Capítulo 11: «La sexta carpeta»
La casa de doña Amada estaba llena.
Tías, primos, compadres, dos señoras del grupo de oración. Olía a chocolate caliente y a rosca recién horneada. En la mesa del comedor había dos: la de la panadería de siempre, y otra enorme, de una pastelería fina de Providencia, con una tarjeta: “Para la familia Lárraga. Con cariño, Pris.”
Cuando entré, todos se callaron.
Patricio bajó la escalera corriendo y se me colgó del cuello.
—¡Mami!
Lo abracé. Olía a su champú de siempre. No lo solté.
Priscila estaba sentada junto a doña Amada, en el lugar de honor. Vestido color arena. Uñas color vino. Le estaba sirviendo chocolate a mi suegra.
—Xóchitl —me dijo, con una sonrisa dulce—. Qué bueno que viniste. Esto es lo mejor para todos. Sobre todo para el niño.
El licenciado Bribiesca puso el convenio en la mesa, entre las dos roscas, con una pluma encima.
—Cuando guste, señora.
Le di a Patricio un beso y le pedí que fuera con su tía Chofi a la cocina. Se fue.
Me senté.
Saqué de mi bolsa tres carpetas. La azul, la verde y la morada.
—Antes de firmar —dije—, quiero leer el contrato de mutuo en voz alta. Para que toda la familia sepa qué estoy reconociendo.
Bribiesca miró a Gustavo. Gustavo se encogió de hombros. Priscila sonrió.
Lo leí.
—“En Tlaquepaque, Jalisco, a 14 de marzo de 2016. Comparece Muebles Lárraga, S.A. de C.V., representada por su administrador único, el señor Gustavo Lárraga Orozco…”
Me detuve.
—Doña Amada. ¿En 2016 la mueblería estaba a nombre de quién?
Mi suegra frunció el ceño.
—A mi nombre. Desde que murió Fidencio.
—¿Era sociedad anónima?
—No. Eso… eso lo hiciste tú. Después. Fuimos a la notaría de la avenida Juárez, cuando el niño ya caminaba.
Abrí la carpeta azul y saqué el acta constitutiva.
—Muebles Lárraga, S.A. de C.V. nació el 9 de julio de 2019. Aquí está la escritura. Y ese mismo día, no antes, nombraron a Gustavo administrador único.
Puse el acta junto al contrato.
—Este contrato dice que en marzo de 2016 una empresa que todavía no existía, representada por un administrador que todavía no lo era, me prestó dos millones seiscientos mil pesos.
Nadie respiraba.
—Este contrato no se firmó en 2016. Se escribió la semana pasada.
Bribiesca empezó a guardar papeles en su portafolio.
—Y el cheque de los ciento cuarenta mil… —Abrí la carpeta verde. Saqué catorce comprobantes de transferencia, con su concepto: “Abono préstamo escrituración”. Y encima, una tarjetita de la Virgen de San Juan—. Doña Amada, ¿de quién es esta letra?
Mi suegra tomó la tarjeta con las dos manos.
“Liquidado. Gracias, mija. Amada.”
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Es mía —dijo—. Yo te la mandé. Me acuerdo. Te la mandé con él.
Volteó a ver a su hijo.
—Me dijiste que tu papá tenía ahorros. Tu papá se murió debiendo la madera, Gustavo.
Gustavo no podía hablar.
Entonces le acerqué la carpeta morada.
—La aventaste contra la pared. Ábrela ahora.
Le temblaban las manos. La abrió.
El alta en el SAT de Marea Desarrollos Costeros, diez días después de la reunión. Las cuatro facturas, con el sello CANCELADA. El certificado del Registro Público: el terreno era de otra familia. La constancia del Ayuntamiento: ninguna licencia. La lista de veintitrés familias, treinta y un millones.
Y una foto.
Un lobby. Un hombre con camisa de lino. Una niña con gorra. Una mujer de vestido color arena con la mano en el hombro de la niña.
Gustavo sacó su celular y puso al lado la foto que me mandó el 31 de diciembre.
La misma pose. La misma mano.
—Esto es una calumnia —dijo Priscila, ya de pie, agarrando su bolsa—. Doña Amada, usted me conoce…
Sonó el timbre.
En la puerta estaba un hombre de cincuenta y tantos, con una niña de doce años de la mano. Y detrás de ellos, dos agentes de la Fiscalía del Estado de Jalisco, con chaleco.
La niña miró hacia el comedor y señaló.
—Papá. Ella es la señora del hotel.
Priscila soltó la taza de chocolate.
Uno de los agentes se acercó.
—¿Priscila Montes Ibáñez? Le informo que existe una orden de aprehensión en su contra, librada por un juez de Nayarit por el delito de fraude. Venimos en colaboración con la Fiscalía de ese estado.
Priscila volteó a ver a mi suegra. Con los ojos llenos de lágrimas, con la misma voz dulce de las Mañanitas.
—Doña Amada, dígales…
Doña Amada la miró un largo rato.
—No, señora. Yo a usted no la conozco.
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