Dios asomándose del pan.
A ella le había tocado. El 2 de febrero le tocaba poner los tamales.
El mismo día que mi hijo iba a entrar a su escuela nueva en Nuevo Vallarta.
Gustavo se quedó sentado en el comedor de su mamá, con las dos fotos en la mano.
Lloró. No como aquel día afuera de la notaría. Era el llanto de un hombre que acababa de hacer las cuentas y no le salían.
—¿Por qué no me dijiste? —me preguntó—. ¿Desde cuándo sabías?
—Te lo dije en octubre. Cuando no firmé. Te dije “esto no es del SAT”. Y me contestaste que yo de eso no sabía nada.
Bajó la cabeza.
—Ella me veía como si yo fuera alguien —dijo, muy bajito.
—Yo te veía como eras, Gustavo. Y aun así me quedé once años.
Por un segundo lo entendí. Un hombre que creció siendo “el hijo de don Fidencio”, salvado por su esposa, sentado cada domingo en una mesa donde todos sabían, sin decirlo, quién había pagado el local. Priscila no le vendió un departamento. Le vendió la versión de sí mismo que él quería.
Lo entendí. Pero no lo perdoné ese día.
Doña Amada se paró frente a mí, delante de toda su familia. De las tías, de las comadres del grupo de oración, de los primos que habían comentado en Facebook.
—Esta muchacha —dijo, con la voz firme— le salvó el negocio a Fidencio en 2016. Y yo, por once años, le dije a todos ustedes que nomás hacía cuentas.
Me agarró las dos manos. Las tenía frías.
—Perdóname, Xóchitl. Fui una vieja necia.
Esa noche me llevé a Patricio a la casa. Se durmió en el carro, con su gorra de las Chivas puesta.
Lo demás pasó en papeles. Y yo de papeles sé.
El jueves 8, la licenciada Zertuche presentó la demanda de divorcio en el Juzgado de lo Familiar. En Jalisco ya no se necesita causa; basta con que uno no quiera seguir. La jueza me dio la guarda y custodia provisional de Patricio, fijó una pensión y ordenó que el niño no cambiara de domicilio ni de escuela sin su autorización. A Gustavo le dio convivencias los sábados; las primeras semanas, en casa de su mamá y con ella presente.
La licenciada también entregó en el juzgado el contrato de mutuo. La jueza le dio vista al Ministerio Público por una posible falsificación, y ahí quedaron los nombres de Gustavo y del licenciado Bribiesca. Esa carpeta sigue abierta. Lo que pase, lo decidirá un juez.
De la denuncia por el iPad, Gustavo se desistió él mismo una semana después.
El 20 de enero, doña Amada convocó a una asamblea de socios, con notario. Quitó a Gustavo como administrador. Él firmó un reconocimiento de adeudo por los trescientos ochenta mil pesos y vendió su camioneta Lobo para empezar a pagar. Ahora trabaja en la mueblería de vendedor, con sueldo, y cada quincena se le descuenta una parte.
Doña Amada me pidió que llevara las cuentas. Pero ya no gratis. Como auditora externa, con contrato y factura. Y me pidió rentarme el local, con un contrato de verdad.
—Que el papel diga lo que es —me dijo.
Gustavo y su mamá presentaron su propia denuncia en Nayarit, como víctimas, y se sumaron a la carpeta del ingeniero Osuna. Yo les ayudé a rastrear las cuentas de Marea Desarrollos. La Fiscalía pidió congelar tres. Una jueza de control vinculó a proceso a Priscila por fraude y, como llevaba meses escondiéndose, la dejó en prisión preventiva. Lo que le toque lo decidirán ellos.
Priscila borró su publicación de Facebook al día siguiente de la rosca. Las señoras del grupo de oración borraron sus comentarios. Una me trajo un pan de elote.
El divorcio quedó firme en marzo.
Ese mismo año abrí mi despacho en Chapalita. Una placa chiquita: “Ruvalcaba Auditoría Forense”. La mitad de mis clientes son negocios familiares de Tlaquepaque y Tonalá. La otra mitad son mujeres que llegan con una bolsa llena de papeles que nadie les quiso explicar.
A todas les digo lo mismo: no grite, junte todo, y lea antes de firmar.
El 31 de diciembre siguiente, a las 7:12 de la noche, Patricio me tomó una foto en la cocina, mientras yo servía el pozole.
—Para mi papá —me dijo, y se la mandó.
Luego se quedó mirando el celular, serio.
—Mami. El año pasado papá me dijo que si te enojabas, le avisara rápido.
—¿Y?
Se encogió de hombros y me abrazó por la cintura.
—Ya no le tengo que avisar nada. Tú ya no lloras.
Al día siguiente llevé mi anillo de bodas a un joyero del centro de Tlaquepaque. Lo fundió y me hizo una medallita de la Virgen de Guadalupe para Patricio.
Atrás le mandé grabar una sola palabra.
“Cuadra”.
Porque esa noche, por primera vez en once años, todas mis cuentas cuadraban.