Capítulo 9: «El cheque de 2016»
A las dos de la tarde me marcó doña Amada.
—Ven a mi casa. Ahorita.
Su casa en Jardines del Sol olía a café de olla. En la sala estaba Gustavo, recién bañado. Y junto a él, un hombre de traje azul brilloso, con un portafolio de piel.
Patricio no estaba.
—¿Dónde está mi hijo?
—Arriba, jugando Play —dijo Gustavo—. Siéntate.
—Licenciado Cornelio Bribiesca —se presentó el del portafolio—. Represento los intereses de Muebles Lárraga, S.A. de C.V. y del señor Lárraga.
No me dijo quién le pagaba. No hizo falta. Traía en la muñeca un reloj idéntico al que Gustavo había estrenado en Navidad y que, según él, se había comprado solo.
Abrió el portafolio y sacó dos hojas.
La primera era la copia de un cheque. Año 2016. De la cuenta de doña Amada. Ciento cuarenta mil pesos, a nombre de la notaría de Tlaquepaque.
—¿Reconoce usted su firma, señora Orozco? —le preguntó a mi suegra.
Doña Amada se puso los lentes.
—Sí. Es mía.
—Ese cheque pagó la escrituración del local de la calle Independencia. Con dinero de la mueblería.
—Ese fue un préstamo —dije—. Se lo pagué en catorce meses. Doña Amada, usted se acuerda…
—Y esto —siguió el licenciado, sin dejarme terminar— es el contrato de mutuo.
La segunda hoja. Un contrato fechado en marzo de 2016. Muebles Lárraga, S.A. de C.V., representada por su administrador único, Gustavo Lárraga Orozco, le prestaba a Xóchitl Ruvalcaba Íñiguez dos millones seiscientos mil pesos para comprar el local. Con mi firma abajo.
Una firma que se parecía a la mía.
Pero que yo nunca hice.
—Esto es falso —dije—. Yo nunca firmé esto. El local lo pagué con la herencia de mi abuelo. Está la transferencia, está…
—Según este documento, señora, el local se compró con un préstamo de la empresa que usted nunca devolvió —me cortó Bribiesca—. Usted lo escrituró a su nombre aprovechando que llevaba la contabilidad. Eso, en mi tierra, se llama abuso de confianza.
Doña Amada me miró.
Y vi cómo, en sus ojos, se acomodaban once años de desconfianza. La muchacha de Arandas. La que nomás hacía cuentas. La que sabía de papeles mientras ella no.
—Y esos mensajes que nos enseñaste ayer… —Doña Amada levantó su celular—. Priscila me habló anoche. Llorando. Me mandó videos de la obra, con los trabajadores, con el mar atrás. Me dijo que tú inventaste esos pantallazos, que hoy cualquiera los hace en una computadora. Que la torre se entrega el año que entra.
—Doña Amada, esos videos pueden ser de cualquier obra…
—Mamá —dijo Gustavo, suave—. Papá tenía unos ahorros en la cuenta de la tienda. Tú no lo sabías. Por eso ella se pudo quedar con el local. Por eso nunca quiso que tú vieras los libros.
—¡Eso es mentira! Doña Amada, la tarjetita de San Juan, usted me escribió…
—¡Cállate! —Mi suegra se levantó. Le temblaba la barbilla—. Once años sentada en mi mesa. Once años comiendo de mi comida. Y tú, con tus carpetitas, robándole a la familia de mi marido.
—Doña Amada, yo tengo los comprobantes en mi casa. Déjeme traerlos…
—Ayer me enseñaste tus papeles. Hoy me enseñan otros. —Se le quebró la voz—. Ya no sé a quién creerle. Pero mi hijo es mi hijo.
Bribiesca sacó otra hoja.
—Además, el señor Lárraga presentó esta mañana una denuncia ante la Fiscalía del Estado por el acceso a sus comunicaciones privadas sin su autorización.
Me tembló la mano. No por el miedo a la denuncia. La licenciada Zertuche ya me había explicado que ese iPad era de la familia y que él mismo había puesto ahí su cuenta. Me tembló porque doña Amada estaba asintiendo.
En ese momento me vibró el celular. Un mensaje de Maite.
“Mira lo que subió esa vieja”.
Era una publicación de Priscila en Facebook. Pública. Con ochocientas reacciones.
Una foto suya en la playa, de espaldas, mirando el atardecer.
“Hay mujeres que se casan con un apellido para quedarse con lo que construyó otra familia. Que espían, que manipulan, que usan a sus hijos. Hoy un hombre bueno por fin abrió los ojos. A todas las que han vivido con una mujer así: no están solas 🙏”.
No decía mi nombre. No hacía falta.
En los comentarios estaban las señoras del grupo de oración de doña Amada. Dos primas de Gustavo. La mamá de un compañero de Patricio.
“Qué fuerte. Ya sabemos quién es 👀”.
“Pobre doña Amada, con razón”.
“Siempre se me hizo muy calladita esa. Las calladitas son las peores”.
Levanté la vista. Doña Amada estaba leyendo lo mismo en su celular.
—¿Ya ves? —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. Ya lo sabe todo Tlaquepaque.
Me paré.
—Quiero ver a mi hijo. Ya me lo llevo.
Bribiesca me extendió una copia del contrato de mutuo.
—Para que lo revise con su abogada.
Gustavo se puso entre la escalera y yo.
—Pato se queda aquí. Con su abuela. —Y bajó la voz, para que su mamá no oyera—: Hasta que firmes.
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