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Mi esposo se llevó a nuestro hijo a Vallarta en Año Nuevo y me mandó una foto con su exnovia: “¿Me vas a pedir que me regrese antes? 😏”. No le contesté ni un emoji. Esa noche saqué seis carpetas de colores y me quité el anillo. Él creía que yo nomás hacía cuentas. Cuando regresó, aventó la sexta carpeta contra la pared… sin saber que adentro estaba la verdad sobre la mujer de la foto.

Capítulo 7: «Gente que suma»

El 30 de diciembre en la noche, Patricio me ayudó a hacer su maleta.

Su traje de baño de tiburones. Su gorra de las Chivas. Su libro de Harry Potter, con un separador en la página 112.

—Mami, ¿por qué no vienes?

—Es un viaje de hombres, mi amor. Así dijo tu papá.

Dobló una playera, muy serio, como dobla las cosas cuando algo le preocupa.

—Papá dice que si te enojas por teléfono, le avise rápido.

Se me heló el estómago. Era la frase del iPad. Palabra por palabra.

—¿Y por qué te dijo eso?

—No sé. Dice que es un juego. Que él va a grabar y yo gano puntos.

Le acaricié el pelo. Tenía el mismo remolino que su papá.

—No me voy a enojar, Pato. Te lo prometo. Diviértete mucho y ponte bloqueador.

El 31 en la mañana se fueron.

A las 7:12 de la noche llegó la foto.

Y yo no contesté.

Lo que no esperaba era lo que vino después.

El 1 de enero, a las once de la mañana, Gustavo subió una foto a su Facebook. La misma del lobby. Él, Patricio y Priscila, sonriendo frente a un arreglo de flores tropicales.

“Empezando el año con la gente que suma ✨”.

La etiquetó a ella.

En menos de una hora tenía ochenta reacciones. Sus primos. Sus amigos de la prepa. Las señoras del grupo de oración de su mamá.

“Qué bonita familia 😍”.

“Por fin te vemos feliz, primo”.

“Esa Priscila no cambia, igualita que en la prepa ❤️”.

A las doce empezó a sonar mi teléfono.

La tía Chofi, preguntando “si todo estaba bien”. La comadre de mi suegra, preguntando “si era cierto que ya me había ido de la casa”. Una mamá del salón de Patricio, mandándome un “ánimo, amiga 🙏” que dolía más que un insulto.

El qué dirán.

En la familia Lárraga, el qué dirán es casi un sacramento.

A la una me marcó doña Amada.

No me dijo “feliz año”. No me preguntó cómo estaba.

—¿Qué le hiciste a mi hijo, Xóchitl?

—Nada, doña Amada.

—Algo le habrás hecho para que ande buscando afuera. Un hombre no se va así nomás. —Le oí la respiración agitada—. Te lo dije desde que se casaron. Un hombre necesita una mujer, no una contadora.

—Doña Amada…

—¿Sabes qué es lo peor? Que ahora todo Tlaquepaque va a decir que mi hijo es un sinvergüenza. Por tu culpa. Porque no lo supiste cuidar.

Y me colgó.

A las cinco hice videollamada con Patricio.

Estaba en la alberca del hotel, con los labios morados de frío y feliz.

—¡Mami! ¡Vi delfines! ¡Tres!

Me contó de los delfines quince minutos. Yo me reí con él. Le dije que lo quería.

Y luego, antes de colgar, me dijo:

—Mami, la señora Priscila dice que voy a tener un cuarto con vista al mar. Y que tú vas a venir de visita.

Atrás de él, en un camastro, vi a Gustavo con el celular apuntándome. Grabando.

Esperando.

Sonreí.

—Qué bonito, mi amor. Ponte bloqueador.

Colgué.

Y luego me senté en el piso de la cocina, con la espalda contra el refrigerador, y lloré como no había llorado en mi vida.

Lloré por los once años. Por cada “nomás hace cuentas” que me tragué con una sonrisa. Por el pastel de tres leches del que nadie se acordó. Por haber dicho “está bien” tantas veces cuando no estaba bien.

Lloré porque mi hijo iba a tener “de visita” a su mamá.

Lloré hasta que no me quedó nada.

Cuando me levanté, ya era de noche.

Me lavé la cara. Me hice un café.

Y le marqué a mi hermana Maite.

—Necesito que el 3 en la noche estés aquí a las siete. Cuando llegue Gustavo, te llevas a Pato a tu casa a dormir. No quiero que vea nada.

—¿Vea qué, Xóchitl?

—Una auditoría.

Después le marqué a mi suegra. Contestó al quinto timbre, seca.

—Doña Amada. Necesito que venga a mi casa el sábado 3 a las siete de la noche. Es de la mueblería.

—¿Y por qué no me lo dice Gustavo?

—Porque Gustavo no lo sabe.

Un silencio largo.

—Ay, Xóchitl. Si es algún error en tus cuentas, mejor arréglalo tú solita.

—No es un error mío, doña Amada. Es su dinero.

Otro silencio.

—A las siete —dijo. Y colgó.

El 2 de enero en la noche terminé las carpetas.

Azul. Verde. Amarilla. Naranja. Roja. Morada.

Las acomodé en la mesa del comedor, en orden, como en el despacho cuando presentábamos un informe a un consejo.

La licenciada Zertuche me mandó la demanda de divorcio por correo. La imprimí. La firmé. La puse encima de la carpeta azul.

Y encima de la demanda, puse mi anillo de bodas.

El sábado 3, a las 7:20 de la noche, oí el carro de Gustavo en la cochera.

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